Impermanencia
El pasillo se alarga. No porque crezca, sino porque algo en sus bordes tiembla: una luz sin dirección que no consigue tocar el suelo, una vibración que no sabe a qué cuerpo pertenece. Camino —o me arrastro sin saberlo—, pero no hay diferencia. Los pasos no suenan. El eco es anterior al ruido. Los muros no terminan: se interrumpen. Todo parece suspendido en una exhalación que no termina de salir. Me observo desde fuera, sin origen ni cuerpo, como si la mirada se hubiese emancipado de su ojo. Soy una idea suspendida en un charco de mercurio. Algo —alguien, quizás— ha soplado en el reverso del mundo y ahora los bordes se deshacen como sal sobre carne viva. El cuerpo no avanza: se evapora. El pasillo ya no es pasillo. Es un intervalo entre una pregunta y la imposibilidad de su eco. Aquí todo ocurre como si ya hubiese ocurrido, pero sin tiempo, sin trama, sin testigo. La luz tiene olor a óxido tibio. Las paredes exhalan un vapor lento, como si sudaran un recuerdo.
El aire es denso y sin embargo flota. No tiene temperatura ni forma. Es una sustancia pensante. Lo que flota no son partículas: son fragmentos de gestos, deseos exhalados, pensamientos que no llegaron a tiempo. Un murmullo de cosas que intentaron ser lenguaje y fracasaron. Este lugar —si todavía se puede decir lugar— está hecho con la médula de lo no dicho. Hay una taza rota que nunca fue usada, una carta que se escribió sin destinatario, una lámpara apagada que emite luz sin saber de dónde. Los objetos están enfermos de tiempo. Tienen fiebre. Cada cosa visible es una ruina que aún respira. Si estiro la mano, no toco: interfiero. Si cierro los ojos, no hay oscuridad: hay otra forma de luz, más espesa, más líquida, más primitiva. No hay percepción: hay invasión. El mundo entra por mis grietas como una lluvia tibia que no moja. El cuerpo deja de ser superficie y se vuelve porosidad. Me atraviesa una materia sin nombre.
Afuera —si existe ese afuera— alguien colapsa. Lo sé, pero no lo siento. El yo ha dejado de ser un pronombre. Ya no soy sujeto, sino campo. No pienso: soy pensado. Y lo que pienso se borra al mismo tiempo que ocurre. Las palabras aparecen envueltas en ceniza, se despliegan y se retraen como nervios en fuga. Cada frase es una ruina en construcción. La memoria no recuerda: respira. Como un cuerpo asmático que intenta retener un nombre y sólo expulsa viento. Me veo a los cinco años llorando sin saber por qué, pero esa escena ocurre al lado de otra donde tengo setenta y soy un animal sin rostro. No hay antes, ni después. Sólo un mosaico que vibra. Las emociones no tienen nombre. El miedo no se reconoce. La tristeza no duele. El tiempo se siente como un zumbido, como un enjambre sin centro. Las cosas no pasan: se repiten con mínimas variaciones. No hay identidad, sólo descomposición bella.
Vacío.
Y sin embargo, no hay angustia. Hay una dulzura ácida, como si disolverse fuera un alivio. La impermanencia no es tragedia: es una danza microscópica. Cada partícula se va mientras llega. Hay belleza en eso. Una belleza que no busca agrado: busca extinción. Como un humo azul que asciende sin llamas, como una despedida sin idioma. El tiempo no transcurre. No avanza ni regresa. Se pliega en sí mismo. Me siento en una silla que no existe. La gravedad es la fidelidad del cuerpo a su memoria. Pero esa memoria comienza a disolverse. La piel ya no es frontera. El contorno tiembla. El espacio no es espacio: es un ritmo. Siento la habitación como una forma que intenta permanecer, pero no puede. No hay voluntad. Nada quiere durar. Todo quiere ser otra cosa, sin alcanzarlo. Lo que llamamos realidad es un intento fallido de detener la vibración.
Hay una música que no proviene de ningún lugar. No se escucha: se filtra. Vibra en los huesos. Es una música sin origen, sin notas, sin intención. Un jazz espectral, hecho de errores hermosos, de repeticiones que no buscan llegar a nada. Cada silencio parece más importante que el sonido. No hay melodía: hay tensión suspendida. No hay armonía: hay una geometría en fuga. Cada pulsación se muerde la cola. El cuerpo se afina a esa frecuencia. No danza, pero se estira en el aire. Todo lo que no es música se disuelve. Las palabras se arrodillan ante esa vibración. Todo lo que puede ser dicho ya está siendo abolido. La música no consuela: interrumpe. Interrumpe con una ternura que desconcierta. No hay partitura: hay respiración.
El lenguaje comienza a callar. No porque no haya qué decir, sino porque lo dicho no sobrevive. Lo que queda es una forma de hablar sin lengua. Un idioma que se comunica por temperatura. Las sílabas tiemblan. Las frases nacen moribundas. Lo que se dice se interrumpe antes de ser entendido. No hay sentido: hay frecuencia. No hay verdad: hay interferencia. Las letras no forman palabras, forman heridas. Cada oración es un desgarro que trata de no sangrar. Leer esto es ver una imagen que se revela mientras se quema. Cada línea es una fotografía que se autodestruye. No hay texto. Hay evaporación. No hay historia. Hay parpadeo. No hay argumento. Hay presencia. Cada frase se arroja al abismo con un susurro.
Quizás soy el recuerdo que una vez deseó tener un cuerpo. Y le fue negado. O quizás esto es la carta que nadie escribió, pero insiste en desplegarse entre ruinas. No hay final, porque nunca hubo inicio. No hay cierre, porque no hay forma. Sólo este temblor, esta desintegración íntima, este descenso hacia una claridad que no ilumina. El yo se ha ausentado por completo. Queda algo: una vibración, un hálito. Algo que flota como una pregunta que no sabrá pronunciarse. El texto se interrumpe porque ha respirado su última sílaba. No concluye. Se deja caer.
Y en ese dejarse caer…
ya no queda nada.
Ni siquiera tú.
Sólo lo que no se dijo.