Calles desiertas
La ciudad no murió cuando sus habitantes se fueron. Murió el día en que descubrió que podía seguir funcionando sin necesidad de recordar sus nombres. Las farolas continuaron encendiéndose con puntualidad burocrática, los semáforos cambiaron de rojo a verde para nadie, las puertas automáticas siguieron abriendo una cortesía dirigida al vacío y las vitrinas conservaron el brillo impecable de los cementerios bien administrados. La modernidad tiene un talento extraordinario: consigue que hasta la ausencia parezca un servicio eficiente. Camino entre edificios que respiran con pulmones eléctricos y pienso que las ciudades no envejecen; aprenden a borrar sus fantasmas sin dejar manchas sobre el pavimento. Después me corrijo. No. Los fantasmas nunca desaparecen. Somos nosotros quienes dejamos de reconocer su idioma. Al final de la tarde la luz comienza a retirarse de las fachadas con la lentitud de un animal herido. Las sombras ocupan las esquinas donde antes se detenían los nombres. No estoy ...