El ruido blanco de las conciencias limpias
El ruido blanco no salió de las máquinas; las máquinas lo copiaron. Ya existía mucho antes de los ventiladores, de los refrigeradores y de las pantallas que iluminan los rostros con una piedad electrónica. Estaba escondido en la respiración disciplinada de quienes aprendieron a dormir sin escuchar el derrumbe de los otros, en la pulcritud de las manos que estrechan otras manos después de firmar desalojos, en la boca que bendice el pan y olvida el hambre con la misma eficacia con que un detergente elimina las manchas visibles dejando intacta la suciedad que no se deja fotografiar. Dios, cansado de los templos, emigró al zumbido constante de los transformadores eléctricos; el diablo descubrió que ya no necesitaba cuernos, bastaba una credencial de acceso, una sonrisa corporativa, una taza de café sin azúcar y un lenguaje incapaz de pronunciar la palabra crimen sin convertirla antes en procedimiento administrativo. Desde entonces las iglesias parecen sucursales bancarias, los bancos conse...