Otra forma de mirar el tiempo
La multitud corre hacia las puertas automáticas con esa obediencia muscular de los animales entrenados, arrastrando maletas, deudas, despedidas que todavía no han sucedido. En la pantalla, los minutos cambian con una precisión insultante. Debajo, un anciano sostiene un periódico de ayer y contempla los buses como si fueran criaturas prehistóricas que hubieran aprendido a transportar la tristeza de un siglo a otro. Me detengo junto a él. No sé qué hora es, pero por primera vez en mucho tiempo siento que estoy en alguna parte. Tal vez el tiempo no pasa: nos expulsa de los lugares antes de que hayamos terminado de habitarlos. Tal vez cada reloj es una pequeña autoridad portátil, una autoridad circular que nos recuerda que incluso la demora necesita justificar su existencia. Hemos convertido la duración en una deuda y después inventado alarmas para escuchar cómo se cobran los intereses. Durante años creí que el futuro era una habitación esperándome al final del pasillo, un territorio todav...