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Lo vi en sus ojos

La cerveza estaba fría. La noche también, aunque de una manera más compleja, como si el frío no fuera exactamente temperatura sino una forma discreta de silencio extendido sobre la ciudad. La conversación, en cambio, tenía ese calor tenue que todavía conservan las palabras cuando creen que sirven para algo. Estábamos en mi casa. La lámpara amarilla del cuarto caía sobre la mesa con una paciencia antigua y hacía que todo pareciera ligeramente desplazado del tiempo, como si los objetos hubieran decidido envejecer juntos sin discutir demasiado el asunto: la mesa con sus pequeñas cicatrices, las sillas que crujían con una dignidad resignada, las botellas de cerveza sudando sobre el suelo como pequeños animales de vidrio. La ventana permanecía abierta y por ella entraba la respiración eléctrica de la ciudad, ese murmullo continuo de autos lejanos, motores que pasan sin intención de quedarse, algún perro ladrando con la convicción absurda de quien cree estar defendiendo el universo de una am...

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