Elogio inútil de la guerra
Elogio la guerra, sí, pero sólo porque el lenguaje también merece ser llevado ante el tribunal de sus propias mentiras. La elogio por su puntualidad, por su manera impecable de llegar a la hora acordada para derribar una casa, una frontera, una infancia. La elogio porque nunca improvisa cuando se trata de destruir: calcula el alcance, mide la distancia, enumera los cadáveres, clasifica el metal, convierte la muerte en estadística y después imprime una fotografía donde un hombre estrecha la mano de otro mientras detrás del encuadre arde una ciudad. Qué admirable disciplina la de los seres humanos cuando deciden organizar el infierno. Durante siglos hemos perfeccionado la técnica de matarnos con una seriedad casi religiosa, como si cada bala fuera una tesis y cada tumba una nota al pie. Hay algo obsceno en la exactitud de los mapas militares. Una línea roja atraviesa una montaña y de pronto la montaña pertenece a alguien; otra línea atraviesa una mesa y de pronto la mesa adquiere patria,...