Madre
Madre no es una palabra: es una fisura que aprendí a pronunciar sin hacer ruido, como quien esconde un crimen en la lengua. La digo y algo se inclina dentro de mí, un eje secreto que se desajusta apenas, como si el mundo recordara una versión anterior de sí mismo donde yo todavía no era yo sino una extensión tibia, una hipótesis respirando en su sombra. ¿Qué nombro cuando digo Madre, una mujer o una ley de gravedad afectiva que me sigue doblando incluso cuando huyo? Recuerdo sus manos no por su forma sino por su efecto: hacían del caos una superficie habitable, como si el desastre fuera una mesa bien puesta. Pero en ese gesto había una precisión peligrosa, una manera de ordenar lo informe que también me delimitaba, como si cada caricia fuera un mapa y yo apenas el territorio que debía obedecerlo. El amor materno no es esa miel que venden en los discursos, es más bien un mecanismo complejo, casi quirúrgico, que protege mientras talla, que abriga mientras corrige. Me cuidaba, sí, pero ta...