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Días lejanos, días del olvido

Los días lejanos no están detrás de mí, están debajo sosteniendo el suelo por pura terquedad, y camino sobre ellos con una mezcla de reverencia y asco porque sé que si escarbo demasiado encontraré no una verdad luminosa sino restos mal enterrados, promesas rotas, frases heroicas que hoy me suenan a propaganda barata; me gusta pensar que fui valiente, que cada gesto tuvo sentido, pero la memoria es una editora borracha y yo le pagué para que mejorara el guion, así que ahora no sé si aquel día en que juré incendiar el mundo fue épico o simplemente ridículo, un muchacho flaco gritando contra edificios que ni siquiera sabían que existía, y sin embargo algo ardía, algo real, un pulso eléctrico que me decía que el orden era una broma pesada y que la obediencia era una enfermedad contagiosa, y yo, con mis botas gastadas y mi fe mal aprendida, quería contagiarme de otra cosa, de caos, de lucidez, de una libertad que no cupiera en formularios; ¿qué queda de ese fuego?, ¿ceniza o todavía brasa?,...

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