Escupo poesía sobre un televisor apagado
Escupo poesía sobre un televisor apagado porque hay días en que la única manera de hablarle al mundo es ensuciarle la cara de vidrio, dejarle una pequeña mancha de saliva donde antes respiraban presidentes, concursos, incendios, sonrisas prefabricadas, guerras con patrocinio y mujeres vendiendo felicidad por cuotas. Escupo y la gota desciende lentamente, magnífica en su vulgaridad, como si hubiera encontrado por fin una ruta de fuga en aquel cuadrado negro donde el universo fue reducido a mercancía, donde hasta la tragedia llega editada, iluminada, subtitulada, lista para el consumo de una especie que mastica su propia catástrofe frente al sofá. Pero el televisor está apagado y esa oscuridad me devuelve algo peor que una imagen: me devuelve mi propia mirada. Ahí estoy, reflejado apenas, deformado por el polvo y la saliva, convertido en un fantasma que contempla al fantasma de una máquina; una pantalla sin programa, un hombre sin argumento, dos superficies esperando que alguien encienda...