Quema mi nombre
No lo pedí. Tampoco lo decidí. El nombre empezó a estorbar como una puerta que sigue abriéndose hacia un cuarto que ya no existe. Nadie la cierra porque todavía figura en los planos. El mío seguía circulando. Limpio. Legible. Funcionando en formularios, en listas, en voces que no sospechan que al pronunciarlo activan una cadena de obediencias mínimas. No es identidad. Es trámite. Una forma eficiente de no preguntarse nada. Lo dejé pasar. Luego empezó a repetirse mal. No en el sonido. En la dirección. El nombre llegaba tarde o se adelantaba, como si no encontrara el cuerpo al que debía adherirse. Alguien lo dijo y giré medio segundo después. No fue distracción. Fue una demora que no supe corregir. Ese intervalo no encajaba. La grieta no apareció como ruptura. Se instaló como desajuste. Una leve asincronía entre la llamada y la respuesta. El sistema no está diseñado para eso. Necesita inmediatez, coincidencia, reflejo. El nombre insistió. Se sostuvo en documentos, en pantallas, en regist...