La modernidad promete brillo, mientras fabrica dependencia
La modernidad llega siempre encendida, con los dientes blancos y una lámpara detrás de la lengua, prometiendo que la noche ha terminado, que el cuerpo puede dejar de cansarse, que la distancia será abolida, que el tiempo obedecerá al pulso de una pantalla. Todo resplandece: las vitrinas, los ascensores, los aeropuertos, los edificios que perforan las nubes como agujas destinadas a coser el cielo a la mercancía. Nos dijeron libertad y entregaron conectividad; nos dijeron comodidad y fabricaron interfaces capaces de anticipar nuestros deseos antes de que el deseo termine de nacer. El brillo no ilumina, seduce. Y debajo de cada superficie pulida trabaja una pequeña máquina de obediencia, invisible como una deuda. Entramos en el supermercado para comprar una cosa y salimos con tres aplicaciones, una tarjeta nueva, una suscripción y la sensación absurda de haber ganado tiempo cuando en realidad hemos entregado otra porción de nuestra atención. El sistema no necesita cadenas cuando puede ofr...