Cómo se mira antes de que el mundo duela
Nadie recuerda el primer día del mundo porque el primer día todavía no existía el recuerdo. Sólo había ojos. O algo parecido a unos ojos. Una manera animal de dejar que la luz atravesara la sangre sin pedir explicaciones. Después llegaron los nombres con su burocracia de cementerio. Le pusimos etiquetas al agua, escrituras a la tierra, precio al pan, apellido al miedo. Desde entonces confundimos conocer con clasificar. La realidad siguió respirando por su cuenta, pero nosotros comenzamos a respirar dentro de un diccionario. Qué invento tan miserable: fabricar palabras para no tener que mirar. La ciudad terminó el trabajo. No hace falta odiarla. Basta caminarla despacio. Las motos escupen humo como si estuvieran quemando la infancia de alguien. Los cables eléctricos cuelgan sobre las calles con la tristeza de raíces que olvidaron el camino hacia la tierra. Un vendedor acomoda mangos bajo un sol que parece cobrar impuestos por cada minuto de existencia. Una bolsa negra se rompe contra el...