De camino hacia ningún lugar
Camino sin mapa y sin disculpas, como quien abandona una fiesta antes de que comiencen los discursos, y el asfalto me recibe con su lengua caliente y su indiferencia perfecta, porque la ciudad no bendice ni condena, solo mastica cuerpos y escupe horarios, y yo decido no ser horario sino pulso, no ser meta sino fricción, y avanzo mientras los edificios se desperezan con sus ventanas enfermas y los buses escupen humo como bestias industriales recién paridas por un dios contable, y la gente corre con el alma grapada a una tarjeta magnética, con los ojos hundidos en pantallas que prometen sentido en cuotas mensuales, y yo, que no tengo destino ni plan de pensiones ni fe en la línea recta, me deslizo entre ellos con una sonrisa torcida, preguntándome quién fue el genio que convenció a la especie de que llegar es más digno que caminar, quién vendió la idea de que la vida es una autopista y no esta deriva magnífica y sucia donde cada paso resuena como tambor mínimo, jazz de suela contra pavim...