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Lo vi en sus ojos

La cerveza estaba fría. La noche también. La conversación, en cambio, se movía con ese calor discreto que tienen las palabras cuando todavía creen que sirven para algo. Estábamos en mi casa. La lámpara amarilla del cuarto hacía que todo pareciera un poco antiguo, como si los objetos hubieran decidido envejecer juntos en silencio. La mesa. Las sillas. La botella sudando sobre el suelo. La ventana abierta dejando entrar la respiración eléctrica de la ciudad. Autos lejanos. Algún perro que ladraba con la convicción absurda de quien cree estar defendiendo el universo. Y nosotros dos ahí. Sentados. Hablando como hablan los humanos cuando intentan convencerse de que la vida tiene una estructura razonable. Ella sostenía el vaso con una mano distraída. Bebía a pequeños sorbos. Hablaba de su trabajo. Las reuniones. Los informes. Las decisiones importantes que nadie recuerda una semana después. Yo escuchaba. O fingía escuchar. Asentía de vez en cuando, ese gesto mínimo que la civilización invent...

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