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Alma Violetha

(A mi hija) No sabía que el mundo podía callarse de esta manera hasta que apareciste. El ruido bajó de volumen, las ideas dejaron de empujarse unas a otras, el tiempo perdió esa manía violenta de correr hacia ningún lado. Te miro caminar y todo lo que yo creía urgente se vuelve sospechoso, casi ridículo, como si hubiera vivido demasiado tiempo obedeciendo a una prisa que nadie me pidió. Me quedo quieto porque cualquier movimiento parece una falta de respeto. Camino despacio, como si caminar también pudiera extraviarte. Repito tu nombre por dentro, Alma Violetha, no para invocarte sino como un mantra. El nombre no explica quién eres, no te define, no te protege, pero ordena algo en mí. Suena a color que no terminó de decidirse, a vibración suave que no necesita imponerse. A veces pienso que no eres tú la que llegó a mi vida, sino que yo entré tarde en la tuya, torpe, lleno de restos, aprendiendo a mirar desde cero. Me pregunto cuántas cosas creí saber antes de ti y me da risa, una risa ...

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