El crédito de los días muertos
No pasa el tiempo. Se acumula. Lo aprendí tarde, cuando los días empezaron a repetirse con una ligera variación, como cifras que cambian en el último decimal para fingir movimiento. Abrí un cuaderno y empecé a registrar: no lo que ocurría, sino lo que debía. Cada escena, cada gesto mínimo, dejaba un residuo. Intereses. Una palabra que al principio anoté sin cuidado, como si no fuera a quedarse. El primer recuerdo que decidí tasar fue una tarde inmóvil, una silla que crujía sin peso, la luz detenida sobre la mesa. No parecía deber nada. Sin embargo, al volver a ella, descubrí un desgaste: una deuda que no se veía en el instante, pero que había crecido en silencio. Lo anoté con precisión. Fecha dudosa. Monto incierto. Intereses en curso. Pronto entendí que no había ingreso posible. Todo lo vivido se registraba como pérdida. Incluso los momentos que en su momento llamé felices aparecían con una marca leve, casi imperceptible, como si alguien hubiera pasado un cuchillo sobre la superficie....