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El cigarrillo es el único terapeuta que no te interrumpe

El cigarrillo es el único terapeuta que no te interrumpe. Se queda ahí, encendido entre los dedos, como una pequeña autoridad naranja en mitad de la noche, mientras uno le entrega el expediente completo de sus ruinas: el amor que salió por la puerta sin cerrar, la infancia que todavía cobra intereses, la frase dicha a destiempo, el miedo con corbata, esa costumbre miserable de fingir que uno sabe hacia dónde va. El cigarrillo no pregunta por qué. No diagnostica. No pronuncia palabras obscenas como resiliencia, progreso, superación. Simplemente arde. Y en esa obediencia hay algo parecido a la ternura, aunque sea una ternura de ferretería, barata, industrial, destinada a dejar ceniza sobre la camisa. Quizá por eso fumar se parece tanto a conversar con un dios que hubiera perdido la fe en sus criaturas. Uno enciende y el humo comienza a construir una arquitectura provisional alrededor del rostro; por unos segundos el cuarto parece tener paredes, el silencio adquiere muebles, la soledad de...

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