El capitalismo como una religión
Dios ha muerto, pero dejó instalada una terminal de pago en el lugar donde antes latía el misterio. Ahora el cielo tiene aire acondicionado, cámaras de seguridad y una música instrumental que convierte la desesperación en experiencia de compra. Nadie reza, todos consultan el saldo. Nadie cree, todos cotizan. El milagro consiste en llegar vivo al viernes y llamar libertad a la posibilidad de endeudarse hasta la muerte. En las vitrinas resplandece la nueva encarnación de lo sagrado: un objeto que no necesitamos, fabricado por desconocidos en una ciudad que jamás veremos, adquirido con dinero que todavía no ganamos. Lo abrazamos como si contuviera nuestra alma, ignorando que también viene con una cuota de intereses, una garantía limitada y la obligación secreta de parecernos a alguien. La mercancía no habla, pero nos conoce. Sabe dónde nos duele, qué rostro odiamos en el espejo, qué infancia estamos intentando comprar de nuevo. Y nosotros, animales ceremoniales, inclinamos la cabeza ante ...