Quema mi nombre
Quema mi nombre, pero no del todo. Déjame una sílaba viva para morder algo cuando todo lo demás se vuelva liso. Lo digo y me escucho depender de esa cosa que quiero borrar. Mi nombre todavía abre puertas, todavía me responde cuando lo llaman desde un número desconocido. No quiero admitir que lo necesito como se necesita un pasamanos en una escalera. Me acerco al espejo y lo pronuncio sin voz, labios apenas moviéndose, y hay un retraso, un pequeño desfase, como si la cara no fuera exactamente mía o estuviera cansada de sostenerme. Quema mi nombre, repito, y me lo guardo en la lengua como un código que no quiero olvidar. Una mujer en el bus aprieta el celular contra el pecho como si le doliera respirar sin esa luz. Tiene la blusa pegada, un mapa de sudor en la espalda, una uña rota que raspa la pantalla. Cuando vibra, no sonríe: se le afloja la mandíbula, se le cae algo por dentro. Yo hago lo mismo en silencio, en el bolsillo, tocando el aparato como quien revisa una herida que no cierra...