Velocidad de vértigo
La velocidad es el nuevo opio de los desesperados, la cocaína metafísica de una civilización que le tiene pánico a quedarse sola cinco minutos consigo misma. Aceleren que ahí viene el vacío con sus zapatos de funcionario, su corbata de gusano, su expediente de muertos vivientes. Aceleren hasta que la sangre se convierta en una autopista, hasta que Dios saque la cabeza por el parabrisas y vomite sobre los radares, hasta que el último carro atraviese la frontera del sentido y descubra, del otro lado, que la eternidad no era más que un embotellamiento sin salida. Hemos confundido el movimiento con la vida, la prisa con el destino, la vibración de las máquinas con el latido de una existencia que ya no sabe pronunciar su propio nombre. Corremos porque detenerse sería escuchar. Y escuchar sería descubrir que, debajo del ruido, algo lleva décadas muriéndose sin hacer escándalo. La ciudad no duerme: parpadea. Millones de ventanas abiertas como heridas electrónicas, pupilas azules devorando ros...