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Nos observan desde una cámara frontal

La cámara frontal ya no captura rostros. Extrae obediencia luminosa. Hay gente despertando y lo primero que ve no es la mañana sino su propia cara comprimida contra una pantalla, hinchada todavía por el sueño, azulada por la luz nocturna que jamás termina de apagarse. Después corrigen el ángulo. Siempre el ángulo. La mandíbula un poco arriba, la tristeza un poco abajo, la taza de café estratégicamente cerca de la mano como si la fatiga pudiera convertirse en estilo de vida vendible. Detrás: ropa acumulada, cables, botellas vacías, una silla convertida en cementerio textil. Todo entra en cuadro. Todo debe entrar. Incluso el derrumbe necesita buena iluminación. Y uno participa. Naturalmente. Porque la vigilancia dejó de parecer castigo cuando aprendió a producir placer inmediato, microscópico, viscoso. El ojo ya no desciende desde una torre; vibra en el bolsillo. Late. Suplica actualización. La humanidad tomó el viejo aparato del espionaje y le añadió filtros, música ambiente, corrección...

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