La gravedad atraviesa el pensamiento
La gravedad atraviesa el pensamiento mucho antes de alcanzar los huesos. Lo hace al amanecer, cuando el primer párpado cae sobre el ojo todavía caliente y el cuerpo tarda unos segundos en recordar su propio peso. Lo hace en las escaleras húmedas que descienden desde las laderas, en el café que se enfría sobre las mesas de aluminio, en las monedas que escapan de los bolsillos rotos y ruedan hasta desaparecer bajo los autobuses. Nadie habla de eso porque la ciudad ha perfeccionado el arte de ocultar sus leyes detrás del ruido. A las seis de la tarde los transformadores comienzan a zumbar con una intensidad apenas perceptible y las avenidas adquieren el color de los órganos examinados bajo una lámpara quirúrgica. Entonces uno comprende que pensar no es elevarse sino descender lentamente hacia algo que ya estaba esperándonos. Todo termina obedeciendo. Lo descubrí dentro de un ascensor detenido entre dos pisos, nueve segundos exactos según el reloj digital que parpadeaba sobre la puerta met...