Las sombras que me habitan
Las sombras que me habitan no llegan cuando apago la luz. Llegan cuando intento encenderme. Están ahí, detrás del rostro que llevo al mundo como quien lleva una máscara demasiado tiempo pegada a la piel, detrás de la sonrisa social, detrás del nombre que otros pronunciaron tantas veces que terminó pareciéndome mío. Camino y ellas caminan conmigo. Me detengo y esperan. Duermo y se sientan alrededor de la cama como una familia que conoce mis secretos mejor que yo. Algunas tienen mi edad, otras son antiguas, anteriores incluso a mi nacimiento, como si hubiera heredado ciertas oscuridades del mismo modo en que se heredan los ojos, la forma de las manos, la tendencia absurda a amar precisamente aquello que podría destruirnos. A veces las confundo con recuerdos. Ese es uno de sus trucos. Se disfrazan de fotografías, de perfumes, de habitaciones que ya no existen, de una voz escuchada hace veinte años en un corredor cualquiera. Pero la memoria no conserva: deforma, repite, inventa. Cada recue...