Un barrio que ha olvidado su nombre
La primera señal no fue el silencio. Fue un error. Después otro. Después cien. Los repartidores dejaron paquetes donde nunca habían vivido sus dueños. Las ambulancias llegaban tarde porque el mapa insistía en doblar hacia calles amputadas. Los taxistas apagaban la aplicación y seguían el olfato. Los viejos levantaban la cabeza como perros que reconocen una tormenta antes que el cielo. El barrio intentaba pronunciar su nombre. Apenas le salía un murmullo. Hacía calor. Un calor espeso. El cemento sudaba. Los postes olían a cobre quemado. La gasolina flotaba mezclada con mango podrido, café recalentado y agua detenida durante semanas dentro de las alcantarillas. Las camisas se pegaban a la espalda como vendas húmedas. Respirar era masticar polvo. Respirar era tragar óxido. Nadie decía que el barrio estaba enfermo. La gente seguía comprando pan, cerveza, minutos para el celular, bolsas de hielo. La costumbre siempre llega primero que el diagnóstico. Las cámaras giraban despacio. Nunca pest...