Lanzados al abismo
No hubo advertencia. Ninguna alarma, ningún estruendo que nos permitiera reconocer el comienzo de la catástrofe. Una mañana, sencillamente, el suelo dejó de estar donde lo habíamos conocido. La taza resbaló de la mesa, las fotografías se inclinaron dentro de sus marcos, los perros comenzaron a ladrar hacia una dirección que no aparecía en los mapas. Después vino el vértigo. No un vértigo individual, de esos que se resuelven cerrando los ojos o buscando una pared, sino uno colectivo, inmenso, como si alguien hubiera retirado de golpe la estructura invisible que sostenía nuestras pequeñas certezas. Nos habían lanzado. No sabíamos quién. Tampoco desde dónde. Durante mucho tiempo habíamos confundido la altura con el progreso, la velocidad con el destino, la obediencia con la seguridad. Habíamos construido habitaciones, ciudades, fronteras, instituciones, pequeñas fortalezas de papel para protegernos de aquello que no podíamos controlar. Nos enseñaron a mirar hacia arriba, a celebrar l...