Quema mi nombre
El papel no ardió de inmediato. No porque estuviera húmedo. Porque dudó. Lo sé, suena absurdo, pero la llama retrocedió un milímetro, como si leyera antes de consumir. Acerqué el encendedor otra vez. Esta vez no soplé. Dejé que eligiera. El borde se oscureció, se curvó apenas, y entonces sí: una línea irregular empezó a avanzar. Mi nombre —eso que digo que es mi nombre— se contrajo sin resistencia. No sentí nada preciso. Un error, más bien. Como si hubiera llenado mal una casilla y ahora estuviera corrigiendo el formulario con fuego. No estoy seguro de que fuera mío. Lo escribí yo, sí. La letra coincide con otras firmas que he repetido hasta hacerlas automáticas. Pero hay un detalle que no termina de encajar: la “r” siempre se me abre un poco más cuando estoy cansado, y ahí estaba cerrada, casi disciplinada. Lo noté tarde. Cuando ya no importaba. O cuando empezó a importar de otra forma. El humo no subió. Se quedó a la altura de la mesa, plano, como una superficie que se niega a ser ai...