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Fumando un pensamiento

Fumo un pensamiento porque no encontré otra forma de comprobar si existe. No lo nombro. Lo acerco al fuego y observo cómo duda antes de arder, como si tuviera memoria. La primera bocanada no aclara nada, solo introduce una presión en el pecho, una leve resistencia del cuerpo a convertirse en argumento. El humo no sube: se queda a la altura de la mesa, pegado a la taza agrietada, que es otra forma de decir que algo empieza a fallar donde parecía continuo. El cuaderno registra fechas que no se dejan fijar, con una caligrafía que no reconozco como mía pero tampoco puedo atribuir a otro sin caer en una superstición barata. No hay otro. O hay demasiados. El pensamiento se consume y deja una ceniza fina que se adhiere a los dedos como si fuera un residuo de algo vivo. La acerco a la lengua. Sabe a metal y a una frase que no termino de recordar. No la escribo. Si la escribo, la vuelvo dócil. No voy a decir qué significa fumar un pensamiento. Esa tentación es una trampa para los que necesitan ...

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