La ciudad no existe: sólo exhala su vómito de luz
La ciudad no existe. Es una superstición de concreto, una alucinación compartida por millones de cuerpos que caminan bajo la misma mentira iluminada. Decimos ciudad como si nombráramos una cosa, pero sólo hay tráfico, humo, vitrinas, sirenas, ventanas encendidas, anuncios que gritan sin garganta y edificios creciendo unos sobre otros como dientes de una mandíbula enferma. De noche parece más verdadera porque la oscuridad permite el engaño: cada bombilla promete una dirección, cada avenida fabrica una flecha, cada semáforo ordena avanzar, detenerse, obedecer, repetir. Y nosotros obedecemos con esa docilidad de los animales que han olvidado que alguna vez tuvieron piel. Camino entre las luces y siento que la ciudad respira por mí. Exhala sobre las calles un vapor amarillo, eléctrico, una mezcla de gasolina, orines, lluvia vieja, perfume barato, comida frita, metal caliente y cansancio humano. Las fachadas vomitan pantallas. Los centros comerciales vomitan música. Los bares vomitan conver...