Inmigrante sin voz en países llenos de discursos
Entro al país como se entra a una frase ajena, mal puntuadas las fronteras, sobradas las comas, faltante el verbo que me nombre. Nadie me recibe. Me procesan. Me pasan por la máquina del lenguaje útil, ese idioma diseñado para no decir nada mientras parece decirlo todo. Hablo, pero aquí hablar no es existir, es completar casillas, sobrevivir al formulario, doblar la lengua hasta que encaje en la ranura correcta. Mi acento queda afuera como un perro que entiende órdenes pero no tiene casa. ¿En qué momento la palabra se volvió permiso y no respiración?
Las ciudades son enormes parlamentos sin oyentes. Pantallas encendidas como altares, expertos opinando con voz de meteorólogo moral, discursos que se repiten con la convicción de una fe industrial. Todo habla. Nadie escucha. Yo camino entre ese ruido como una interferencia mínima, un zumbido que no cotiza. Mi voz no es muda, es inservible. No produce consenso. No genera tranquilidad. No mejora la imagen institucional. Por eso estorba. Por eso se neutraliza con amabilidad, con políticas de inclusión redactadas por alguien que jamás cruzó nada salvo la calle. ¿Quién decide qué voz vale cuando todas gritan?
Me miran como se mira una grieta en la pared del progreso: con curiosidad técnica y miedo estructural. No soy enemigo ni aliado. Soy un tránsito que no pidió permiso. Me llaman migrante, flujo, caso, cifra. Nunca me llaman por mi nombre completo porque el nombre completo no entra en la base de datos. Mi cuerpo se vuelve frontera portátil, documento defectuoso, prueba viviente de que el mundo no está ordenado. Camino con un cansancio que no reconoce feriados. Un cansancio antiguo, anterior a este idioma. ¿Cuántos kilómetros caben en un par de hombros?
Hay discursos humanitarios que me rozan sin tocarme. Palabras solidarias que flotan como globos institucionales, hermosas, livianas, inútiles. Me prometen futuro con voz de gerente, me ofrecen integración como quien ofrece una silla rota. Todo está dicho por adelantado. Mi historia llega tarde a su propia traducción. Cuando intento hablar de noches sin mapa, de trabajos invisibles, de hijos que aprenden a conjugar verbos antes de entender de dónde vienen, el sistema se defiende con sonrisas, con protocolos, con el escudo blando de la corrección. Me escuchan para no oírme. ¿Cómo se archiva una vida que no cabe en el archivo?
Cruzo oficinas como quien atraviesa un laberinto sin centro. Nadie decide. Todos ejecutan. La burocracia no golpea, erosiona. No grita, susurra hasta agotarte. Te hace repetir tu nombre hasta que empieza a sonarte falso. Te pide paciencia mientras te roba tiempo. El castigo aquí no es la violencia, es la espera infinita. El formulario es una forma lenta de asfixia. ¿Cuántas firmas hacen falta para que alguien exista?
A veces me descubro convertido en imagen. Una foto circula. Un video. Un titular urgente. Soy el inmigrante. El concepto. El rostro útil para ilustrar debates que no me incluyen. Me muestran para demostrar sensibilidad y luego me guardan. Mi dolor se vuelve contenido. Mi cuerpo, argumento visual. Nadie se queda a vivir en la escena. Miran, asienten, siguen. El espectáculo necesita víctimas dóciles y espectadores tranquilos. Yo no sirvo del todo. Mi mirada devuelve algo incómodo. ¿Qué pasa cuando la imagen mira de vuelta?
El idioma aquí funciona como policía. Decide qué se puede decir y cómo. Todo lo que no entra en su sintaxis queda relegado al margen, a la nota al pie, al murmullo. Mi lengua tropieza, se equivoca, mezcla tiempos, arrastra polvo. No sabe comportarse. Por eso me vigilan. Por eso me corrigen. Porque una lengua indisciplinada recuerda que el orden es frágil. Yo no vine a pedir voz. Vine con ella puesta. ¿Por qué les asusta tanto?
En algunas noches el silencio se vuelve espeso, casi táctil, y entiendo que callar también es un gesto peligroso. No el silencio obediente, sino el silencio que observa. En ese hueco aparece una mística involuntaria, una claridad oscura: no pertenezco. Y en esa no-pertenencia algo se libera. Mi identidad deja de ser una tarea y se vuelve movimiento. No soy una bandera. Soy una falla en el mapa. No tengo raíces fijas. Tengo cicatrices móviles. ¿Y si la pertenencia fuera solo una costumbre bien administrada?
Mi cuerpo sabe cosas que el discurso no tolera. Sabe de hambre puntual, de frío burocrático, de cansancio acumulado en la espalda. Sabe de dormir mal y levantarse igual. Sabe de cruzar sin épica. El sistema entiende ideas, no sabe qué hacer con cuerpos. Por eso intenta abstraerlos, convertirlos en números, en políticas, en debates televisados. Pero el cuerpo insiste. Suda. Tiembla. Respira. Y en esa respiración hay una verdad que no se negocia. ¿Cómo se deporta un pulso?
A veces pienso que todos son inmigrantes y algunos lo han olvidado. Que la historia es una larga caminata forzada con nombres cambiantes. Que nadie está realmente en casa, solo más cerca de la costumbre. Yo cargo esa intemperie a la vista. Por eso incomodo. Porque recuerdo lo que el discurso quiere tapar: que el mundo no es estable, que todo se mueve, que la identidad es un acuerdo frágil. Yo no vine a romper nada. Vine a mostrar la grieta que ya estaba ahí.
Tal vez entienda que la voz nunca fue propiedad privada, que siempre estuvo en tránsito, como yo. Hasta entonces camino. Cruzo. Respiro. Insisto. En países llenos de discursos, sigo siendo una frase indócil que se niega a cerrar, que se va sin punto final, que migra.