Alma Violetha

(A mi hija)

No sabía que el mundo podía callarse de esta manera hasta que apareciste. El ruido bajó de volumen, las ideas dejaron de empujarse unas a otras, el tiempo perdió esa manía violenta de correr hacia ningún lado. Te miro caminar y todo lo que yo creía urgente se vuelve sospechoso, casi ridículo, como si hubiera vivido demasiado tiempo obedeciendo a una prisa que nadie me pidió. Me quedo quieto porque cualquier movimiento parece una falta de respeto. Camino despacio, como si caminar también pudiera extraviarte.

Repito tu nombre por dentro, Alma Violetha, no para invocarte sino como un mantra. El nombre no explica quién eres, no te define, no te protege, pero ordena algo en mí. Suena a color que no terminó de decidirse, a vibración suave que no necesita imponerse. A veces pienso que no eres tú la que llegó a mi vida, sino que yo entré tarde en la tuya, torpe, lleno de restos, aprendiendo a mirar desde cero. Me pregunto cuántas cosas creí saber antes de ti y me da risa, una risa breve, incómoda, porque ahora sé que no sabía nada importante.

No estabas en mis planes. Mis planes eran una mezcla de peligro, de caos y libertad mal entendida. Creía que vivir era moverse rápido, pensar mucho, dudar de todo, no pertenecer a nada. Entonces llegaste y el centro se desplazó sin drama, sin anuncio, sin heroísmo. Simplemente ocurrió. Dejé de ser el eje y no sentí pérdida, sentí alivio. Como cuando uno se quita una carga que ya no sabía que llevaba. ¿Desde cuándo amar deja de ser una elección y se vuelve una condición?

Pienso en el mundo que te espera y no me hago el optimista. No vine a mentirte. Hay violencia, hay velocidad, hay miedo empaquetado como si fuera progreso. Hay pantallas que gritan, cuerpos agotados, gente corriendo detrás de algo que nunca alcanza. Todo eso existe y va a rozarte tarde o temprano. No puedo evitarlo. No soy tan poderoso ni tan ingenuo. Pero hay algo que también existe y que nadie sabe administrar: esta pausa. Este instante donde tu respiración marca el ritmo y todo lo demás queda suspendido. No salva al mundo. Lo interrumpe. Y por ahora eso basta.

Te observo y entiendo que tu cuerpo no es promesa ni proyecto ni símbolo. Es presencia. Es pulso. Es fragilidad absoluta. No representa nada y justo por eso lo significa todo. Hay algo profundamente subversivo en esa debilidad que no produce, no rinde, no compite. Existe. Y al existir desarma mis discursos, mis teorías, mis viejas ironías que ahora funcionan apenas como reflejo nervioso, como defensa mínima ante lo sagrado. Porque sí, aunque me incomode decirlo, hay algo sagrado en ti, y no tiene nada que ver con dioses.

A veces me siento cansado, irritado, humano hasta el cliché, y aun así algo en mí se recompone cuando apareces. No puedo hacerme el brillante frente a ti. No puedo esconderme en el cinismo ni en la lucidez permanente. Tu mirada no juzga, no analiza, no exige coherencia, y aun así me deja expuesto. Me atraviesa sin violencia. Me obliga a estar. Me pregunto qué clase de inteligencia es esa que no necesita lenguaje para desarmar a alguien. Todavía no tengo respuesta. Tal vez no la haya.

No te traje para que me completes ni para que me salves. Me lo repito como un conjuro para no convertirte en excusa, para no usarte como sentido prefabricado. Llegaste y punto. El sentido vino después, desordenado, incómodo, inevitable, como todo lo que no se elige. Desde que estás, el mundo no pesa menos, pesa distinto. Hay una gravedad nueva que no aplasta, concentra. Me vuelve más lento, más atento, menos seguro de mí mismo. Y esa inseguridad, por primera vez, no me asusta.

No sé qué recordarás de mí, si es que recuerdas. Tal vez mis silencios pesen más que mis palabras. Tal vez mis torpezas queden grabadas en algún pliegue invisible de tu memoria. No tengo control sobre eso y me cuesta aceptarlo. Siempre creí que la vida podía editarse, corregirse, pulirse. Ahora apenas acompaño. Y en esa renuncia hay algo que se parece peligrosamente a la paz.

Si existe algo parecido a lo sagrado, pienso mientras te miro respirar, no tiene que ver con promesas ni con explicaciones. Tiene que ver con esta fragilidad que no se defiende, que no negocia, que no se explica. Un cuerpo indiferente al espectáculo del mundo, indiferente a mis teorías. Me quedo aquí sin cerrar nada, sin moraleja, sin conclusión, porque empiezo a entender que amar no es resolver ni proteger del todo, es permanecer. Y mientras permanezca, aunque sea un instante, aunque todo lo demás falle, sé con una certeza incómoda y feroz que el mundo, con toda su violencia, todavía no ha ganado del todo.