Escupimos el futuro por reflejo
Escupimos futuro por reflejo, como quien tose sangre sin saber de qué pulmón viene, como el ojo que se cierra antes de entender el golpe, y no hay voluntad en eso, ni plan, ni mensaje cifrado, solo una defensa mínima frente a un presente que ya no entra por ningún lado. El futuro sale disparado de la boca sin forma, sin fe, sin destinatario, una baba temporal que cae al suelo mientras el mundo sigue funcionando con la cortesía mecánica de siempre. Nadie anuncia nada. Nadie profetiza. El gesto ocurre y basta. ¿En qué momento confundimos reaccionar con crear?
El presente no avanza, se acumula como basura bien ordenada, capas de imágenes, datos, promesas recicladas, espiritualidad con código de barras, política reducida a gesto automático, mañana renderizado antes de existir. Todo habla del futuro con una seguridad obscena, como si ya estuviera decidido, aprobado, listo para descarga. Caminamos dentro de ese ruido y algo en la garganta se rebela. Escupimos. No por rebeldía heroica, sino por saturación. Porque tragarlo todo sería aceptar que esto es el estado natural de las cosas. ¿Cuántas veces puede un cuerpo decir “sí” antes de empezar a escupir?
El gesto se repite en millones de bocas entrenadas para anticipar sin pensar, para desear sin tocar, para proyectar sin estar. Escupimos futuro porque así nos enseñaron a sobrevivir, porque el tiempo dejó de sentirse y se volvió hábito, reflejo condicionado, respuesta automática antes de cualquier pregunta real. El pensamiento llega tarde. El cuerpo ya reaccionó. El mañana no nace de la imaginación sino del cansancio. ¿Cuándo fue la última vez que el tiempo no nos empujó?
Algo falla en medio del flujo, una falla pequeña pero insoportable, como una palabra mal escrita en un texto perfecto. El futuro escupido no cae. No aterriza. Se queda flotando un segundo de más, suspendido, ridículo, sin saber qué hacer con su propia existencia. El lenguaje tropieza ahí. La frase se corta. La imagen no cierra. El silencio aparece sin pedir permiso, breve, incómodo, sin consuelo. No hay continuidad garantizada. No hay después esperando pacientemente. ¿Y si nunca hubo un lugar al cual llegar?
Lo que queda es el residuo. El futuro ya expulsado se vuelve cosa inútil, desecho simbólico, subproducto de un presente que no sabe digerirse. No salva, no condena, no promete nada. Es materia muerta acumulándose en los bordes de la percepción, polvo temporal que se pisa sin mirarlo. El tiempo pierde su prestigio. Se vuelve resto. Algo que se barre. Algo que estorba. ¿Quién decidió que el futuro debía ser limpio, ordenado, optimista?
En ese punto ya no hay fe ni cinismo, solo una lucidez seca que no busca consuelo. Escupir deja de ser protesta y se vuelve acto vacío, casi neutro, un movimiento sin épica ni intención. No hay revelación escondida. No hay verdad esperando ser dicha. El futuro deja de ser problema porque deja de ser promesa. El ahora se queda solo, sin horizonte que lo justifique, sin relato que lo excuse. No proyectar se vuelve una forma brutal de atención. Estar sin esperar. Respirar sin plan. ¿Qué queda cuando el deseo ya no apunta a ninguna parte?
Escupimos futuro por reflejo, sí, pero el reflejo se desgasta, pierde sentido, se vuelve ruido de fondo. Y en esa falta de significado, en ese quedarse sin música a mitad del solo, algo se abre sin prometer nada. No una salida. No una respuesta. Una suspensión. El mundo sigue ahí, funcionando, y por primera vez en mucho tiempo no exige que le devolvamos el mañana.