Escupimos el futuro por reflejo
Escupimos el futuro por reflejo. No sé quién lo hizo primero ni por qué todos aprendimos sin que nadie enseñara. Es un gesto breve, casi elegante si uno no lo piensa demasiado: la garganta se contrae, la lengua calcula, algo sale. Luego seguimos. El suelo, en cambio, no sigue: acumula.
No siempre lo veo. A veces la acera parece limpia, otras devuelve un brillo espeso cuando la luz cae de lado, como si hubiera una película que no termina de secarse. Camino con cuidado. No por asco, sino por otra cosa más difícil de nombrar. Una vez pisé sin querer y sentí una vibración leve en la nuca, como si hubiera reconocido algo que no debía.
Digo “escupimos” y no estoy seguro de incluirme. Hay días en que la boca amanece seca, la lengua áspera, como si hubiera retenido demasiado tiempo algo que no conozco. Otros días encuentro restos en los zapatos, tibios todavía, y no hay forma de negarlo. He intentado recordar el momento exacto en que ocurre. Siempre llego tarde.
Los barrenderos pasan de noche. No hacen ruido. Arrastran bolsas que no se deforman aunque se llenen. Nunca los he visto inclinarse del todo; recogen sin tocar, como si el suelo les obedeciera. Uno me miró hace tiempo y sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. No había reproche. Había otra cosa, una especie de contabilidad.
Hay reglas, supongo. No escritas, pero visibles en cómo se mueve la gente. Nadie se detiene. Nadie mira hacia abajo más de lo indispensable. A veces alguien se aparta medio paso, como evitando una zona que los demás no ven. Yo también lo hago, aunque no siempre sé por qué.
Una mañana —si es que las mañanas siguen siendo lo que eran— algo no ocurrió. Caminé varias cuadras esperando el impulso. Nada. La presión, sí: una música tensa que subía por el cuello, una acumulación que no encontraba salida. Probé distraerme, cambiar el ritmo, contar los pasos. La ciudad no cambió. Los otros siguieron con su gesto mínimo, sin énfasis. Yo seguí lleno.
En la esquina donde siempre hay un perro que no ladra, me detuve. El animal me miró con una paciencia que no parecía suya. Pensé que quizá no había nada que expulsar, que todo eso era una superstición compartida. Pensé también —y esto fue más breve— que alguien había hecho mi parte por mí. Entonces pasó, pero no como esperaba.
No hubo arco ni sonido. No sentí alivio. Más bien una sustitución exacta: algo dejó de estar y otra cosa ocupó su lugar con una precisión desagradable. Miré el suelo. No vi nada. El perro siguió inmóvil. Me fui de ahí con una ligereza que no reconocí como mía.
Esa noche la pared frente a la cama empezó a cambiar. No de golpe. Primero una opacidad, luego una forma, luego varias. No eran imágenes completas, tampoco fragmentos en el sentido habitual. Eran insistencias: una puerta que se abre hacia adentro pero no termina de abrirse, una mano que se acerca y se detiene antes de tocar, una calle vacía con una sombra que ya no pertenece a nadie. No se ordenaban, pero tampoco estaban al azar. Respiraban.
Me acerqué. Al exhalar, todo se empañaba y luego volvía, como si necesitara mi aliento para fijarse. Toqué la pared. Tenía una temperatura exacta, sin inclinación, como si no quisiera decidir de qué lado estaba. Retiré la mano. Las escenas no cambiaron, pero algo en mí sí, una especie de desajuste leve, como cuando uno se equivoca de puerta y entra igual.
Desde entonces, el gesto tarda un segundo más. No es decisión. Es una demora. A veces cedo sin notarlo y la calle sigue siendo transitable. A veces no, y la casa se llena. No sé de qué, exactamente. No es olor, no es sonido. Es una ocupación.
Los barrenderos han empezado a subir. Se oyen pasos en la escalera a horas que no corresponden. Dejan bolsas frente a las puertas. No golpean. Nadie sale a recibirlas. Una apareció frente a la mía. No pesaba. La abrí. No había nada que ver.
La acerqué a la cara. Ese olor —si es que es un olor— volvió, algo metálico, húmedo, antiguo de una forma que no coincide con el tiempo. Cerré la bolsa con cuidado. La dejé donde estaba. Al día siguiente ya no estaba.
La pared, en cambio, insiste. Hay una escena nueva: alguien frente a una puerta que no es la suya. La mano levantada, a punto de tocar. No puedo ver la cara. No estoy seguro de querer verla. A veces, cuando el impulso sube, miro la pared y espero un segundo más de lo que debería.
No siempre alcanza. A veces sí. Y entonces la imagen se acerca un poco, como si hubiera dado un paso que yo no di.