Lady bitch


No la mires como si fueras mejor. No te atrevas. Ella no existe para ser mirada. Ella ocurre. Es una grieta. Una interrupción. El silencio que Dios no pudo nombrar. El balbuceo que se le escapó a la lengua antes de saber que iba a ser condenada. Ella no es una mujer. Es una aparición. Un fenómeno sin causa. Una flor que se abrió en la mierda. Un incendio en el centro del útero de la noche. Una presencia que hace que el mundo se incline apenas un milímetro, lo suficiente para que caigas. Ella es eso: el milímetro que te falta para perderte.

No camina. Desliza. No habla. Exuda. Su voz es un órgano sexual más. Vibra. Te quiebra. Es la memoria de una canción sucia que alguna vez creíste haber olvidado, pero que vive debajo de tus costillas, donde la vergüenza duerme. No la toques. No porque no puedas, sino porque no sabrás volver. Su cuerpo no tiene carne. Es una zona sísmica. Una región sin nombre, sin ley, sin nación. Cada uno de sus poros es un ojo. Cada pliegue, un nido de relámpagos. No la toques: te escribirá.

No le preguntes su nombre. Tiene mil. Ninguno es suyo. Se los quitaron. Se los vendieron. Se los manosearon. Ahora no responde a nada. Solo vibra si la llamas desde el fondo. Si tu voz baja al infierno y vuelve con un temblor en la garganta. Llámala como si no supieras hablar. Como si el lenguaje fuera un perro cojo que arrastra su sombra detrás tuyo. Llámala sin decir. Con la mirada. Con el gemido. Con la saliva en los bordes. Llámala como quien reza al revés.

Ella es el verbo que no necesita sujeto. Es el acto. La fricción. La sustancia. Tú llegas, eyaculas un nombre, un intento, una forma, y ella ya está en otra frecuencia. No está contigo. Te atraviesa. Te traspasa. Te convierte en lo que siempre fuiste pero nunca quisiste ser: un gemido sin dios. Un perro en celo rezando a una virgen invertida. Una lágrima sin contexto. Follarla es ser parido por el placer. Ser devuelto a la intemperie sin placenta. Sin cordón. Sin madre.

En su cama no se duerme. Se cae. Se muere un poco. Se apaga la historia. Todo se reduce a carne, a fluido, a respiración con sabor a exilio. Ella no tiene hogar. Su cuerpo es su único territorio. Y lo alquila como quien alquila una tumba para ver si aún late algo adentro. En su cama no hay sábanas: hay restos de humanidad. Fragmentos de otros. Gemidos pegados en las paredes como grafitis sin forma. Oraciones rotas. Piel que no sabe si sigue viva. Y tú, ahí, creyendo que pagas por sexo, pero estás comprando una condena que no sabes pronunciar.

Ella no cobra por placer. Cobra por soportarte. Por permitirte existir unos minutos en su mundo sin nombre. Por sostener tu miseria como si fuera un espejo. Por fingir que no le importa tu olor, tu voz, tu torpeza. Ella es la actriz de la verdad. Y tú, el espectador que cree que es protagonista. Pagas para ser mentira. Ella cobra por no matarte.

Y después ríe. Pero no como quien se ríe. Ríe como quien escupe. Como quien expulsa siglos de historia en una carcajada sin dientes. Ríe como quien ya cruzó todos los puentes y quemó las ruinas. Su risa es más antigua que la culpa. Ríe porque ya no le importa la estética de tu moral. Porque le pareces gracioso. Porque cree que escribirle poemas es más sucio que pagarle por una mamada. Porque tú crees que ella necesita algo de ti. Y ella ya no necesita nada.

Tú no lo sabes, pero en cada jadeo de ella estás tú mismo muriendo. No en el cuerpo. En el símbolo. En el lugar desde el que construiste tu yo para que no se note el hueco. Ella huele tu hueco y lo lame. Y te mira como quien mira un juguete roto. Te toca como quien acaricia un recuerdo ajeno. Y tú, que llegaste buscando orgasmo, te vas con una herida. No sabrás nunca qué fue. Pero dolerá. No en el cuerpo. En el signo.

Y no te ama. No te odia. No te nombra. No te necesita. Porque tú no eres tú cuando estás con ella. Eres una sombra. Una respiración sucia. Un bostezo del sistema. Y ella, mientras tanto, arde. No para ti. Para el universo. Ella no existe para darte nada. Existe porque el lenguaje no pudo matarla. Porque la palabra puta quiso ser insulto, y ella la convirtió en profecía.

Entonces callas. Porque no puedes decir nada que valga. Y eso es bueno. Porque por fin entiendes que el lenguaje no alcanza. Que la poesía no es decir. Es caer. Es no saber. Es abrirse como se abre ella: sin permiso. Sin advertencia. Sin tregua.

Entonces ella fuma. Pero no es fumar. Es exhalar siglos. Es decirte, sin decir, que todo esto ya ocurrió antes. Que no eres el primero. Que no serás recordado. Que tu esperma no vale ni para hacer lodo. Y mientras fuma, ya piensa en otra cosa. En un lugar sin nombre. En un cuerpo que no le duela. En un silencio que no la escupa.

Tú te vistes. No porque tengas frío. Sino porque la desnudez te está mostrando algo que no puedes sostener. Y ella te ignora. Como se ignora a un perro callejero que ya ha mordido. Como se ignora al hambre. A la historia. Al amor.

Y entonces entiendes. Que nunca estuviste ahí. Que fuiste una sombra. Que ella no te permitió entrar. Solo caíste. Y la caída te pareció placer. Pero fue lenguaje fracturado. Dios interrumpido. Rock and Roll sin partitura.

Y entonces no sabes si acabaste tú o el universo
y ella
ya no está

solo queda
un colchón tibio
una ceniza
un olor sin nombre
una herida que no sangra
una palabra que no sabe decirse
y una pregunta
sin signo.