Elogio inútil de la guerra


La guerra no llega como tormenta ni como rugido: se infiltra. Penetra en la médula del mundo con la suavidad venenosa de un rumor que se arrastra por cables, pantallas, discursos que nadie escucha pero todos repiten. No irrumpe: desliza su lengua húmeda en la sintaxis burocrática que oculta la muerte detrás de un eufemismo, brilla en esa respiración distraída con la que aceptamos que otro cuerpo se desploma obedeciendo órdenes sin padre ni origen. La guerra ya no sucede en campos ni trincheras; habita la retina. Lo que vemos son cadáveres, ciudades derretidas, ríos que arden con el fulgor torcido de lámparas rotas. Pero ya no son cadáveres ni ciudades ni ríos: son píxeles domesticados, sombras prefabricadas convertidas en rutina, imágenes masticadas por el ojo hasta volverse parte del mobiliario mental. El mundo contempla su incendio igual que quien mira una película repetida: sin sobresalto, sin grieta, sin respiración propia, como si la destrucción fuese un espectáculo neutro que se consume con la misma docilidad con que se mastican palomitas frente a la caída de continentes ajenos.

No hay grandeza. La guerra es contabilidad: cuerpos reducidos a cifras, cifras reducidas a estadísticas, estadísticas convertidas en gráficos que alguien exhibe con un puntero luminoso para justificar la sombra. Ninguna gloria, ningún himno. Ningún dios exige este sacrificio. Solo cálculo, servidor, algoritmo, coordenada. La guerra contemporánea no necesita espadas ni bayonetas: se administra desde pantallas, como si matar equivaliera a eliminar un archivo redundante del disco duro de la especie. Y sin embargo, bajo esa asepsia persiste la vieja pulsión suicida, la fascinación por la ruina, esa electricidad erótica que recorre los nervios del poder cada vez que un país se desangra. Contemplar la aniquilación produce un vértigo secreto, un placer invertido que sacude a los que ordenan la masacre desde despachos con alfombras carnívoras. La guerra es alquimia oscura: convierte la carne en ceniza, el miedo en obediencia, el dolor en moneda. Una moneda que no brilla en vitrinas sino que flota en bancos invisibles donde se archivan los restos de ciudades evaporadas.

Su legitimación es un quirófano lingüístico. “Operación especial”, “intervención humanitaria”, “daño colateral”. Cada término es un bisturí que corta la memoria. La retórica funciona como fusil camuflado: los comunicados oficiales son campos minados donde los adjetivos estallan y los sustantivos ejecutan. El lenguaje participa del genocidio: no describe, actúa. Las letras mismas se deforman, se vuelven proyectiles, y cada vez que un vocero desenrosca la boca para nombrar, algún cuerpo se desploma en una penumbra que no tendrá epitafio.

El enemigo no es humano: es el planeta. La guerra desgarra montañas, derrama veneno en los ríos, arranca pieles a los bosques hasta convertirlos en esqueletos de humo. No existe cámara capaz de transmitir el gemido de un árbol ardiendo, ni estadística que cuantifique los peces que flotan como lámparas muertas sobre aguas ennegrecidas. La guerra devora animales, suelos, cielos, con la misma indiferencia con que devora cuerpos. Es un suicidio ecológico a escala total, un meteorito que la humanidad se incrusta voluntariamente en el cráneo.

A veces imagino que la guerra no ocurre afuera, sino en la percepción. Es un virus óptico que coloniza la conciencia a través de imágenes destinadas a convencernos de que matar es natural, que odiar es inevitable, que la violencia responde a una ley cósmica. El sistema nervioso no distingue entre el impacto real de un misil y su simulacro televisivo: la herida es idéntica, el trauma se replica, el miedo se instala como sombra persistente. La guerra se incrusta en los nervios, se vuelve fiebre, ruido interior, enfermedad de la mirada. Ya no sabemos si las bombas explotan en la noche o si es la noche la que sueña bombas a través de nuestros ojos.

La guerra nunca obedece cálculos ni estrategias. Es un fractal indócil. Basta un dron derribado, una frontera cruzada por error, una palabra torcida en un discurso, para que estalle la espiral que ningún general controla. No conoce reglas; se expande como petróleo sobre el mar, se retuerce, se duplica, avanza como bestia ciega arrastrando todo lo que toca. Los estrategas imaginan domesticarla, pero son marionetas suspendidas de un azar que desordena sus mapas y devora sus brújulas.

Hubo un tiempo en que la guerra se cubría de mito. Los combates imitaban gestos divinos, los muertos ascendían, las batallas participaban de una teología que otorgaba sentido al derramamiento. Nada de eso persiste. La guerra moderna es un ritual huérfano: sacrificio sin altar, ceremonia sin dioses, muerte archivada sin canto. Los cuerpos ya no ascienden; se archivan. Nadie los invoca, nadie los reclama, nadie los canta. La guerra se ha vaciado de símbolo hasta quedar convertida en ruido, cálculo, polvo. Y tal vez allí resida lo insoportable: matar sin mito, morir sin trascendencia, destruir sin promesa.

Y aun así vuelve. Siempre vuelve. Cambia de bandera, de uniforme, de idioma, pero conserva su núcleo de ceniza. Se maquilla como causa justa, como defensa de ideales que ya nadie sabe pronunciar. Porque la guerra, en su fondo más mineral, no significa. No guarda justicia ni verdad ni gloria. Solo humo. Solo cifras. Solo vacío. Vacío que crece, que reclama himnos, discursos, altares, como si necesitara un sacerdocio humano para seguir respirando.

El elogio inútil de la guerra consiste en nombrarla sabiendo que toda palabra la traiciona, en describirla sabiendo que toda descripción es cómplice, en intentar comprenderla sabiendo que la comprensión es otro cadáver en la cuneta. La guerra no merece lenguaje, pero exige que lo fabriquemos. Se alimenta de esa inutilidad. Y cuando el humo se dispersa, cuando las cámaras se rinden, cuando las estadísticas se archivan en su tumba digital, lo único que queda es un silencio más vasto que cualquier cielo, una nada más pesada que el plomo, un eco obstinado que repite, sin cesar, sin piedad: la guerra no significa. La guerra no termina. La guerra no.