Podrías encontrar mejores cosas que hacer


El aire se astilla en los relojes, giran como ratas encerradas en cajas de vidrio, devoran segundos con la ferocidad inútil de lo que nunca llegará a destino, y tú, ahí, obedeciendo al mandato de mover las manos, respirar, fingir que cada gesto suma algo a la cuenta secreta de tu existencia. Podrías encontrar mejores cosas que hacer, repiten los muros, pero esa voz no precisa en qué consisten esas cosas, ni siquiera si existen, y en ese hueco caben todos los gestos desfondados: mirar fijamente la forma absurda de un zapato abandonado en la esquina, encender un cigarrillo con el fósforo apagado, respirar como si cada inhalación fuese la prueba de un crimen que jamás cometiste. Lo mejor que hacer nunca está en la agenda, y tal vez por eso la gente se desespera, corre, huye de un monstruo que nunca aparece y que sin embargo siempre los alcanza: la oquedad.

La noche se abre como una boca húmeda que mastica tus huesos con saliva de neón y perros callejeros. Dentro de esa boca todo adquiere otra textura: las lámparas desfondadas proyectan mapas sin leyenda sobre los techos, las grietas dibujan constelaciones que nunca existieron, y cada paso se convierte en eco de un laberinto que no te suelta. La trampa está en creer que hay salida. No la hay. No la habrá. Podrías encontrar mejores cosas que hacer, musitan las grietas, y entiendes de pronto que la única ruta posible no es la del hallazgo, sino la del extravío: perderse más hondo, hasta que el perderse mismo se vuelva brújula.

El humo de los bares de madrugada, la risa rota de una mujer que no recordarás en la mañana, el asfalto que exhala la resaca de cuerpos sin nombre, la lucidez brutal del amanecer sin testigos: todo eso que no sirve para nada, es lo único que vale. Lo demás es teatro barato, desfile de máscaras de yeso que intercambian sonrisas como monedas oxidadas. Prefiero al vagabundo que arroja piedras contra el esqueleto de un tren apagado, porque en ese gesto ciego hay más verdad que en todos los discursos pulidos de la ciudad.

El pensamiento es otra trampa disfrazada de libertad. Lo inventaron para contener la caída, para decorar el sinsentido con flores de papel. Pensar también corroe: un ácido que mastica la carne hasta dejar el hueso desnudo de preguntas. Y cuando llegas al hueso no hay respuestas, solo un eco interminable que repite, como plegaria invertida: podrías encontrar mejores cosas que hacer, podrías encontrar mejores cosas que hacer, podrías encontrar mejores cosas que hacer. La frase se convierte en música, en riff de jazz que se desarma y resucita, una improvisación que nunca se repite igual, un saxofón roto que se oxida en tus costillas.

El cuerpo aprende que la única acción posible es la no-acción. No se trata de rendirse: es aceptar que el universo respira mejor sin ti. La piedra, el agua, la raíz, el polvo: todos son lo que son sin necesidad de justificarse. Solo el hombre se arrastra tras la ilusión del propósito, como si un dios oculto llevara la contabilidad secreta de cada movimiento. Pero en ciertas madrugadas —esas en que el silencio es tan denso que parece líquido— la conciencia se abre hacia adentro como un párpado que revela un fondo sin fondo. Allí entiendes que nada importa. Y que ese nada es lo único verdadero.

Lo llamarán derrota, deserción, pereza. Pero la verdadera derrota consiste en obedecer al mandato del hacer, en avanzar hacia un futuro que nunca llega. La lucidez, en cambio, es aceptar la ruina como belleza, la caída como altar, la roca que rueda sola montaña abajo sin que nadie la empuje. En esa acción sin dueño el hombre se reconoce libre. Libre porque ya no importa. Libre porque el fracaso se vuelve música y la música nunca obedece.

Podrías encontrar mejores cosas que hacer, insiste la voz sin dueño, pero tú ya no obedeces. La frase se disuelve en el aire como un mantra que se burla de sí mismo. El resto es ruido: ciudades que simulan futuro, templos de hormigón que rezan a máquinas, lenguajes que se devoran en espirales de repetición, cuerpos que se buscan para olvidar que son solo tránsito. Tú permaneces en la intemperie, respirando la herida abierta del tiempo, como si el vacío fuese el único instrumento afinado de la orquesta.

Y cuando todo parece detenerse, entiendes que la mejor cosa que podrías hacer es esta: abrir la puerta, como si alguien —o nadie— fuera a entrar.