No era el fin del mundo, era lunes


No era el fin del mundo, era lunes, y esa frase no llegó como una metáfora sino como un informe breve, casi amable, redactado por alguien que ya no espera respuestas. El mundo seguía ahí, entero en su funcionamiento, dañado solo por dentro, como esas máquinas que aprenden a fallar sin hacer ruido. Ninguna señal, ningún gesto excesivo, nada que pudiera llamarse final. El lunes apareció puntual, sin dramatismo, con esa eficacia sospechosa de lo que no necesita justificarse. El apocalipsis, pensé, había aprendido a vestirse de normalidad, a pedir permiso, a no molestar. ¿En qué momento el desastre decidió volverse confiable?

Las calles respiraban por inercia. No una respiración viva, sino esa que continúa cuando ya no hay entusiasmo, cuando el cuerpo ejecuta órdenes antiguas sin preguntar quién las dio. Pantallas encendidas, pasos sincronizados, rostros entrenados para parecer disponibles. Todo se movía con una coreografía precisa, ensayada hasta borrar cualquier resto de intención. No había tragedia, no había épica, y esa ausencia pesaba más que cualquier ruina visible. La tragedia al menos interrumpe, rasga, deja marcas. El lunes no deja marcas, deja hábitos. Se instala en los músculos, en la postura, en la manera exacta de sostener una taza mientras se piensa en nada.

Yo también funcionaba. Y esa fue la revelación más obscena. Funcionaba con una eficiencia media, suficiente para no levantar sospechas. Caminaba, hablaba, asentía. Pensaba lo justo para no detener el flujo. El yo, ese animal orgulloso, se había reducido a un módulo operativo, una pieza con nombre propio pero con funciones genéricas. No había resistencia, solo una especie de acuerdo silencioso. Resistir cansa. El lunes lo sabe. No te quita la vida, te la administra. Te la devuelve fraccionada, optimizada, sin picos ni abismos. ¿Cuándo fue que aceptar se volvió la forma más común de supervivencia?

El lunes hablaba a través de todo. No ordenaba, sugería con una voz suave, convincente, casi terapéutica. Decía avance, decía oportunidad, decía enfoque. Palabras limpias, pulidas, tan usadas que ya no rozaban nada por dentro. La positividad flotaba como un gas inodoro, imposible de señalar, pero capaz de ocupar cada espacio. Sonreír era un reflejo, no una emoción. La esperanza, una tarea pendiente en la lista diaria. El mundo no oprimía, optimizaba. Y esa diferencia lo hacía casi invencible.

Hubo un momento, breve y torpe, en el que algo se desalineó. No una revelación, no exageremos. Más bien una sensación difusa, una leve interferencia en la continuidad, como si la escena siguiera igual pero alguien hubiera cambiado imperceptiblemente el encuadre. Todo continuaba, pero ya no encajaba del todo. El lunes se mostró entonces como una superficie demasiado lisa, sin grietas visibles, y esa perfección produjo una incomodidad difícil de ubicar. La lucidez apareció como aparece una falla menor, sin promesa de repetición. Duró poco. El sistema tolera estos desajustes siempre que no insistan. ¿Qué pasaría si alguien insistiera?

El tiempo empezó a comportarse de manera extraña. No corría ni se detenía, simplemente se acumulaba. Las horas no pesaban por lo que contenían, sino por su repetición exacta, como si cada una fuera el calco imperfecto de la anterior. No había prisa, pero tampoco espera. Todo ocurría en un presente estirado, sin bordes claros, donde el mañana era apenas una actualización menor y el pasado un archivo que nadie abría. El lunes no avanzaba, se reproducía. Cada gesto parecía llegar con retraso y aun así demasiado pronto. Vivir dejó de sentirse como un tránsito y empezó a parecerse a una permanencia obligatoria, una estancia sin salida ni intención, donde el tiempo ya no conducía a nada, solo confirmaba que seguía ahí, cumpliendo su función básica: pasar sin pasar realmente.

Pensé en la espiritualidad domesticada, en la calma agendada, en la trascendencia reducida a ejercicio opcional. El misterio debía ser discreto. El vacío, productivo. El alma, si aún existía, funcionaba como una habitación bien iluminada, sin rincones oscuros donde algo pudiera crecer torcido. El lunes también había entrado ahí, con los zapatos limpios, sin pedir permiso. Todo debía fluir, repetían, y el flujo se parecía cada vez más a una cinta transportadora que no se detiene aunque ya no haya nada encima.

El cansancio dejó de ser una sensación y se volvió una estructura. No dolía, sostenía. Un cansancio que no pide descanso porque ya no cree en él. Un cansancio educado, puntual, perfectamente integrado. Yo era ese cansancio caminando, escribiendo, pensando a medias. Y aun así, algo miraba. Algo tomaba nota. No para salvarse, no para denunciar, sino para registrar cómo el mundo no se acaba, cómo insiste en seguir igual, cómo perfecciona su capacidad de continuar sin sentido y sin escándalo.

Al final, si es que había un final, el lunes seguía intacto. No triunfante, no derrotado. Simplemente ahí, cumpliendo. Me quedé quieto un segundo, lo suficiente para sentir el peso exacto de esa palabra. Continuar. No era el fin del mundo. Era lunes. Y el mundo, fiel a su versión más reciente, seguía funcionando roto, sin ruido, sin épica, como si esa fuera, desde siempre, su forma más eficaz de existir.