No era el fin del mundo, era lunes
El lunes llegó antes que la luz o la luz llegó tarde, que es otra forma de decir lo mismo sin admitirlo. Abrí los ojos y la habitación ya estaba gastada, usada por alguien que no dejó rastro salvo una marca en el vaso, una curva mínima que no recordaba haber trazado. No pregunté. Hay objetos que responden peor cuando se les interroga.
No era el fin del mundo. El fin sería más limpio. Esto tenía restos: un olor agrio, la textura de algo que se repite hasta volverse blando. En la calle, un hombre barría una hoja con una precisión que no lograba retirarla. La movía apenas, la devolvía. Había una especie de fidelidad en ese fracaso. Me quedé mirándolo más de lo necesario, como si en ese gesto hubiera una instrucción.
No miré el calendario. Sentí que hacerlo fijaría algo que todavía dudaba. En el espejo, mi reflejo llegó tarde. Probé con un gesto simple, casi mecánico. La respuesta fue demasiado exacta. Cerré los ojos. Hay cosas que aprenden rápido cuando uno insiste.
En la mesa había un paquete de cigarrillos que no recordaba haber comprado. Estaba tibio. Lo abrí. Dentro, todos parecían iguales salvo uno, ligeramente torcido, como si hubiera sido corregido a mano. Lo dejé ahí. El café olía a otra cosa. Lo bebí sin decidir si me pertenecía ese gusto. La radio habló de un accidente que ya había pasado o que estaba por pasar, la frase se deslizó sin elegir tiempo. Cambié de estación. La misma voz, distinta música. En algún punto mencionó un detalle mínimo, irrelevante, una esquina, un color de coche. Lo reconocí. No supe de dónde.
Apagué.
Salí con el paquete en el bolsillo. El aire tenía una densidad tibia, casi masticable. La gente caminaba como si obedeciera una cuenta que no se oye pero se cumple. Intenté detenerme. Algo en el cuerpo corrigió el error antes de que fuera completo. Seguí. A veces no es miedo, es ajuste.
Doblé la esquina y la tienda no estaba o nunca estuvo o se había movido lo justo. En su lugar, una puerta sin intención abría a un pasillo que no parecía hecho para ser recorrido sino recordado. Entré. El olor del café, más viejo, mezclado con un humo que no veía. Las paredes no eran rectas, pero tampoco curvas: corregían su forma a medida que avanzaba, como si esperaran una versión mía que aún no decidía cuál.
Al fondo, una mesa. Sobre ella, cigarrillos sueltos, alineados con una precisión que no parecía humana. Todos iguales. Todos posibles. Los miré sin tocarlos. Había una insistencia leve, una repetición mal resuelta, como si cada uno ya hubiera sido fumado antes.
—Tarde —dijo algo que no estaba.
No miré. La frase se sostuvo sola.
—No —respondí, aunque no sabía a qué.
La mesa vibró apenas, un gesto que no pertenecía a la materia. Entendí —o creí— que no había nada que entender sin perderlo. Me senté. El pasillo dejó de corregirse. Todo adoptó una forma incómodamente precisa.
—Enciende —dijo o no dijo.
Tomé uno. Era más pesado de lo que debía. Al sostenerlo, los otros cambiaron, no de lugar, de intención. Lo encendí sin recordar haber tenido fuego. La primera calada no tuvo sabor. La segunda sí: algo viejo, casi dulce, como una memoria rehecha demasiadas veces. El humo no subía. Se quedaba a la altura de la cara, dudando.
Miré la ceniza. No crecía. Permanecía en una longitud exacta, como si alguien la midiera. Intenté dejar caer un poco. No cayó.
Quise apagarlo. No se apaga lo que ya empezó a coincidir.
—No es el fin —dije, para ver si algo respondía.
Hubo una pausa que no era silencio.
—No —dijo la ausencia—. Es lo que se consume.
No pregunté qué.
Salí con el cigarrillo entre los dedos. No se acortaba. La calle seguía igual, que es otra forma de decir distinta. El hombre barría la hoja, pero ahora el trazo de su escoba dibujaba algo que casi cerraba. Me acerqué. Sin mirarme, dijo:
—Si la quitas, vuelve.
No lo ayudé. Di otra calada. El humo olía ahora a esa esquina que la radio había dicho sin decir. Caminé hacia allí sin decidirlo. A cada paso, el cigarrillo pesaba más o yo menos.
En algún punto —no hubo señal— supe que el accidente había ocurrido allí. Pasé. Nada. O algo demasiado exacto para ser visto. El humo se detuvo frente a mí, como si marcara un borde. Crucé igual.
Miré mis dedos. La ceniza seguía intacta. Soplé. No se movió. La llevé a la boca otra vez. Esta vez el sabor era metálico, preciso, casi correcto. Pensé en el paquete. En el cigarrillo torcido que había dejado. En si seguía allí o si siempre había sido este.
No era el fin del mundo. Era lunes. O algo que usa ese nombre para repetirse sin que se note. El cigarrillo no avanzaba, pero tampoco se terminaba. Lo sostuve con más fuerza de la necesaria, como si pudiera forzar un final.
No pasó.
Seguí caminando. El ritmo seguía ahí, discreto, suficiente. En un reflejo —no supe cuál— me vi pasar un instante antes de llegar, con el mismo cigarrillo, en la misma longitud, en la misma duda. No corregí el paso. A veces el retraso es lo único que se mantiene.
El humo aprendió mi respiración o la corrigió. No lo apagué. No miré el calendario. No volví al pasillo. O volví sin entrar.
El lunes continuó. O yo. Y en esa duración exacta, algo se consumía sin disminuir. Como si el final existiera, pero no le correspondiera a este momento.