Ensayo sobre la fatiga de ser alguien


Me cansa ser alguien. No como metáfora bonita ni como lamento sofisticado. Me cansa de forma concreta, diaria, mecánica. Me cansa como cansa un trabajo que no pedí y del que no puedo renunciar. Me cansa levantarme y encontrar que el yo ya está despierto, vestido, organizado, listo para funcionar, reclamando coherencia como si la coherencia fuera una obligación moral. Ser alguien dejó de ser una experiencia y se volvió una rutina con horarios invisibles. Nadie explica cuándo firmamos ese contrato. Solo sabemos que romperlo tiene consecuencias.

Atravieso la ciudad y siento que cargo una identidad como quien carga una mochila llena de papeles inútiles. No pesa por el contenido, pesa por la responsabilidad. Un yo entrenado para no fallar, para no desentonar, para no interrumpir el flujo general de las cosas. El yo sabe cómo comportarse en una fila, cómo opinar sin incomodar, cómo indignarse sin perder capital simbólico. Es eficiente. Funciona. Y eso lo vuelve sospechoso. Debajo de esa maquinaria, algo más torpe, más lento, más vivo, sostiene el sistema con un cansancio que no figura en ningún registro.

Ser alguien exige vigilancia constante. No basta con existir, hay que sostener una versión. Defender una narrativa personal, corregirla cuando hace ruido, pulirla cuando amenaza con volverse extraña. La identidad es una línea recta dibujada a fuerza de repetición. Desviarse genera alarma. Contradecirse genera culpa. Fallar genera vergüenza. El yo no es una casa, es una oficina con cámaras de seguridad. Y uno mismo hace de guardia.

El tiempo no ayuda. El tiempo se volvió un capataz. No pasa, presiona. No fluye, exige resultados. Vivir se convierte en una administración obsesiva de la duración: justificar el pasado, rentabilizar el presente, prometer un futuro que mantenga todo en orden. El yo debe avanzar, mejorar, optimizarse. Detenerse parece un crimen. Llegar tarde a la propia vida se vuelve una sensación constante, como si siempre hubiera algo que ya debería haber ocurrido. El reloj no mide horas, mide deuda.

Hay días en que no estoy cansado de hacer cosas, sino de tener que llegar a ser algo. Cansado de la proyección permanente. Cansado de que incluso el descanso venga con instrucciones. Descansar para rendir mejor. Dormir para seguir funcionando. Distraerse con moderación. El tiempo ya no ofrece refugio, ofrece presión. ¿En qué momento vivir se volvió una carrera contra uno mismo?

La atención, mientras tanto, está sitiada. No se dispersa por debilidad, se fragmenta por asedio. Todo reclama presencia inmediata. Todo interrumpe. Todo exige respuesta. Pensar se vuelve un lujo impráctico. Una idea no alcanza a desarrollarse antes de ser atropellada por otra. La mente no profundiza, reacciona. Salta de estímulo en estímulo como un animal entrenado para sobrevivir en medio del ruido. Ser alguien hoy implica estar disponible. Siempre. En todo momento. Incluso cuando nadie llama.

Intento concentrarme y no puedo. No por falta de voluntad, sino por exceso de demanda. La conciencia se convierte en una habitación llena de puertas que no dejan de abrirse. Pensamientos a medio formar. Emociones interrumpidas. Preguntas que mueren antes de nacer. El yo se vuelve liviano, superficial, administrable. No colapsa, se diluye. ¿Cómo sostener una identidad profunda en un entorno que castiga la profundidad?

Entonces aparece el deseo indecente. No el deseo de desaparecer, no el drama romántico. El deseo de no sostener nada. De no ser pasado ni promesa. De no cumplir ninguna función identitaria. De no firmar la existencia por un rato. No-ser alguien como acto mínimo de sabotaje. Ese deseo no grita. No se organiza. No se vuelve consigna. Por eso es peligroso.

Aparece en escenas miserables, no en revelaciones. En una luz sucia cayendo sobre una pared. En un café frío olvidado sobre una mesa. En caminar sin rumbo sin sentir culpa. La atención se posa. El tiempo deja de empujar. El yo se vuelve innecesario. No desaparece, simplemente deja de mandar. El mundo sigue ocurriendo igual, sin pedir explicación. Esa es la parte más ofensiva. Nada se derrumba cuando el yo afloja.

Pero la tregua dura poco. Hay que volver. Aparecer. Responder. El yo se recompone con la eficiencia de una prótesis bien diseñada. Sonríe. Opina. Se actualiza. Aprende a verse desde afuera incluso cuando está solo. Se corrige mentalmente. Se administra como un producto frágil. Vivir se vuelve una edición constante de sí mismo. El error no está permitido. El silencio incomoda. La incoherencia asusta.

La fatiga se vuelve estructural. No hay descanso real porque no hay interrupción real. Incluso el sueño arrastra restos de identidad. Soñamos con pendientes, con versiones fallidas, con biografías que no cuadran. El yo no duerme. Solo cambia de escenario. Y uno empieza a sospechar que no está cansado de vivir, sino de obedecer.

No se trata de destruir la identidad. Eso sería otra tarea más. Otra épica. Otro cansancio. Se trata de dejarla mal hecha. Incompleta. Con fallas visibles. Aceptar la contradicción. El desfase. La deriva. El yo terminado es una pieza de museo. El yo inacabado todavía respira. Hay alivio en no cerrarse. En no explicarse del todo. En no llegar.

No es una solución. No es un camino. Es una negativa discreta. Permitir que el tiempo no siempre avance. Que la atención no siempre responda. Que el yo no siempre esté disponible. Aflojar la forma. Dejar grietas. Dejar que algo se escape.

Sigo cansado. El mundo no cambió. El ruido sigue. El reloj insiste. Pero ahora el cansancio tiene dirección. Ya no pide consuelo. Pide insubordinación. A veces logro sentarme en medio del caos, no hacer nada útil, no sostener ninguna versión, y observar cómo la vida continúa sin pedirme coherencia. No dura. No importa. Ese instante basta para recordar que ser alguien no es una ley natural. Es una costumbre. Y como toda costumbre, puede fallar.