Disidencias de un amor imposible


El amor no empezó cuando nos miramos, empezó antes, cuando ya estábamos cansados del mundo y aún no lo sabíamos, cuando cada uno llevaba una grieta portátil en el pecho y confundía esa fisura con carácter. Tú llegaste como llegan las preguntas mal planteadas, sin pedir permiso, ocupando espacio en la cabeza antes que en el cuerpo, y yo ya estaba predispuesto al error, a esa forma de sabotearse que algunos llaman lucidez. No fue un encuentro, fue una interferencia. Algo se desplazó apenas, lo suficiente para que nada volviera a encajar del todo. ¿Te diste cuenta o solo seguiste caminando como si el suelo no hubiera cambiado de densidad?

No nos amamos con inocencia. Nos amamos con exceso de información, con una conciencia que no sabía cerrar los ojos, con esa manía patológica de pensar incluso cuando el cuerpo pedía tregua. El deseo aparecía, sí, pero venía acompañado de notas al pie, de advertencias, de un murmullo interno que decía cuidado, cuidado, cuidado, como si amar fuera cruzar una frontera sin documentos. Yo hablaba y sentía que cada frase llegaba tarde, que el lenguaje era una traducción defectuosa de algo que ya estaba ocurriendo sin permiso. ¿Cómo se toca a alguien cuando la mente sigue corriendo detrás de sí misma?

A veces pienso que el amor fue solo el pretexto, una palabra útil para nombrar una anomalía más profunda. No era tú ni era yo, era ese campo extraño que se formaba cuando coincidíamos, una vibración incómoda, hermosa, insoportable, que nos dejaba ligeramente desalineados con el resto del mundo. Todo parecía igual y sin embargo no lo era. Caminábamos, fumábamos, reíamos, y por debajo corría una corriente subterránea que no llevaba a ningún lugar, solo insistía. El amor no prometía futuro, prometía intensidad, y eso era suficiente y peligroso.

El cuerpo apareció tarde y mal, como llegan las verdades que uno no sabe dónde poner. Te recuerdo más como imagen que como carne, más como ausencia activa que como presencia sólida. El cuerpo no fue refugio, fue tránsito, fue signo, fue error de cálculo. Nos tocábamos y algo quedaba siempre afuera, una distancia mínima pero decisiva, como si el contacto confirmara que no había fusión posible, que cada piel era una frontera y no un puente. ¿Eso era fracaso o la forma más honesta de estar cerca?

Pensar en ti nunca produjo conclusiones. Produjo estados. Una especie de sobriedad febril donde todo parecía claro y al mismo tiempo inútil. El amor no avanzaba, giraba sobre sí mismo, se repetía, se agotaba, volvía con otra máscara. Yo quería comprender y cada intento de comprensión era una manera más sofisticada de perderte. Tal vez amar no era entender sino soportar la falta de sentido sin pedir explicaciones. Tal vez no.

Nunca quise salvar esto. No quise hacerlo sano, ni duradero, ni digno de recuerdo limpio. Quise habitarlo como se habita una ruina que aún humea, con cuidado y desconfianza, sabiendo que cualquier movimiento en falso podía hacer caer lo poco que quedaba en pie. El amor no necesitó promesas. Se sostuvo en la negativa, en la imposibilidad, en esa obstinación rara de permanecer donde no hay lugar. ¿No fue eso lo que hicimos sin saberlo?

Con el tiempo el amor no desapareció, se volvió ruido de fondo. Una interferencia persistente en la señal cotidiana. Yo seguí viviendo, trabajando, hablando con otros nombres, otros cuerpos, y de pronto estabas ahí, no como recuerdo sentimental sino como alteración climática interna, una presión leve, un cansancio específico, una pregunta sin forma. No dolía. No consolaba. Estaba. Como una música que uno no elige pero tampoco apaga.

Ahora escribo y el yo se desarma. A ratos hablo yo, a ratos habla el lenguaje solo, como si hubiera aprendido algo durante el incendio y ahora se negara a devolvérmelo intacto. No sé si escribo para entender, para expulsar, o para mantener viva la anomalía un poco más. Tal vez escribir sea solo otra forma de no cerrar, de dejar el circuito abierto para que siga entrando corriente.

Si algún día te vuelvo a ver, no habrá revelaciones. Tal vez una frase torpe. Tal vez una risa breve, oscura, sin nostalgia. Porque no todo lo que arde quiere apagarse. Algunas cosas prefieren quedarse así, incompletas, disonantes, fieles a su imposibilidad, como una canción que nunca resuelve el acorde final y aun así sigue sonando en la cabeza mucho después de que el amplificador se ha apagado.