Orgasmo sin poesía ni excusas


La habitación no hace nada por nosotros. No baja la luz, no acomoda el aire, no pone música. Es un rectángulo cansado que tolera cuerpos como tolera polvo. Tú estás ahí, y el mundo sigue con su agenda mediocre. Me acerco sin ceremonia, con esa torpeza inicial que no es timidez sino honestidad: el cuerpo quiere antes de que la cabeza termine de objetar. La piel ya lo sabe. Siempre lo sabe primero. ¿Por qué fingimos sorpresa?

Ella se inclina apenas, lo suficiente para que el espacio entre ambos se vuelva problema. El calor cambia de sitio. La cercanía empieza a oler distinto. No hay palabras, y cuando intento fabricar una, la boca se llena de saliva y la idea se desarma. La lengua sirve mejor para respirar que para explicar. Hay contacto de piel con piel, una fricción que no busca belleza, una presión que se ajusta y se desajusta como si los cuerpos aprendieran sobre la marcha. Las piernas encuentran posiciones incómodas y se quedan ahí, insistentes, tercas. El deseo no es elegante. Funciona.

La percepción se vuelve táctil. El mundo se achica a zonas: cuello, espalda, muslos, el pliegue donde el calor se acumula y no pide nombre. La boca roza, no promete. Hay sonidos que no son palabras y no quieren serlo. La respiración se mezcla, se estorba, se acelera sin consenso. El pensamiento intenta entrar con botas limpias y resbala. Mejor así. El lenguaje observa desde la esquina, molesto, esperando turno.

Ella reacciona con un gesto inesperado, un movimiento brusco que desarma cualquier coreografía previa. El cuerpo manda señales contradictorias: tensión y abandono, avance y pausa. Las manos buscan apoyo, no significado. La piel responde con una electricidad breve, insistente, como si algo estuviera a punto de cortarse. Yo voy detrás, siempre un poco tarde, siempre tratando de no estorbar. ¿Desde cuándo el placer acepta testigos puntuales?

El evento no se anuncia. No hay clímax narrativo ni imagen para conservar. Hay un cruce de intensidades, un punto donde el cuerpo deja de sostener la postura y se rinde sin épica. Ella atraviesa ese umbral mínimo donde el yo se adelgaza y queda lo necesario para respirar. No describo el centro porque no existe. Siento los bordes: el temblor breve, el peso que cambia, el silencio que cae como un objeto olvidado. Eso basta.

Después queda el cuerpo usado, no roto, solo más leve. El sudor enfría mal. La respiración tarda en encontrar un ritmo decente. Hay una postura incómoda que nadie corrige de inmediato porque mover el cuerpo implica volver a pensarlo. El techo sigue siendo el mismo, indiferente, experto en no participar. El mundo no ha sido informado. El orgasmo no trajo respuestas, trajo cansancio y una lucidez áspera que no consuela.

Entre nosotros aparece una distancia mínima, sin drama. Cercanía sin discurso. Aire compartido. La boca ya no busca, las piernas descansan donde pueden, la piel guarda un calor residual que se irá solo. Pienso en decir algo y me parece excesivo. El lenguaje llega tarde otra vez. ¿Para qué interrumpir lo que ya se enfría solo?

La habitación recupera su neutralidad con eficacia cruel. Los objetos no aprenden, la luz no recuerda, el tiempo sigue como si nada. Ella ya no es centro de nada, yo tampoco. El texto empieza a fallar, deja sensaciones colgando, preguntas sin respuesta, restos de calor que no prometen continuidad. El placer pasó sin poesía ni excusas, dejando el cuerpo un poco más usado y el mundo exactamente igual. Incómodo. Suficiente.