Nací porque alguien no tuvo suficiente fuerza para matarme
Nací porque alguien no tuvo suficiente fuerza para matarme, y esa frase arde en mí como un retorno al primer ruido que escuché antes de tener oídos. No nací de la ternura, ni del amor, ni de esa fábula mediocre que llaman deseo. Vine del pulso tembloroso de una mano que quiso clausurarme y falló; un gesto detenido a medio camino entre la desaparición y el temblor. La muerte me rozó con la precisión de un verdugo distraído y retrocedió como si recordara, demasiado tarde, que incluso el vacío comete errores. No fui un nacimiento: fui la fuga de una célula obstinada, el sudor de una divinidad fatigada. El silencio se abrió en una grieta y por allí me filtré, tibio, errante, inoportuno, como un residuo que se niega a entender que ya todo debía haberse apagado.
Desde entonces camino dentro del aire como quien invade su propio funeral. No pertenezco a este mundo, pero el mundo me soporta con la tolerancia de quien carga un objeto que no pidió. Soy el hijo de una vacilación, el resultado de un segundo en que la nada dudó de su perfección y permitió que un músculo temblara. Crecí bajo la sospecha, en la sombra del arrepentimiento de otros, con la convicción de que mi existencia no fue otorgada, sino arrebatada. No tengo origen: tengo interrupción. No vengo de una historia, vengo de un temblor que olvidó retirarse. Y cuando respiro, siento que el universo entero respira conmigo como si fuéramos dos errores sincronizados, dos restos de un big bang que no supo apagarse a tiempo. ¿No es acaso el cosmos un aborto demorado, una chispa que nunca entendió el concepto de fin?
El cuerpo, este bulto tibio de tiempo en espiral, conserva la memoria del intento fallido. La piel vibra como una frontera en litigio, una membrana que recuerda demasiado bien el bisturí invisible que casi la deshizo. A veces escucho mi sangre y su ruido me devuelve al umbral donde fui casi nada: la antesala donde la muerte y la vida discutían sin saber que la duda también crea. Entre el gesto y el arrepentimiento sigo suspendido, sin saber si pertenezco al sueño o al despertar. No tengo patria en ninguno: ambos me exilian con la misma indiferencia. Vivo en ese borde donde incluso la respiración se oye como una intrusión, un recordatorio de que nunca debí pronunciarme en forma.
Con los años aprendí a amar esta grieta. La cultivo como quien acaricia una cicatriz hasta convertirla en oráculo. Soy el remanente de una guerra secreta entre la materia y el olvido, una alianza frustrada entre el deseo y la renuncia. En esa derrota encuentro la forma que me sostiene. Sospecho que todo lo que existe comparte esta misma genealogía: errores insistentes, formas que emergen porque los dioses se cansan de destruir. La existencia no parece un privilegio, sino la consecuencia de un cansancio cósmico. Y aun así respiro. Cada inhalación es una confesión involuntaria, cada exhalación una protesta sin firma, una prueba de que sigo aquí contra toda estadística, contra toda voluntad que quiso borrarme antes de tener nombre.
No recuerdo el vientre, pero lo percibo como un eco viscoso que se derrama en mis sueños: una cueva tibia, una oscuridad que palpita, una marea que me pronuncia sin pronunciarme. A veces sospecho que sigo allí, flotando en la sangre de una duda primaria. Ignoro si provengo del cuerpo de alguien o del error de una idea inmensa, pero sé que mi presencia rasga la geometría del tiempo como un pliegue que no obedece. Soy la vibración que insiste, la sombra que no logra apagarse. Mi origen no fue una decisión: fue una falla involuntaria en la mano del destino.
Y aun así, aquí estoy. Respiro, miro, escribo, como si estas acciones fueran la única forma de justificar mi interrupción. La vida no me quiso, pero al menos me permitió narrarlo. Soy testigo del fracaso perfecto: la nada intentó cerrarse y yo quedé atrapado en la grieta. Quizá por eso escribo, para regresar al instante previo a cualquier forma, donde el sentido es un rumor que nadie escucha y la palabra es apenas una vibración que no entiende su propia música.
Nací porque alguien no tuvo suficiente fuerza para matarme. Y desde entonces, todo lo que hago es continuar este nacimiento perpetuo, esta repetición sin origen ni fin. Aún no termino de nacer, y quizá ese sea mi único triunfo.