El cambio como acto de insubordinación
No fue una decisión limpia. Nadie decide cambiar con elegancia. Si alguien dice que sí, miente o está vendiendo algo. Lo mío empezó como un fallo menor, un retraso en responder, una frase que no salió cuando debía salir, una incomodidad física frente a palabras que antes repetía sin sentirlas. Algo se desajustó. No una idea. Un ritmo. El cuerpo empezó a ir más lento que las expectativas, como un instrumento que ya no entra a tiempo en la orquesta. Y ahí entendí, sin entender del todo, que no quería cambiar para ser otro, quería dejar de ser funcional. Dejar de obedecer sin haber firmado ningún contrato. ¿En qué momento acepté esta sintaxis de mí mismo?
Pensé que cambiar era moverse, avanzar, mejorar el rendimiento. Eso me dijeron. Eso repetí. Pero lo que ocurrió fue lo contrario: una detención torpe. Un quedarse mirando demasiado tiempo una pared. Un silencio mal administrado en medio de una conversación correcta. Empecé a fallar en lo básico. A llegar tarde. A no tener opinión formada. A responder con frases que no cerraban. No por estrategia, por cansancio. Un cansancio raro, no muscular ni emocional. Cansancio de sostener coherencias ajenas como si fueran propias. ¿Cuánta energía se va en parecer alguien?
El lenguaje fue el primero en delatarme. Las palabras comenzaron a sonar huecas, como monedas falsas golpeando una mesa. Cada término correcto traía una orden invisible. Cada frase bien armada parecía exigir continuidad. Entonces empecé a hablar mal. A escribir torcido. A dejar frases colgadas como ropa húmeda en una habitación sin ventanas. No era rebeldía consciente, era torpeza liberadora. El sentido se me escapaba de las manos y, por primera vez, no corrí a atraparlo. Dejé que se rompiera. Que se filtrara. Que se volviera sospechoso. ¿Por qué esta obsesión por decir algo claro cuando nada lo es?
A ratos me sentí lúcido. A ratos ridículo. Esa parte no la cuentan. La insubordinación tiene momentos patéticos. Hay días en que uno confunde el no obedecer con no saber qué hacer. Días en que el silencio no es profundidad sino vacío seco. Me vi a mí mismo creyéndome especial por no encajar, y eso me dio vergüenza. Me reí solo. Humor negro como mecanismo de supervivencia. Nada más peligroso que tomarse en serio la propia ruptura. Así que empecé a desconfiar también de mi desconfianza. El yo se volvió un objeto inestable, un borrador permanente. ¿Y si esto no es despertar sino otro modo de huir?
El mundo empezó a cambiar sin cambiar. Las cosas seguían ahí, pero algo en la forma de mirarlas se había desplazado. El tiempo dejó de comportarse. Las horas se estiraban o colapsaban según el estado interno. El cuerpo reaccionaba antes que el pensamiento. Náusea frente a pantallas brillantes. Cansancio después de conversaciones productivas. Una especie de alergia al entusiasmo obligatorio. La realidad empezó a parecer una escenografía bien iluminada, sostenida por acuerdos tácitos que nadie revisa. Bastaba correrse un poco del ángulo para ver los cables, las grietas, el cartón. No era revelación. Era sospecha constante. Una sospecha incómoda, sin promesa.
Los otros lo notaron. Siempre lo notan. Preguntas suaves, casi médicas. ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? Como si no encajar fuera un síntoma. Como si desobedecer sin causa visible fuera una enfermedad leve. Yo respondía mal. O no respondía. O cambiaba de tema. Me volví ilegible. Y eso tuvo un precio. Se aflojan vínculos, se tensan silencios, se pierden mapas compartidos. Nadie te aplaude por no funcionar. No hay épica. Hay aislamiento blando. Pero también hay una extraña ligereza. Como si al no cumplir el papel asignado, algo respirara mejor, aunque no supiera hacia dónde ir.
Intenté volver atrás. No lo digo como metáfora. Intenté encajar otra vez, hablar como antes, ordenar el discurso, cerrar frases. No funcionó. El cuerpo no acompañó. El lenguaje se resistió. Las palabras obedientes ya no entraban sin fricción. Algo se había roto y no había manual de reparación. Ahí entendí que el cambio no es una puerta que se cruza, es un puente que se incendia mientras estás encima. No hay retorno limpio. No hay nueva identidad esperando. Solo un campo abierto, incómodo, sin instrucciones claras.
La mística apareció sin ceremonia. No como fe ni como iluminación, sino como retiro. Callar donde antes opinaba. No producir sentido cuando se esperaba sentido. Dejar preguntas sin respuesta no por profundidad, sino por honestidad. Descubrí que no saber también puede ser un gesto político en un mundo que exige rendimiento incluso del pensamiento. El silencio dejó de ser vacío y se volvió una forma de resistencia. No decir. No explicar. No justificar. ¿Qué pasa cuando uno deja de colaborar incluso con su propio relato?
Cambiar no me volvió mejor.
Me volvió menos claro.
Menos útil.
Menos narrable.
Y quizá ahí esté el verdadero acto de insubordinación:
no llegar a ninguna conclusión, no cerrar la historia, no volver legible lo que se desordenó, quedarse mirando el incendio sin aprender la lección, con esa sonrisa torcida que aparece cuando ya no sabes si esto era el camino o solo la forma más honesta de dejar de obedecer.