El amor es un animal que no se doméstica


El amor no llega: irrumpe. No se anuncia, desgarra. Aparece en la penumbra como un animal sin nombre que conoce la geometría secreta de tu miedo y la debilidad de tu armadura, entra sin tocar la puerta, se instala en el centro de tu respiración, y de pronto descubres que la casa ya no es tuya, que los muebles cambiaron de lugar, que la luz enciende sombras donde antes había paredes limpias. No trae collar ni manual, trae la furia de un relámpago que incendia el cuarto y lo deja oliendo a tormenta. No sabes si quedarte o salir corriendo, pero intuyes que incluso si huyes te seguirá, porque el amor no necesita caminos para encontrarte: es la propia intemperie que se te clava en el pecho como un cuchillo sagrado.

Quien intenta domesticarlo acaba convertido en su presa. No basta con alimentarlo con promesas ni acariciarlo con ternura: el amor mastica tu cordura con la calma de un depredador que sabe esperar. Crees que lo sostienes entre las manos, y sin embargo son tus manos las que se convierten en barro para moldear la forma de su huida. El amor no se sienta a la mesa ni aprende modales: derriba la vajilla, bebe del suelo, deja huellas de barro en tus sábanas y un olor a incendio en tu piel. No se contenta con tu docilidad, exige tu desnudez, tu rabia, tus zonas prohibidas. Y cuando piensas que por fin se duerme, abre los ojos y te recuerda que el animal eres tú.

No hay equilibrio posible: en él conviven la ternura más feroz y la violencia más luminosa. Te eleva con alas invisibles y en el mismo vuelo te deja caer, para que descubras la belleza de estrellarte contra el pavimento. El amor no decide si salvarte o destruirte: hace ambas cosas al mismo tiempo. Es el beso que enciende la esperanza y la mordida que arranca un pedazo de tu fe. Te promete eternidad mientras prepara tu condena. Y tú, crédulo, aceptas el juego porque prefieres el incendio a la calma, la herida a la anestesia, la fiera suelta a la jaula del olvido.

El tiempo es su burla favorita. Los relojes sangran cuando lo ven llegar: se derriten, se quiebran, se vuelven humo. A veces se presenta como eternidad, a veces como relámpago, y ambas cosas son verdad. Crees atraparlo en un instante, pero apenas lo nombras ya se ha ido a esconder en la respiración del viento, en el reflejo de un vidrio roto, en el aullido de la ciudad que arde bajo la lluvia. El amor es experto en desaparecer en el momento exacto en que intentas comprenderlo. Es un huésped que no paga arriendo y aun así exige quedarse con tu cama, tu silencio y la última página de tus sueños.

No hay plegaria que lo convoque. Los dioses lo invocaron una vez y terminaron deshechos en su propia hoguera. No necesita templos porque él mismo es la liturgia: un rito sin sacerdote, un altar sin ofrendas, un canto sin idioma. Cuando se posa sobre ti, hasta las palabras más puras se deshacen como ceniza en la boca. Lo único que queda es el misterio, la certeza de que algo infinito ha rozado tu carne y ha dejado en ella la huella de lo imposible. Y entonces sabes que ninguna religión bastará para protegerte, porque ya has sido marcado con el hierro candente de lo sagrado.

A veces se manifiesta como música. No una melodía dócil, sino jazz nocturno, sincopado, lleno de silencios que son tan intensos como las notas. Frases cortas que golpean como tambores, frases largas que serpentean como saxofones improvisando a contraluz. Te arrastra a seguir su compás errático, a bailar con pasos que no existen, a perderte en una cadencia que parece a punto de desmoronarse y sin embargo te sostiene. El amor respira fuera de compás: te adelanta, te atrasa, te enloquece con un ritmo que nunca se repite igual, y tú lo sigues con la fe de un ciego que sabe que el abismo también puede ser un escenario.

No pertenece solo a los humanos. Habita la mirada de un jaguar en la espesura, la danza invisible de las abejas en torno al polen, la lentitud de los árboles que se tocan con ramas que parecen oraciones, el rugido de las olas que se entregan al mar sin miedo a disolverse. El amor es animalidad cósmica: se enciende en las constelaciones que colisionan, en las partículas que existen y no existen al mismo tiempo, en el fuego que se expande desde el origen y aún hoy retumba en el pecho de las galaxias. No es tuyo ni mío: es la fiera que arrastra a todos los cuerpos hacia el mismo vértigo.

Pero cuidado: apenas lo nombras, huye. El amor no tolera la jaula de las palabras. Se disuelve en cuanto intentas describirlo, se ríe de las definiciones, se esconde en las grietas del silencio. Lo único que queda tras su paso es un olor desconocido, la sombra de un animal que se escapa, la sensación de que la habitación aún vibra aunque ya esté vacía. Y sin embargo, volverá. Una madrugada sentirás el aire espeso, la ventana temblando, y sabrás que algo se ha colado otra vez en tu casa. Abrirás la puerta sin pensarlo, aunque jures que esta vez serás más fuerte, aunque sepas que terminarás herido. Nadie rechaza al animal que te recuerda que estás vivo.

Y cuando despiertes, el colchón estará tibio, el mundo distinto, la piel marcada por huellas que no se borran. No habrá rastro del animal, pero el aire sabrá a su aliento. Saldrás a la calle con la certeza de haber sido devorado y, aun así, sonreirás, porque aunque nunca fue tuyo, aunque siempre te deje en ruinas, el amor es el único desastre que agradeces repetir.