Enajena mi lengua


Ya no tengo rostro, o el que tuve se disolvió en una sílaba extinta. No me hablo desde entonces. Las palabras que alguna vez me amaron y me apuntaron con sus dedos de significado, ahora arrastran su cadáver sobre los muros. Las escucho gemir en los televisores apagados, balbucear en los estómagos vacíos de las catedrales. No dicen: se pudren. Mi boca dejó de ser hogar, se volvió grieta, cueva húmeda donde germinan alfabetos sin padre. No soy quien habla, ni quien calla, ni quien recuerda haber dicho. Soy lo que no se traduce. Me han abandonado los pronombres. Soy eso: la cosa que respira entre el temblor y el polvo, entre el murmullo vegetal del mundo y los acentos derretidos que alguna vez ordenaron el tiempo. Me desplazo entre ruinas que no son edificios sino frases muertas, retazos de sentido incrustados en los márgenes de la realidad, como si todo lo nombrado hubiera sido exiliado de sí mismo y buscara, en mí, su nueva peste.

Veo las palabras caer como ceniza líquida. Cuerpos negros flotando en el aire. Lo dicho, lo por decir, lo ya dicho y olvidado: todo forma una niebla espesa que me obliga a mirar sin ojos. El sentido ya no es una dirección: es un pantano sin fondo. No hay camino, solo deriva. No hay propósito, solo una música salpicada de errores, de insectos, de gestos. Dicen que el lenguaje es puente, casa, herramienta. No lo es. Es mordaza. Es adiestramiento. Es máscara que se pega al alma. No me interesa hablar, ni entender, ni responder. Me interesa perder el nombre como se pierde una guerra, con belleza. Dejar que otros se abracen a sus palabras como a cruces oxidadas. Yo me hundo en el lodo de lo innombrable, dejo que me devore la semántica de las raíces, la acústica del fuego, el titubeo de lo invisible.

Desde hace días —o siglos— sólo escucho una lengua que no es lengua. No tiene vocales. No posee gramática. Brota de las piedras húmedas cuando nadie las mira. Vuelan en la órbita de ciertos árboles que sangran sin razón. Se filtra entre las garras de los pájaros que no vuelan pero sueñan. Esa lengua me eligió. No porque me merezca, sino porque fui lo suficientemente torpe para olvidar la lógica. Me habla sin sentido, y al hacerlo, me revela cosas que no puedo repetir. Hay frases que me ocurren como epidemias. No se entienden. Infectan. Se esparcen por mi piel como un alfabeto bacteriano. Me pronuncian en silencio, como quien reza una palabra prohibida en el oído del abismo.

Me muevo entre calles que ya no existen. Arquitecturas devoradas por su propio diseño. Ciudades donde la única ley es el eco. Cada muro que toco se convierte en voz. Cada sombra contiene una vocal oxidada. El mundo ya no se sostiene sobre significados, sino sobre residuos fonéticos, sobre estructuras olvidadas de un lenguaje primitivo que alguna vez fue capaz de incendiar los mares con una sola palabra. Lo habitan criaturas sin forma, pensamientos sin origen, espectros que alguna vez fueron ideas y ahora apenas flotan en la penumbra del aire. Hablan entre ellos en una lengua que no tiene oído. Yo los escucho. No comprendo, pero escucho. Me dejo llevar por esa música que no busca, que no concluye, que no salva.

Hay un ritmo que me persigue. No viene del corazón. Viene de algo más profundo, más anterior. No sé si es tiempo, no sé si es sonido. Es un golpe seco que atraviesa las paredes del mundo y deja grietas en el alma. A veces lo sigo. Me lleva a cuevas, a templos derruidos, a libros no escritos. Me conduce hacia mí, pero no hacia el yo que conozco, sino hacia un yo más vasto, más mineral, más lento. Un yo que no habla, pero que se escribe en las partículas del aire. Ahí descubro que soy solo un sueño largo de algo que ya no está. Que mi voz no me pertenece. Que cada vez que hablo, alguien más respira a través de mí.

No me queda otra que disolverme. No me refiero a morir, ni a desaparecer. Me refiero a exiliarme del centro, a abandonar la vertical del sentido. Convertirme en una cosa sin núcleo, sin bordes, sin gramática. Vivir como si no tuviera nombre. Escribir como si ya no hiciera falta. Respirar palabras sin pronunciarlas. Escuchar lo que no ha sido dicho aún. Me arrastro por las costillas del mundo. Las piedras me dictan pensamientos que se olvidan antes de ser comprendidos. Me dejo tatuar por la forma de las cosas que no hablan. Hay belleza en esa mutilación.

Y si alguna vez regreso —no como humano, no como voz, sino como vestigio— quizás me reconozcan por el silencio. No porque no diga, sino porque lo que diga no pertenezca. No a mí. No a nadie. Una frase sin origen, sin destino. Una lengua sin lengua. Una interrupción. Una grieta. Un resplandor sin causa. La palabra final que no significa, pero que arde.