Gravedad


El centro del mundo no era un lugar, sino un colapso. No brillaba. No latía. No era una fuente de energía sino su ruina. Un corazón sin ritmo. Un sol sin llama. Una arquitectura invertida donde la dirección del vértigo era hacia adentro. El centro no estaba rodeado de periferia: lo contenía todo, pero sin reconocer nada. Era anterior al lenguaje, al número, al fuego. Nadie lo nombraba porque no estaba hecho para ser dicho. Su forma era la de una caída sostenida, una aspiración sin boca, una mueca del vacío que no gesticulaba. Cuando mirabas fijamente a lo más alto, algo caía en tu espalda: una lluvia invertida, un peso ajeno que se arrastraba por tu columna. Así supiste que la gravedad no era una fuerza: era una llamada. No desde arriba, no desde abajo. Desde el punto donde el mundo ya no finge ser mundo.

El sistema no tenía nombre. Era una atmósfera endurecida, un clima sin cielo, una densidad invisible que nadie percibía pero todos acataban. No estaba arriba ni abajo: estaba adherido al rostro de las cosas. Se tragaba el tiempo sin digerirlo. Se disolvía en el lenguaje como una lógica sin sujeto. No ordenaba: predisponía. No prohibía: condicionaba. Los movimientos eran simulacros de decisión. Lo que llamábamos voluntad era una superstición. Íbamos hacia donde ya estábamos siendo llevados. El deseo era una forma de obediencia con disfraz febril. Ningún rostro tenía profundidad. Ningún gesto escapaba a la forma impuesta por la mecánica del fondo. A cada paso, la gravedad crecía, pero no hacia abajo: hacia el interior. Como si todo lo vivo estuviera siendo aspirado por su propio doble. Como si existiera una segunda versión de ti mismo bajo la piel, cayendo mientras tú fingías andar.

Lo que parecía sólido era solo una lentitud distinta del colapso. Las cosas no se sostenían: simplemente caían más lento. La materia no tenía sustancia, solo peso. Las ideas no subían: se descomponían en símbolos repetidos. La fe no ardía: se evaporaba como un incienso sin altar. Cada palabra pronunciada era un eco de otra que nunca fue dicha. Cada mirada: un intento de recordar lo que no se ha vivido. Y sin embargo, allí estábamos, orbitando nuestras propias ficciones, tocando cuerpos como si fueran fronteras, y no espejos. Las ciudades eran cementerios de intenciones. Los edificios, sepulcros de una altura que no ascendía. El cielo, una imagen vieja, pegada con cinta a la bóveda del simulacro.

Los cuerpos ya no caminaban: eran desplazados. Las calles no conducían: cerraban. Cada trayecto era una repetición: un círculo sin borde. Las conversaciones eran acordes muertos: palabras que no creaban vínculo sino reflejo. No existía el otro. Solo múltiples versiones del mismo reflejo erosionado. El amor: una forma melancólica de obediencia. La compasión: un instinto anterior a la caída, disecado en vitrinas de doctrina. Nada dolía porque todo ya era conocido. Todo era recuerdo, incluso antes de suceder. El futuro había sido archivado, categorizado, comercializado. La libertad era un algoritmo con rostro de promesa. Y la promesa, una trampa sin necesidad de barrotes.

Los signos comenzaron a invertirse. Los mapas se deformaron sin cambiar de forma. Las brújulas giraban en círculos alrededor de un polo que nunca existió. El lenguaje empezó a quebrarse por dentro, como una fruta madura que no explota sino se pudre con dignidad. Las oraciones eran más largas, más densas, como si cada palabra tuviera que arrastrar el cadáver de la anterior. Se hablaba sin decir. Se nombraba sin creer. Algunos empezaron a escribir con signos que no correspondían a ningún alfabeto. Otros dejaron de dormir, no por insomnio, sino porque el sueño ya no era descanso sino repetición. La luz artificial reemplazó a la aurora. El silencio dejó de ser ausencia y se volvió saturación. En cada superficie, una imagen. En cada imagen, una versión deformada del yo.

Uno por uno, los cuerpos comenzaron a hundirse. No caían: eran absorbidos. Por la cama, por la silla, por el suelo. Como si la materia no pudiera ya resistir el peso de su propia ilusión. Algunos intentaron flotar, otros fingieron ingravidez, pero la gravedad no era física: era semántica. Lo que pesaba no era el cuerpo: era el nombre. La historia personal. El archivo de cada fracaso almacenado en las células. Lo que nos anclaba no era el mundo, sino la idea del mundo. Las personas se miraban como si fueran parpadeos de una conciencia ajena. Los espejos no devolvían imagen: proyectaban una ausencia. La gravedad no era una ley: era un dios sin rito. Una certeza sin redención. Una palabra no dicha que se insinuaba en cada respiración.

Y aún así, todo seguía. Como una ópera sin fin, sin clímax ni caída. Como una música que olvidó su compás. Algunos, los menos, empezaron a hablar con piedras. A escuchar la respiración de los árboles como si fueran profetas. A renunciar a la razón como quien abandona un arma. Y otros, simplemente se dejaron caer. No por desesperación, sino por una forma más honesta de estar. Como si en la caída hubiese una forma de verdad que la elevación siempre negó. Como si solo al tocar fondo pudiéramos dejar de fingir ser superficie.

Y allí, en ese fondo sin suelo, en ese abismo que no se abre sino que se contrae, el mundo reveló su rostro. No era bello ni terrible. Era neutro. Indiferente. Silencioso como una ruina que nunca fue templo. Allí entendimos que no hay arriba ni abajo. Solo densidad. Solo peso. Solo esa llamada sorda que no busca respuesta. El centro del mundo no estaba en el mundo. Estaba en el modo en que el mundo nos olvida.