Vía láctea


La noche no tiene fondo: se pliega. Se arquea sobre sí como un párpado que jamás termina de cerrarse, como un animal que no muere pero respira sin memoria. Allí, en esa hendidura oblicua que rompe la monotonía del cielo, se extiende la Vía Láctea: no como camino, sino como cicatriz; no como promesa, sino como resto. No guía: arde. No habla: vibra. Es una fractura suspendida que no lleva a ninguna parte, como si un dios ebrio hubiera dejado su uña rasgando la piel negra del universo. Los hombres la miran como quien mira el cadáver de una estrella que alguna vez creyó en ellos. Pero ella no cree. Ni niega. No piensa. Persiste.

No es una línea, no es un río. No hay trayecto. Lo que parece dirección es polvo que se curva, arrastrado por fuerzas sin nombre. Ella no avanza: se pliega. Se acumula sobre su propio vértigo, se ensucia de luz que ya no existe, se llena de brillos que no pertenecen a su presente. Porque lo que vemos no vive. Las estrellas no son cuerpos encendidos: son fósiles de fuego. Espejismos térmicos. La luz viaja, pero no llega viva. Es un correo extraviado en el tiempo. Mirarla es contemplar una herida que nunca sangró pero supura imágenes. No sabemos si la galaxia sigue existiendo. Tal vez lo que vemos es sólo el negativo de su desaparición, la sombra de un incendio que aún no empieza. Y aun así, ella insiste. Se impone. No como signo, no como símbolo. Como evidencia. Sin razón.

La Vía Láctea no comunica. No contiene. No promete. Es un cuerpo sin intención, una arquitectura sin arquitecto, una ruina suspendida que no responde a nada. Su silencio no es vacío: es materia. Su brillo no es lenguaje: es residuo. Si la nombramos es por miedo a que nos deshaga. Por temor a su impasibilidad perfecta. La nombramos para que no nos borre. Pero ella no borra: deja que uno se disuelva solo, frente a su exceso. La ciencia la traduce en mapas, vectores, fórmulas. La religión en mitos de leche celestial y serpientes cósmicas. Pero ella se burla. No cabe. No obedece. No tiene borde. Es un pliegue del universo que se dobló sobre sí y quedó ardiendo en la lentitud de lo incomprensible.

No flota: se descompone con gracia. No brilla: filtra luz de cadáveres estelares. No viaja: es empujada por una inercia que tampoco eligió. La galaxia no se narra. Se impone como una música sin partitura. Su vibración es lenta, grave, como si el universo respirara con los pulmones de una montaña. No gira alrededor de nada. Su centro es una fuerza que no se deja nombrar. Algunos dicen que ahí habita un agujero. Otros, que ahí no habita nada. Ambos tienen razón. Porque el centro de la Vía Láctea no existe: sólo orbita. Como todo lo real. Como el pensamiento. Como el miedo. Como el polvo.

Ella no mira, pero oye. No con oídos: con siglos. Con gravitación. Con lentitud. Su escucha es indiferente. No nos percibe. No sabe que existimos. Pero todo en ella es percepción sin sujeto. Es materia atenta a su propio desorden. Es como un libro que se escribe sin palabras, que no quiere leerse. Algo en ella se parece a una oración. No religiosa. No devota. Sino una oración seca, sin dios, lanzada al polvo por alguien que ya no está. Una oración que se repite sin boca. Que arde sin fuego. Que vibra sin ritmo. Y aun así persiste. Como una herida que no cierra. Como un eco que no recuerda su origen.

Desde lejos parece un trazo. Una línea blanca que divide la noche como si hubiese un lado más real del cielo. Pero si uno pudiera acercarse —más allá de toda tecnología, más allá de toda fe— lo que encontraría no sería belleza. Sería desorden. Fragmentos. Frío. Rocas errantes. No hay orden en esa luz. No hay trama. Lo que vemos como continuidad es polvo suspendido en una danza que nunca supo que era danza. Si algo brilla es por accidente. Si algo gira es porque no puede detenerse. No hay ética en el cosmos. No hay dirección. Sólo gravedad y descomposición. Sólo materia que aún no se rinde.

Hay algo que hipnotiza. No belleza. No sentido. Algo más seco. Más extraño. Como una voz que no se dice pero resuena en la parte del alma que no usamos. No conmueve. Pero desarma. La Vía Láctea no es lo que está arriba. Es lo que no está en ninguna parte. Lo que no tiene centro ni traducción. Su presencia es una torsión del sentido, un pliegue en la tela del ser que insiste en recordarnos que no somos necesarios. Porque eso es lo más íntimo que puede decirnos: ustedes no importan, y sin embargo, están aquí. No como destino. Como ruido. Como anomalía que observa.

El universo, si se piensa desde ella, no es historia. Es ruina. Es una proliferación de errores que todavía no se extinguen. Un incendio frío. Un derrumbe que ocurre en cámara lenta. Cada galaxia es una herida. Cada estrella, una vibración que nunca pidió nacer. Y nosotros, apenas residuos de polvo que aprendieron a mirar. Mirar sin entender. Sin pertenecer. Como quien tropieza con la espalda de un dios que ya se fue. Y no por odio. Por desinterés puro. Por un silencio más perfecto que el tiempo. Por una ausencia que no necesita justificación.

Ella no es una metáfora. No es metáfora de nada. Es lo que ocurre cuando no hay símbolo, ni relato, ni redención. Cuando sólo queda el brillo sin contexto. La luz sin historia. La forma sin figura. Mirarla es tocar con los ojos la desnudez de lo real. No lo real de la materia, sino lo real de la indiferencia. De lo que nunca nos tuvo en cuenta. De lo que no recuerda nuestro nombre. Ni lo necesita.

Así, bajo esa cicatriz encendida que no guía, uno calla. No por reverencia. Por interrupción. Porque la galaxia no pide nada. No exige devoción ni ciencia ni poesía. No espera. Y en ese no esperar está su mística. No el secreto, sino el desgarramiento. No el saber, sino la vibración de no saber. Y quizá, en ese pliegue de luz muerta, el alma encuentra su única posibilidad de paz: no comprender. No pertenecer. No significar. Solo flotar, como polvo, en la noche, mientras la galaxia continúa ardiendo en su exilio sin fin.