Malas artes


Las malas artes estallan como vísceras en la boca del alba, sangran en el polvo donde los dioses olvidaron su saliva, se arrastran con uñas negras por la frente de las ciudades y se levantan entre los huesos con la furia de un animal que nunca fue domesticado. No anuncian nada, no prometen redención: irrumpen como un rayo que no ilumina, como un incendio que no calienta, como una plegaria que no pide sino que devora. Son la contradicción convertida en estética, la ceniza que aún respira en los escombros del templo, la música envenenada que abre grietas en la garganta de quien escucha.

Se llaman malas porque no obedecen, porque ninguna ley consigue doblegarlas, porque no se inclinan ante la geometría pulcra de la belleza ni ante el equilibrio de las formas. Allí donde otros trazan líneas rectas, ellas curvan la sangre; donde se levantan columnas, ellas siembran insectos; donde se venera al sol, ellas coronan la sombra. No embellecen: deforman. No ordenan: infectan. No redimen: arrastran. Cada gesto suyo es sabotaje, cada palabra un ácido que corroe el lenguaje. No buscan público: buscan víctimas.

La visión en su territorio nunca es lineal. Un objeto nunca es lo que parece. La piedra se convierte en cadáver, el cadáver en un dios, el dios en espejismo de un ojo enfermo, y el espejismo en un insecto que roe la raíz de la memoria. La multiplicación paranoica se desborda: un rostro es un enjambre, una ciudad es un cadáver reptando bajo neones, un bosque es un altar donde las sombras celebran su orgía de hongos. No hay certeza: todo se disuelve en metamorfosis, todo cambia de piel en un segundo, todo respira bajo la sospecha de ser otra cosa. Las malas artes no describen: transforman hasta que la mente se rompe en imágenes dobles y triples como espejos enfrentados en una habitación sin salida.

Su música arde como un jazz deforme: trompetas oxidadas soplando contra el hueso de la medianoche, baterías que no marcan ritmo sino fractura, guitarras que hieren en lugar de acariciar. El sonido se desangra, el ruido se vuelve partitura, el silencio no existe porque incluso la nada resuena como un tambor en el cráneo. Es un pulso vivo, eléctrico, imprevisible. Y sin embargo, detrás de ese caos late un corazón oscuro, constante, que sostiene la respiración de quienes aún permanecen de pie en la tormenta. Cada compás improvisa, cada instrumento contradice al otro, pero juntos invocan una ceremonia que no busca aplausos: busca posesión.

Las malas artes no toleran la liturgia del poder. Se infiltran en los discursos como insectos anidando en los cables, distorsionan la voz hasta volverla eco hueco, infectan la propaganda hasta que se pudre en la retina. La ciudad es su laboratorio: los anuncios palpitan como carne enferma, los edificios se arquean como huesos en descomposición, las pantallas escupen simulacros que se derriten como cera. Allí donde se anuncia el orden, ellas levantan el caos; allí donde se promete claridad, ellas escupen niebla; allí donde se predica esperanza, ellas abren un túnel hacia el vacío.

No reconocen fronteras, ni banderas, ni relojes. Habitan en la grieta, en la ruina, en la herrumbre. No conocen patria: se arrodillan frente al polvo y proclaman su himno en el idioma de los insectos. Su geografía es la fractura, su política el sabotaje, su religión el error. Todo lo que tocan se quiebra: y en esa fractura se revela una verdad más honda que cualquier estructura intacta.

El cosmos no es grandeza para ellas, es borrador perpetuo, cuaderno manchado donde alguien dibuja y rompe al mismo tiempo. Galaxias como manchas de tinta en el vacío, átomos como enjambres enloquecidos, partículas que se escapan de la ley y se ríen de las ecuaciones. Nada es orden, nada es definitivo: todo vibra como un jazz cósmico interminable. Estrellas improvisan, agujeros negros silencian, planetas oscilan en riffs sin final. El universo no se presenta como armonía, sino como ruido sagrado. Las malas artes lo escuchan y lo traducen en ritual.

La plegaria también les pertenece, pero no como súplica que eleva, sino como conjuro invertido. No buscan luz: se hunden en la tiniebla hasta encontrar el resplandor secreto que late en sus entrañas. La oscuridad se convierte en teología. Los mantras pronunciados en sus ceremonias no liberan: atan. No piden salvación: convocan al abismo para beber de la misma copa. El rito es un error sagrado: cada palabra se quiebra, cada gesto se contradice, cada silencio es más elocuente que la voz.

La naturaleza no adorna: conspira. Los hongos guardan alfabetos en la podredumbre, los insectos trazan arquitecturas más vastas que cualquier catedral, las piedras ocultan grietas como archivos de lo sagrado. El bosque no canta himnos: murmura secretos imposibles de traducir. La belleza no está en la flor, sino en la descomposición que la alimenta. La eternidad no es el árbol erguido, sino el hongo que lo devora en silencio. Todo organismo es ruina en proceso: y en esa ruina se revela un orden más intenso que la vida.

Las malas artes no terminan, no cierran, no concluyen. Son interrupción, corte, suspensión. No hay epílogo, no hay síntesis. Solo un relámpago detenido en el cielo, una respiración suspendida, una mueca que no se disuelve. Las malas artes permanecen como mordedura en la garganta, como cicatriz que nunca cicatriza, como música que no se detiene aunque nadie quede escuchando.

Porque nunca nacieron, no necesitan morir. Persisten como vibración de lo inacabado, como eco en el túnel, como sombra que no se disipa aunque el sol ya se haya extinguido.