Generación muerta


Primer plano: una juventud maquillada de cadáver, iluminada por pantallas azules que parpadean como sirenas en la noche. Caminan con la sonrisa intacta, pero bajo esa máscara late un vacío mineral, un hueco que ni la música ni el deseo pueden llenar. Se arrastran como cuerpos obedientes en un ritual de consumo perpetuo, ofreciendo sus manos, sus ojos, su saliva a los dioses eléctricos que les asignan nombres de archivo y números en serie. No tienen historia: se les borró la memoria. No tienen futuro: lo empeñaron por una gratificación inmediata. No tienen voz: hablan con frases prestadas, sus bocas saben a cables quemados, su lengua a plástico derretido. Y sin embargo caminan, bailan, besan, trabajan, respiran, como autómatas que confunden el movimiento con la vida.

El tiempo no avanza, se pudre. Cada minuto es un espejo que repite el mismo gesto, una repetición infinita que imita la vida sin vivirla. Hablan, pero no comunican. Ríen, pero no recuerdan. Aman, pero no tocan. Sueñan, pero no despiertan. Son enjambres de luces, rebaños de signos, cuerpos fluorescentes que no dejan sombra. El lenguaje perdió su filo: ya no hiere, ya no revela, apenas circula en manadas digitales que atraviesan las retinas como insectos. Sus pensamientos son hashtags, su memoria es scroll, su respiración es ruido blanco. El aire ya no les pertenece: respiran algoritmos que traducen su deseo en mercancía. Y lo aceptan, lo celebran, lo veneran como si fuera libertad.

La noche ya no es un santuario, es un supermercado de insomnios. En lugar de bestias oníricas, visiones ardientes, símbolos ancestrales que gritaban en lenguas de fuego, sólo quedan pantallas encendidas hasta el amanecer, pupilas arrasadas por la luz azul. El cuerpo es un ataúd portátil: carne que olvidó el sudor, piel que nunca cicatriza, sexo reducido a hologramas, placer diluido en píxeles, dolor escondido tras filtros que disfrazan las heridas con sonrisas de neón. Y así prolongan su existencia: no como vida, sino como simulacro replicado. Fantasmas que posan en selfies, cadáveres que producen contenido, espectros que sonríen para el ojo invisible de la máquina.

Una generación muerta es la que ya no ama, sino que simula amar. La que ya no cree, sino que repite dogmas empaquetados. La que ya no se rebela, porque sus revueltas son slogans publicitarios. Gritan, pero su grito está pregrabado. Saltan, pero su salto está coreografiado. Se proclaman libres mientras obedecen hasta en los sueños. Su infierno no es de fuego, sino de luz constante. Su condena no es la violencia, sino la suavidad anestésica. La condena es vivir sin misterio, sin sombra, sin silencio. La condena es que nada ocurra. La condena es un presente eterno que nunca deviene en futuro.

Caminan sobre avenidas impecables que conducen a ninguna parte. Su ciudad es un cementerio invisible, donde los altares fueron sustituidos por anuncios luminosos que repiten mantras vacíos. La poesía se marchitó antes de florecer, la música se disolvió en loops sin alma, la imagen devora la imagen hasta extinguirla. Cada pantalla es un espejo mortuorio. Cada like es una lápida. Cada perfil es un epitafio disfrazado de sonrisa. Y en medio de esas ruinas invisibles, la multitud danza, creyéndose viva, mientras agoniza en cámara lenta, como una película en la que alguien arrancó el guion y dejó correr la cinta hasta la nada.

No hay tragedia visible en esta muerte. No hay sangre, no hay cuerpos amontonados en las calles. La masacre fue limpia, invisible, delicada como una anestesia. Murieron de exceso. Murieron de velocidad. Murieron de no detenerse jamás. Murieron sonriendo. Murieron obedeciendo. Y ahora siguen aquí: comprando, produciendo, repitiendo, compartiendo, mientras la llama interior ya no existe. Sus cuerpos respiran, pero su alma fue devorada. Su espíritu se desintegró en el ruido digital. Caminan como muertos que nadie reconoce, porque todavía pagan, todavía trabajan, todavía votan. Y nadie se atreve a decirles que ya no están vivos.

Pero incluso en este cadáver colectivo arde un fósforo oculto. Todavía resuena en lo oscuro un murmullo indescifrable. Todavía alguien escribe con sangre en las paredes, todavía alguien enciende un cigarro contra el silencio uniforme, todavía alguien grita en un idioma incomprensible bajo los puentes de la ciudad. Ese alguien no busca primavera ni revolución ni futuros brillantes: busca un relámpago breve, un rugido oscuro, un vértigo mínimo en la piel de la nada. Porque incluso los cadáveres sueñan con resucitar, aunque su resurrección no sea luz ni gloria, sino apenas una chispa en medio del derrumbe.