El silencio me mastica con dientes de vidrio y yo aprendo a sangrar despacio
El silencio me mastica con dientes de vidrio y cada mordida se hunde en mí con la precisión de un filo transparente que no da aviso, sólo deja su marca, una escritura invisible en la piel que más tarde se abre en grietas rojas. El silencio no es ausencia: es un animal hambriento que nunca se sacia, un animal sin rostro que respira detrás de mí y en cada respiración me arranca pedazos que no gritan, que sólo caen al suelo como polvo de espejo. Yo me dejo devorar porque he aprendido que resistir es inútil, porque el silencio no se combate, se habita. Y en ese habitar descubro la lección que se repite: sangrar no es un accidente, es un oficio, un aprendizaje lento, casi ritual. Sangrar despacio es dejar que cada gota dibuje su propio tiempo, que cada herida se vuelva una campana muda, un ritmo secreto que golpea contra las paredes de mi cuerpo.
Avanzo por pasillos donde las paredes están cubiertas de espejos rotos que me devuelven imágenes incompletas, rostros que se multiplican como si fueran fragmentos de un yo que nunca coincide. El silencio se pasea por esas grietas, lame los filos, mastica mi sombra hasta reducirla a un murmullo sin dueño. El aire mismo se llena de astillas invisibles: respiro y siento cómo el cristal se incrusta en mis pulmones, cómo cada inhalación es un corte más. Y aun así camino, porque no hay salida posible: toda ciudad es un estómago de vidrio, todo horizonte es una boca que mastica sin descanso. Afuera las farolas tiemblan como ojos cansados, las calles se abren como venas negras y la noche entera mastica, mastica con paciencia, mastica hasta que no quede nada más que polvo luminoso.
El vidrio es un dios secreto que gobierna en silencio: nadie lo nombra porque parece frágil, pero su fragilidad es un arma. Lo transparente hiere más que lo opaco. Lo que no se ve corta más hondo que lo que se anuncia. Cada mordida del silencio es una revelación desnuda: la verdad nunca viene envuelta en palabras, siempre llega como filo. Y yo aprendo: aprendo que la herida no se evita, se convierte en ventana; aprendo que la sangre no es pérdida, es tinta; aprendo que cada gota derramada escribe un evangelio que nadie leerá, pero que arde en mi carne como si fuera escritura de fuego.
A veces cierro los ojos y escucho la sangre caer: suena como un tambor ahogado, como un péndulo lento que marca un tiempo distinto al de los relojes. El silencio mastica ese sonido también, lo mastica y lo devuelve amplificado, como si quisiera recordarme que no hay música más pura que la del desangrarse despacio. Cada gota lleva un olor a óxido, un sabor a hierro que me llena la boca como si hablara en un idioma metálico que nadie entiende. La sangre se pega a mis manos, se desliza como un animal viscoso, y en su calor encuentro una forma de respiración: exhalo dolor, inhalo vacío, y el intercambio me sostiene como si fuera un pacto secreto con la nada.
He descubierto que el universo entero sangra. Sangran las galaxias cuando se desgarran en silencio, sangran las estrellas cuando estallan sin testigos, sangran los planetas al morir en soledad. Yo apenas repito en miniatura esa liturgia inmensa: mi cuerpo es una constelación de heridas, mi piel un mapa de fisuras que imita el destino de lo cósmico. El silencio mastica con la misma paciencia con la que mastica el tiempo, y cada mordida es un recordatorio de que nada se conserva, de que todo se abre y se desangra hasta volverse otra cosa.
No me resisto ya. Aprendo a habitar la herida como quien habita una casa demolida: polvo en los pulmones, grietas en el techo, un olor persistente a ruina que se confunde con la respiración. Aprendo a mirar el filo sin temblar, a reconocer que cada mordida no me destruye sino que me transparenta. La herida no es cicatriz: es permanencia, es apertura perpetua. Y en esa apertura descubro algo que nunca se dice: la belleza no está en lo intacto, está en lo que se rompe con exactitud. El vidrio cuando captura la luz un instante antes de estallar, la gota de sangre suspendida en el aire como un planeta diminuto, el silencio mismo en el momento preciso en que mastica y corta.
Y yo sigo sangrando. Sangro en cada respiración, sangro en cada palabra, sangro despacio para no olvidar que la herida es mi verdadera forma. El silencio mastica, yo cedo, y entre ambos se escribe un pacto que nunca se cierra: un filo que vibra, una transparencia que corta, un tiempo que se desangra gota a gota, sin final.