He amado en todas las direcciones del tiempo


He amado como quien traiciona el orden secreto del universo, como un animal arrojado al incendio de lo imposible. Amé sin obedecer al reloj, sin reconocer las fronteras del calendario, amé como un fugitivo que incendia los mapas para que nadie pueda seguir sus pasos. El amor me condenó a una herejía luminosa: no me dejó avanzar ni retroceder, me disolvió en un presente que estallaba en todas direcciones, como un relámpago detenido en el aire. Cada beso fue simultáneamente inicio y clausura, y cada piel tocada era el eco de un universo que había existido antes de mí y que seguirá existiendo después, con o sin mi sombra.

He amado en habitaciones donde la oscuridad parecía un líquido respirable, en pasillos interminables donde las sombras me rozaban con su aliento, en sótanos húmedos donde el tiempo goteaba desde el techo, espeso, sin jerarquía alguna. He amado en camas deshechas donde el silencio pesaba más que los cuerpos, y en calles desiertas donde la noche era un animal agazapado en cada esquina. El amor no sucedía: irrumpía, como una fractura en la continuidad de lo real, como un corte en la película que de pronto revela el vacío entre un fotograma y otro.

He amado con las manos manchadas de ceniza, con la lengua herida de palabras que no aprendieron a pronunciarse, con la piel marcada por gestos que aún arden en la memoria. He amado en lo visceral: en el olor de un cuerpo recién sudado, en la textura áspera de una voz rota, en el temblor que precede al desborde. Amé como un animal hambriento que devora la claridad hasta quedarse ciego, amé como un místico que entra al desierto para escuchar la respiración del silencio. Entre el estremecimiento de la carne y la liturgia de lo invisible, comprendí que el amor no separa lo sagrado de lo profano: los funde en la misma llamarada.

He amado en las ciudades, entre muros que parecían ruinas anticipadas, donde el amor era un grafiti clandestino escrito con la sangre de los días. Amé en los paisajes donde la naturaleza no me reconocía, frente a un río que se burlaba de mi sed, frente a un árbol que me ignoraba con su paciencia de siglos, frente a un animal que me olía como se huele a lo desconocido. Amé la piedra, la hierba, la humedad de la tierra, porque amar es también unirse al pulso no humano, a la respiración subterránea del mundo. El amor me enseñó que la piel no es frontera, sino umbral hacia lo que nunca seremos.

He amado en la alquimia secreta de los cuerpos, donde la unión no produce completitud sino desgarro. Amé como quien busca el oro en la oscuridad del plomo, como quien sabe que la fusión de los opuestos nunca es pacífica, sino una batalla donde ambos mueren para renacer deformados. Amé como quien abre un libro prohibido y descubre que cada palabra es un veneno, un jeroglífico que se tatúa en la sangre. El amor fue siempre laboratorio y abismo: lugar donde los contrarios se reconocen solo para devorarse.

He amado en el silencio absoluto, donde no quedaba nada que decir, donde las palabras eran traiciones que sólo podían arruinar la pureza del estremecimiento. Amé en la oscuridad más radical, donde cada gesto era invisible y cada respiración era la única prueba de que aún existíamos. Amé en la interrupción, en el hueco, en el instante en que el lenguaje se derrumba y queda la pura vibración desnuda, la música anterior al sonido. El amor me enseñó que lo más verdadero ocurre cuando no ocurre nada.

He amado en el origen y en el fin, en la cuna y en la tumba, en el alba y en el apocalipsis. Cada abrazo fue génesis y catástrofe, nacimiento y exilio. Amé como quien toca la luz primera y la última sombra al mismo tiempo. Amé como quien se sienta en el centro del universo y escucha su respiración expandirse en espirales infinitas. Amé como quien pierde el nombre y se convierte en constelación, como quien descubre que el pecho humano y la vía láctea laten bajo el mismo compás.

He amado en todas las direcciones del tiempo y he aprendido que el amor no se entrega ni se recibe: acontece. No responde a pactos ni a razones, no obedece a leyes ni a dioses. El amor es irrupción, estallido, fractura; es el instante en que el mundo deja de ser mundo y se convierte en revelación. He amado y en cada amor he visto la disolución de lo humano, la dispersión de la conciencia en fragmentos luminosos, el simulacro quebrándose para mostrar lo real. El amor fue y seguirá siendo mi única certeza, mi única herejía, mi única verdad insoportable: que todo lo vivido no fue más que un ensayo para este estremecimiento infinito.