La vida no pide permiso: entra, destroza, se sienta a fumar en tu tumba
La vida no pide permiso: entra como ráfaga que revienta las ventanas en plena madrugada, sin aviso, sin gesto amable, con la violencia indescifrable de lo que irrumpe y desordena todo lo que toca. No hay contrato ni pacto previo: la vida se clava en el hueso como un clavo oxidado, quiebra los espejos de la conciencia, derrumba los templos interiores y siembra un incendio en los pasillos donde habitan las palabras. Aparece como ladrón sin rostro, y mientras buscas explicaciones, ya ha saqueado la casa, ya ha pintado obscenidades en las paredes de tu memoria, ya ha encendido su risa en medio del desastre.
Destroza. No porque odie, ni porque ame: porque su lenguaje es la demolición. Destroza como la tormenta que arranca techos y arrastra perros muertos por las calles; como el relámpago que raja el cielo y deja la noche partida en dos; como el río que revienta diques y arrastra ataúdes junto con juguetes, zapatos, retratos, féretros abiertos que giran en espiral bajo la lluvia. La vida no construye, devora. Mastica tu rostro, arranca la piel de tus certezas, deja los huesos expuestos al hambre de la intemperie. Y lo hace con la naturalidad del viento sobre la hierba: sin intención, sin culpa, sin destino.
Pero no basta con irrumpir y destruir: la vida se queda. Se sienta sobre tu tumba como quien toma un descanso después de un trabajo bien hecho. Cruza las piernas, enciende un cigarro, y deja que la ceniza caiga sobre tu nombre grabado en piedra. Sopla el humo hacia arriba y lo disuelve en la neblina, indiferente a tu tragedia, indiferente a tu fe, indiferente a tus llantos ahogados bajo tierra. El humo asciende como una burla de incienso negro, como si el universo celebrara tu derrota con un rito sin sacerdotes. Ninguna épica, ninguna redención: apenas la calma indiferente de un intruso que ya no necesita marcharse.
Y mientras la vida fuma sobre tus huesos, el mundo sigue. En los parques los niños aprenden a correr detrás de un balón que mañana será ceniza. En las fábricas los obreros alimentan máquinas que devoran su aliento. En las camas los amantes confunden ternura con permanencia, ignorando que el filo ya está sobre sus gargantas. Todo sigue, todo arde, todo se pudre bajo el mismo humo. Y nadie se salva: ni los que rezan, ni los que huyen, ni los que escriben. La vida se acuesta con todos, una y otra vez, hasta dejarnos exhaustos, hasta dejarnos huecos, hasta que el eco de nuestra voz se disuelva en la tierra húmeda.
No hay milagro. No hay regalo. No hay explicación. Hay un asalto perpetuo, una emboscada cósmica, un caos que nos arrastra sin dirección. La vida se enciende en tu carne como un fósforo y se apaga dejándote carbón en las manos. Juega con tus sueños, los acaricia como espejos frágiles y luego los rompe con la misma indiferencia con que rompe tus huesos. Se divierte con tus palabras y después las reduce a ruido, a polvo, a silencio. No hay justicia en su gesto: sólo el vértigo del instante, el temblor del relámpago, la risa de lo que no puede ser nombrado.
Hay una belleza en esta ruina. Una belleza obscena, incandescente, que arde en medio del saqueo. Es el instante en que el humo sobre la tumba, la ceniza en la piedra, la carne rota y el polvo del universo se confunden en una misma sustancia. Es la lucidez del vacío: comprender que lo perdido nunca fue nuestro, que lo que llamamos destino no es más que la risa del caos sobre nuestra debilidad. En esa lucidez no hay consuelo, sólo el filo cortante de la verdad: somos nada, pero una nada que arde.
La vida no pide permiso. Entra, arranca, devora, fuma sobre tus restos, y no necesita explicarse. Eso es todo. Eso somos: una llamarada en el basurero de los dioses, un hueso carbonizado en la hoguera de lo real, un humo insolente que se disuelve en la noche sin dejar testigos.