Manizales no se revela: se oculta

Ella no comparece, se retira. No se da, no se exhibe, no se rinde al ojo ni al mapa. Manizales se esconde como un animal sagrado entre la espesura, como un ángel fugitivo que nunca se deja atrapar por la cámara de los turistas ni por la memoria enferma de quienes quisieron escribirla. Aquí la luz no ilumina: disuelve. La lluvia no cae: borra. La niebla no cubre: clausura. Las calles no conducen: se tuercen, se desvanecen, se burlan de la geometría. Lo visible tropieza con lo invisible y lo invisible se ríe en la cara del que insiste en descifrarlo. Todo ocurre como si la ciudad hubiese jurado un pacto con el misterio: nunca decir, nunca mostrarse, siempre ocultar. Y en esa negativa funda su respiración, como un corazón clandestino latiendo bajo capas de nubes.

Caminar aquí no es transitar sino perderse en una topografía que no obedece a nadie. El asfalto tiembla como un animal convulso, los cables eléctricos titilan como si fueran antenas psíquicas transmitiendo mensajes desde un centro cósmico, y los edificios, en vez de levantarse, parecen precipitarse hacia un pozo interior. No hay urbanismo: hay alquimia. No hay arquitectura: hay jeroglíficos. Cada muro es una advertencia, cada ladrillo un enigma, cada ventana un ojo ciego que no devuelve la mirada. El caminante se interna como quien se adentra en un rito hermético: sabe que todo lo que ve es apenas superficie, disfraz, humo. El secreto está debajo, en otra capa, inaccesible. La ciudad no es escenario, es conjuro.

De repente la esquina se convierte en un acertijo. Allí, un mendigo duerme como un guardián que custodia la entrada de un pasaje invisible. En un café húmedo, un estudiante dibuja círculos de humo con su cigarrillo: parecen diagramas de alquimistas, fórmulas indecibles trazadas en el aire. Los árboles de la plaza arden bajo la lluvia como brasas que se extinguen lentamente en la paciencia de un dios olvidado. Los buses jadean por las avenidas como animales enfermos, sus motores resoplan como pulmones tuberculosos. Un perro ladra a la nada y la nada responde. Y uno sospecha que aquí no existe el tiempo: las horas no corren, se derraman; las noches no avanzan, se suspenden; los días se multiplican como espejos rotos. Todo se repite y se devora.

Manizales es un pliegue. Una topología torcida. Aquí el mapa se inutiliza porque las calles se multiplican como espejos deformes. Lo recto se dobla, lo continuo se interrumpe, lo sólido se fractura. Borges soñó con un Aleph: aquí no hay Aleph, hay cicatriz. Una hendidura en el espacio por donde la ciudad se oculta de sí misma. Crees avanzar pero es la ciudad la que avanza sobre ti, te rodea, te devuelve siempre al mismo punto inicial. Las montañas se burlan de la verticalidad, la niebla engulle la distancia, los tejados chorrean como si fueran reliquias vivas. Esta ciudad no se muestra: se pliega. Se esconde detrás de sí, como un animal que borra sus huellas para que nadie lo alcance.

Quienes intentan nombrarla fracasan. Cada nombre se despega apenas toca la humedad. Aquí las palabras se desgastan como zapatos viejos, se rompen como paraguas abandonados en las tormentas. El lenguaje no alcanza porque la ciudad no acepta ser nombrada. Por eso los poetas la maldicen y los cronistas la sospechan. Porque Manizales no se escribe: se calla en las frases interrumpidas, se esconde en las metáforas que no terminan, expulsa al escritor, lo deja balbuceando. Es una ciudad que se niega a ser texto, y en esa negativa funda su destino.

En la noche, la niebla baja como un sudario. Las luces se difuminan como fantasmas a punto de extinguirse. No hay silencio: hay un murmullo subterráneo, un rumor cósmico, como si la tierra conversara con las estrellas en un idioma que no se deja traducir. El transeúnte siente que camina sobre un laboratorio hermético, donde cada sombra es un jeroglífico y cada resplandor un secreto. Todo se adivina, nada se dice. El ocultamiento no es vacío: es exceso. Lo que la ciudad no revela es lo que más grita. En las paredes húmedas late una violencia callada, en las esquinas respira una melancolía espectral, en la niebla palpita una intensidad metafísica que anula toda distancia. Cuanto más se esconde, más se impone. Cuanto más calla, más grita.

No se trata de cobardía. Es resistencia. En un tiempo donde todo debe mostrarse como carne abierta bajo vitrinas luminosas, esta ciudad elige el silencio. No exhibirse: desaparecer. No desnudarse: cubrirse. No declararse: insinuarse. Es su modo de rebelión contra la obscenidad del mundo. Un gesto místico, un silencio zen, una teología oscura encarnada en concreto y neblina. La ciudad se dice no diciendo, se muestra negándose. Y en ese ocultamiento es más real que todas las ciudades que vociferan su identidad en vallas luminosas.

Quizás algún día, cuando la mirada aprenda a vaciarse y el oído a escuchar lo que no suena, esta ciudad permitirá entrever su secreto. No será revelación, apenas un relámpago en la niebla, una sombra que cruza un muro húmedo y se esfuma, una voz que comienza a hablar y se interrumpe. Nada más que un destello. Nada más que un silencio. Y en ese pliegue comprenderemos que lo esencial nunca se deja ver. Nunca se deja decir. Y sin embargo, seguimos mirando.