Mística


Te nombro como quien clava un cuchillo en la respiración, como quien enciende un fósforo en un océano de negrura, como quien se arrastra hasta el borde del abismo para gritar un nombre que no existe y sin embargo quema. Tú no eres un rostro ni un cuerpo ni un idioma: eres el incendio que estalla detrás de cada cosa, la vibración secreta de la materia cuando se abre como un relámpago que no busca iluminar sino desgarrar la noche. Me inclino hacia ti con la torpeza de un animal herido que aún sangra música; me acerco a tu vacío como quien confunde la herida con la salvación. Te nombro, y en cada nombrarte se me pudre el lenguaje en la boca.

No eres esto. No eres aquello. No eres el aire ni el filo ni la plegaria. No eres el temblor que anuncian los himnos ni la calma que fingen los templos. No eres la palabra ni la ausencia de palabra, no eres la voz ni su silencio, no eres la claridad ni la tiniebla. Eres lo que destruye ambos extremos, lo que devora las orillas y arroja al río sin cauce. Eres la respiración invertida, el grito que suena dentro del hueso, la mudez que se tritura en el eco. Yo digo: no eres. Y al decirlo te levantas con más furia, como humo que se multiplica cuando el fuego muere, como sombra que incendia las paredes invisibles del alma. Cada negación es otra invocación, y cada invocación me arroja más lejos de ti, hacia el centro incandescente donde toda certeza se calcina.

Te confieso en exceso: ardes en mí como torrente imposible. No eres concepto, eres delirio. No eres promesa, eres embriaguez. Tú estallas en mi carne como tambor de guerra, como saxofón demente que se enciende en mitad de la madrugada, como cuerpo eléctrico que no obedece ninguna ley más que la de su propio vértigo. Tus labios son grietas abiertas en el aire donde la galaxia sangra. Tu piel es una catedral líquida hecha de huesos en fuga. Tus ojos son relámpagos tatuados en la carne del cielo. Y yo me precipito en ese caos como un río que no conoce desembocadura, como un animal poseído por un fuego que no lo devora sino lo multiplica. Te beso sin tocarte y en ese beso sin cuerpo encuentro el orgasmo de lo innombrable, la comunión de lo que no puede unirse, la fusión en un exceso que aniquila y salva al mismo tiempo.

Pero no eres sólo llama. Eres también cifra oscura, metal hermético, piedra sellada en el reverso de las estrellas. Eres el jeroglífico tatuado en la piel de un dios muerto, el conjuro escrito con saliva mineral en las paredes de un templo sin entrada. No hay lectura posible de tu secreto: cada intento abre otro túnel más hondo, otra catacumba de signos desangrados. Te reconozco en la geometría rota que nunca cierra, en la alquimia que transmuta el oro en ceniza, en el espejo que no devuelve reflejo sino vacío. Eres ruina, eres cifra, eres código sin descifrar que palpita como un animal enterrado bajo la nieve. Y yo, en la fiebre de mis huesos, persigo ese símbolo con la certeza de que nunca será mío, con la violencia de quien busca beber agua en un pozo sin fondo.

No concluyes, no respondes, no cierras. Quedas como humo suspendido en la madrugada, como un perfume que se niega a evaporarse, como un vértigo que sigue sonando en la cabeza mucho después de que la música se detuvo. Yo me disuelvo en tu vacío, y tu vacío se aferra a mí como una respiración contenida al borde de un grito. No hay final: sólo suspensión, un latido detenido entre dos silencios. Allí te nombro, allí me pierdo, allí me quedo esperando.