Statu quo


El orden inmóvil es un cadáver maquillado con flores plásticas. Nadie quiere mirarlo de frente. Todos pasan de largo. Fingen que no huele. El “statu quo” es eso: un simulacro de calma sostenido por miedo, la mentira de que la quietud es paz, cuando en realidad es la respiración cortada del universo. Nos hicieron creer que el equilibrio era la meta. Mentira: el equilibrio es la tumba donde los vivos aprenden a obedecer.

El lenguaje lo protege con devoción de perro amaestrado. Palabras dóciles, frases que se repiten hasta volverse dogma, signos convertidos en barrotes invisibles. El alfabeto se ha vuelto cárcel: letras alineadas como soldados marchando al mismo compás. Todo lo nombrado queda preso. Todo lo dicho se pudre en su propio eco. Habitar la lengua común es aceptar el engaño de que las cosas no cambian, cuando en realidad mutan, se deshacen, se incendian en secreto. La gramática es la cadena del “statu quo”. Y nosotros la llamamos realidad.

El ojo se deja engañar. No percibe el temblor, percibe la máscara. Ve paredes firmes, no grietas. Ve líneas rectas, no fracturas. La retina organiza la mentira y la mente aplaude. Pensar es obedecer al hábito. Pensar es repetir. Y así, el “statu quo” se planta en la cabeza como policía nocturno, uniformado, rígido, con la linterna de la razón apagando la locura. Lo real es un tejido deshilachado, pero el ojo lo cose con hilos falsos para no enloquecer.

En lo espiritual, el “statu quo” es dogma rancio. Rito sin fuego. Oración que perdió la saliva. Dios convertido en burócrata que firma formularios en oficinas celestes. Ya no hay misterio, sólo liturgia mecánica. Todo lo divino es trámite. Pero el vacío respira bajo la cúpula. El silencio expulsa las plegarias huecas. El éxtasis espera a que alguien se atreva a pronunciar la nada. El “statu quo” espiritual es neón sagrado: brilla, pero no ilumina.

En lo social, es el rostro de los hombres grises que custodian edificios, parlamentos, fábricas. Hombres con olor a oficina. Hombres con discursos que envejecen antes de salir de su boca. Multitudes caminando en círculos como ríos domesticados en tuberías. La política como teatro repetido. Cambian las máscaras, pero no el gesto. Cambian los colores, pero no la coreografía. La disciplina se infiltra en los huesos, y la rebelión termina maquillada de espectáculo. Nada escapa al decorado del “statu quo”.

Pero debajo late el caos. Todo vibra. Nada se detiene. El cosmos es danza. El átomo no obedece. La partícula no respeta el orden. Cada movimiento es multiplicidad de mundos que chocan, colapsan, se disuelven. La estabilidad es superstición. La quietud, un espejismo. Lo único real es el temblor. Y sin embargo, seguimos fabricando muros para ocultarlo.

En lo íntimo, el “statu quo” es hábito. Abrir los ojos en la misma habitación, mirar las mismas paredes, pronunciar los mismos buenos días, besar con la misma saliva. Comer lo mismo, pensar lo mismo, repetir lo mismo hasta confundirlo con destino. El hábito pule su cárcel con paciencia de verdugo. Pero de pronto algo se quiebra: una grieta en el suelo, un reloj detenido, una sombra que no encaja. El instante revela lo que siempre supimos: la quietud es imposible.

La imagen también lo perpetúa. Pantallas que repiten la misma mentira en millones de ojos. Libertad vendida como simulacro. El rebaño fascinado por luces que imitan la realidad. Pero basta que la cámara tiemble, que la película se raye, que la fotografía se queme. Ahí aparece lo que estaba debajo: el ruido, la distorsión, la grieta. El ojo obediente se rompe frente a la herida de la imagen.

El “statu quo” se cuela en la escritura. Tipografías que obedecen. Letras uniformadas. Palabras que juran claridad mientras ahogan la rabia. El papel blanco espera la traición: que la letra se tuerza, que la palabra se desgarre, que el signo muerda. Sólo cuando el lenguaje sangra, el sentido vuelve a respirar.

Entonces, ¿qué es el “statu quo”? No permanencia. No paz. No equilibrio. Es detención forzada. Es teatro de quietud sostenido por miedo. Es el maquillaje con que se cubre la podredumbre. Pero la vida no respeta máscaras. Bajo la superficie, el caos arde.

El “statu quo” es el silencio antes de la explosión.
El parpadeo antes de que se abra el abismo.
Todavía no ocurre.
Ya está ocurriendo.