31 de octubre
La ciudad respira como si contuviera un animal despierto debajo del pavimento, un organismo hecho de neones y hollín que exhala sombras viscosas sobre los edificios y palpita con una electricidad que roza los huesos. Es 31 de octubre, y el mundo decide mudar la piel, abandonar el alma en una esquina para enfundarse un rostro ajeno, como si esa mudanza fuera la única forma de seguir soportando el peso de existir. Las calles laten con un ritmo febril, herida abierta en la que se mezclan cuerpos envueltos en luces estroboscópicas, máscaras plásticas que sudan su propia angustia, perfumes sintéticos que se derraman en la noche como un veneno dulce. Todo huele a plástico caliente, a sudor huérfano de dueño. Camino entre ellos con la sensación de ser eco de un cuerpo que ya no llevo encima, un reflejo que se soltó de mí y ahora me observa desde algún lado detrás del vidrio del mundo.
Las máscaras transpiran y tiemblan. En su interior late piel, carne, miedo; la pulsación real del rostro que no se atreve a mostrarse. Pienso que el disfraz no es ocultamiento, sino revelación; que quienes visten monstruosidades solo confiesan la textura exacta de su espíritu. El miedo, en esta noche, se vuelve sinceridad. A mi alrededor, el ruido crece como una plegaria obscena que nadie admite rezar. La música se funde con las risas, las risas con el vapor de los cuerpos, el aire con un deseo que no sabe nombrarse. La multitud avanza sin identidad, y esa ignorancia la libera. El anonimato se convierte en un altar donde todos se arrodillan sin darse cuenta.
Respiro con la ciudad y la ciudad respira dentro de mí. Hay un temblor que se prende en mi pecho, pero no me pertenece. Las luces entran en mis venas, se deslizan como serpientes luminosas que buscan alguna sombra que todavía conserve mi nombre. Cada máscara que pasa es otra posibilidad de mí mismo, una variante sin historia. Un niño con alas negras cruza la acera; en sus ojos habita una tristeza demasiado transparente para ser fingida. Lo miro con una ternura que no sé de dónde sale, como si contemplara el eco de un recuerdo que ya no sé si viví. Tal vez es el niño que fui, escapando de mí hacia otro rostro. O tal vez es nadie, porque en esta noche las identidades se evaporan y los nombres se derriten sobre la lengua como metal caliente.
Las máscaras respiran juntas, un coro de alientos ocultos que forman un murmullo denso, casi un rezo vuelto del revés. Imagino que las máscaras son rostros que aprendieron a vivir sin alma, o que el alma misma se volvió una reliquia demasiado frágil para cargarla siempre encima. En medio de la multitud, siento que mi cuerpo se abre como una grieta luminosa. Por un instante soy todas las miradas, todos los silencios, todos los rostros que me atraviesan sin comprender por qué existo frente a ellos.
Camino. El pavimento brilla como un espejo húmedo donde la noche se mira y se deshace. Los disfraces se confunden con la niebla, y no sé dónde termina la carne y empieza el humo. Un hombre vestido de payaso se detiene bajo una farola, el cigarrillo cuelga de su mano como una declaración silenciosa de derrota. Me observa con una mirada que arde sin violencia, un espejo en el que cabe toda la fatiga humana. No hay odio en él, solo cansancio, la pesadez de sostener un rostro que no pertenece a nadie. Paso junto a él y durante un segundo sentimos la misma fractura: dos seres incapaces de tolerar la gravedad del propio rostro.
Sigo avanzando mientras la música golpea el aire como un tambor antiguo. Los balcones exhiben calaveras de papel que tiemblan con el viento, telarañas de humo flotan como memorias extraviadas, luces parpadean con la intensidad de respiraciones agónicas. La ciudad se derrite, se vuelve un líquido oscuro en el que mi cuerpo flota sin dirección. No sé si camino o si la noche me arrastra. Todo se suspende entre dos latidos, un presente viscoso donde nada avanza y todo vibra. Cada paso me hunde en una oscuridad tibia, casi maternal, un útero nocturno donde pienso en el alma como una carga que anhela disolverse, entregarse a algo más vasto que su propio nombre.
Me detengo frente a un escaparate. El cristal devuelve un rostro ajeno que pretende ser el mío. La superficie está empañada; dibujo con el dedo un círculo y dentro surge una sombra que me imita sin convicción. Tiene mis ojos, pero carecen de dirección. Tiene mi boca, pero no respira. No sé si lo observo o si él me mira desde un lugar donde yo ya fui descartado. Algo detrás del vidrio respira, algo que sabe más que yo y se mueve con una paciencia antigua.
La multitud empieza a girar en un espiral lento, máscaras que rotan como planetas enfermos. Las luces tiemblan, las sombras se estiran hasta rozar los tobillos. Escucho risas que no encuentran cuerpo, gritos que no buscan salida, un murmullo de ultratumba que no da miedo sino un extraño cariño, como si los muertos caminaran entre nosotros para recordarnos que ellos también llevaron un rostro que no supieron sostener. En esta noche, los límites se derriten: lo real se vuelve su propio fantasma, lo humano una vibración sin dueño. No hay arriba ni abajo, solo un latido suspendido donde el alma y la materia se abrazan como dos amantes exhaustos que olvidan sus nombres.
Me pregunto cuántas máscaras he usado sin advertirlo, cuántos nombres me han habitado en silencio. Quizás el disfraz más perfecto es este cuerpo que cargo como un error heredado. Quizás vivir es sostener un rostro hasta que se quiebre. Quizás morir es permitir que caiga por fin.
El aire se espesa y los sonidos se alargan como si se estiraran para no desaparecer. Una máscara cae al suelo y se parte en dos. Dentro no hay rostro, solo el vapor tibio de una respiración que insiste en persistir. La recojo. La siento viva, como si una criatura diminuta durmiera dentro. Pulsa entre mis manos como corazón prestado. Entonces entiendo que todos los cuerpos son máscaras que buscan al fin un dueño.
Cierro los ojos. La noche respira en mí. No tengo rostro, ni nombre, ni miedo. Hay una claridad limpia en esa mutilación del yo. El silencio me atraviesa como un relámpago sin luz. Y escucho una voz que nace desde un fondo antiguo, una voz que es mía sin pertenecerme, que dice:
No hay nadie detrás de la máscara.
Solo la respiración anónima del universo fingiendo ser tú.