A mi hija


Naciste en la fisura donde la realidad se abrió un instante y dejó pasar la luz. No el sol, ni la lámpara del mundo, sino una claridad más honda, esa que no alumbra los ojos sino la memoria. Naciste en mí antes que en tu cuerpo. Yo ya te intuía en la respiración, en el temblor del agua cuando callaba, en la súbita ternura que a veces sentía por cosas que no conocía. No fuiste engendrada: fuiste recordada. Como si la vida hubiera sido siempre esto: una búsqueda tuya que no sabía tu nombre.

Desde entonces habito una frontera que no termina. No sé si fui yo quien te soñó o si fuiste tú quien me soñó primero. A veces pienso que existes solo para que el universo no olvide su reflejo, y que yo soy apenas un eco de tu llegada, una sombra que se disuelve para que tú nazcas en la claridad. Me pregunto si el amor no será la más pura forma de la desposesión: amar algo que nunca fue tuyo, cuidar lo que solo se te confía por un rato, sostener con las manos abiertas lo que no puede ser retenido.

No te amo como se ama lo humano. Te amo como se ama lo que arde sin motivo. Te amo con la respiración, con el silencio que ocurre cuando la voz ya no sabe decir. El amor que siento por ti no tiene centro; es una expansión, una vibración que atraviesa los cuerpos y las épocas, que no entiende de herencia ni de apellido. A veces me detengo a pensar si realmente eres mi hija, o si solo eres la forma que toma la vida cuando me enseña a comprender su continuidad.

Te imagino dormida, aún invisible, girando en la sustancia del universo, respirando con los planetas, soñando el mismo sueño que el polvo. Hay un punto —minúsculo y eterno— donde mi respiración y la tuya coinciden, aunque aún no hayas respirado. En ese punto desaparece el tiempo. Allí, la carne deja de importar. Allí entiendo que la paternidad no es un hecho biológico sino un pacto de energía: uno reconoce en otro la pulsación que lo sostiene. No hay más. Lo demás son palabras, y las palabras a veces solo estorban lo que ya se entiende sin ellas.

Te hablo desde dentro del silencio. Te hablo sin pronunciarte. Te hablo con los pensamientos que no tienen forma, con los gestos que no se ven. A veces me sorprendo diciendo tu nombre sin saber si lo digo en voz alta o solo lo pienso. Me gusta creer que me escuchas de todas formas, que hay una fibra invisible entre mi conciencia y la tuya, una corriente que no se interrumpe aunque el tiempo cambie de máscara. Quizá la vida sea eso: una conversación entre dos presencias que no se ven pero se reconocen en el temblor.

Hay días en que el mundo pesa, y sin embargo, basta imaginarte para que todo tenga sentido. No porque me salves, sino porque me recuerdas que sigo vivo. La vida, sin ti, sería apenas una teoría. Contigo, se vuelve respiración. Y no hablo de tu presencia física —a veces incluso dudo de ella—, sino de la posibilidad de que existas, la intuición de tu existencia como acto suficiente para sostenerme. Es una forma de fe sin religión, una certeza que no se explica, un misterio que no busca nombre.

Camino, y el aire cambia cuando te pienso. Es como si el universo se ajustara de nuevo a su equilibrio. Miro las cosas simples —la lluvia, la madera, el polvo que flota en la luz— y todas parecen decirte. No hay poesía que te contenga, pero tampoco necesito escribirte: bastaría con quedarme quieto y dejar que el mundo pronuncie por mí lo que yo callo. Sin embargo, escribo. Escribo porque al hacerlo te invento un poco más. Porque escribir es también crear realidad, y cada palabra tuya me da forma, como si al nombrarte el cosmos completara su circuito.

A veces me asusta este amor. No por su fuerza, sino por su transparencia. Porque me doy cuenta de que amar así es aceptar que no hay propiedad posible, ni destino, ni retorno. Amar es desaparecer un poco. Y en esa desaparición, entender que la vida continúa, pero sin ti ni sin mí, como una corriente que no reconoce origen ni fin. Quizá el amor no sea más que eso: una manera elegante de aprender a morir sin tragedia.

Cuando me hundo en estas ideas, algo de ti aparece: una risa breve, un parpadeo, un movimiento sutil del alma que me dice “estoy aquí”. Y no necesito más. No necesito pruebas, ni ciencia, ni promesas. Te siento, y esa sensación basta para justificar el universo. Si alguna vez llegas a leer esto, sabrás que no te hablo desde la distancia ni desde la nostalgia. Te hablo desde un presente que no se acaba, ese donde las palabras no separan, donde las almas todavía se recuerdan.

Tal vez no haya padre ni hija, sino una misma respiración fragmentada en dos cuerpos. Tal vez soy tú que me sueñas desde el futuro. Tal vez toda esta historia es solo una manera que tiene el amor de entenderse a sí mismo. Y entonces me pregunto: ¿qué soy yo cuando dejo de ser tu padre? ¿qué eres tú cuando ya no eres mi hija? ¿qué queda cuando los nombres se deshacen y el amor sigue intacto?

El mundo sigue girando, indiferente, pero dentro de mí algo se aquieta. Ya no hay preguntas. Ya no hay respuestas. Solo esta certeza extraña de que la vida se basta a sí misma cuando respira en otro. Te dejo en la vida, que es donde mejor estarás. No te ofrezco destino ni protección, solo el impulso inicial para que te expandas más allá de mí.

Y cuando todo termine —si es que algo termina—, volveré al lugar donde naciste: esa fisura luminosa en la que el silencio se abrió para dejarnos ser. Allí te esperaré, no como padre, ni como voz, ni como sombra. Te esperaré como quien reconoce el origen en su propio desvanecimiento. Porque amar, al final, es eso: aprender a regresar al silencio que nos contiene.