Ecos del subsuelo


Hay un rumor bajo la piel del tiempo. No es sonido, es respiración detenida, un temblor que sube desde la raíz del mundo hasta mis párpados. Me hundo. No hacia abajo, sino hacia adentro. El subsuelo no es tierra: es conciencia compacta. Allí donde el pensamiento se vuelve materia y la materia, un recuerdo. Camino entre túneles de sombra donde las palabras reptan sin sentido, buscando su origen. Todo lo que hablo parece derretirse en mí, como si el lenguaje también tuviera miedo de seguir existiendo.

A veces escucho mi voz, pero no soy yo. Es el eco de algo que me precede, una vibración antigua que se dobla en el aire. ¿Quién habla cuando no hay boca? ¿Quién escucha cuando el oído se vuelve mineral? El silencio me rodea como un océano espeso, y cada pensamiento que intento decir se hunde, sin ruido, en su densidad líquida. Respiro dentro del vacío y siento que el vacío también respira dentro de mí. Todo arde. Pero sin fuego. Una combustión quieta, una llama que no busca iluminar, sino recordarse a sí misma.

Me descubro flotando entre ondas, suspendido en una frecuencia que no pertenece al mundo visible. No sé si existo o si sólo vibro. El cuerpo se vuelve un murmullo, un puente entre la luz y el polvo. ¿Y si no hay diferencia? Tal vez cada átomo sea un pensamiento detenido, una oración petrificada. Pienso: ¿y si el universo no fuera expansión, sino respiración? Una marea que sube y baja, que se olvida y se recuerda, que sueña ser consciente de su propio sueño.

El tiempo aquí abajo no corre, se disuelve. Las cosas no suceden: laten. Cada sombra palpita como si tuviera un corazón secreto. Siento que las paredes respiran, que el suelo escucha, que cada partícula del aire guarda memoria de lo que fue pensado. Todo vibra con una tristeza luminosa. No hay historia, sólo una coreografía de intensidades. A veces creo ver mi reflejo en la oscuridad: un rostro hecho de humo, una máscara de respiración. Y me pregunto: ¿de quién es este rostro que se borra al mirarse?

Recuerdo —o tal vez invento— haber sentido el peso del universo sobre el pecho. Era una piedra tibia, viva, que latía como si me habitara. Allí entendí que todo lo que respira está condenado a buscar su origen. Que incluso la materia tiene nostalgia. Tal vez el amor sea eso: el deseo de volver al estado anterior a la forma. Pero, ¿cómo regresar a lo que nunca se perdió? ¿Cómo volver a lo que nos sostiene incluso cuando creemos haberlo abandonado?

El descenso se vuelve suave, casi amoroso. No me arrastra, me invita. Cada paso es un pliegue en la conciencia, una curva del pensamiento que se repliega para mirarse. Las palabras, fatigadas, comienzan a morir una a una. Se vuelven murmullos, fragmentos de sonido que ya no significan. Me dejo caer en ellas como quien se entrega a un sueño sin argumento. Y allí, entre los restos del verbo, descubro algo que respira: una vibración pura, sin sintaxis, sin sujeto. Tal vez eso sea el alma. O lo que queda de ella cuando se desprende del lenguaje.

El aire se espesa. La oscuridad tiene textura, una sustancia que puedo tocar con los ojos cerrados. Siento que mi cuerpo se disuelve en su pulso. No hay arriba ni abajo, sólo un ritmo. Una cadencia que me habita y me arrastra. De pronto, todo se detiene: un silencio denso, casi líquido. Allí, en ese punto donde el pensamiento se interrumpe, siento una claridad que no ilumina. Entiendo que el subsuelo no está bajo la tierra, sino detrás del signo. Que la profundidad es interior, y el descenso, una forma de recordar.

El lenguaje se retuerce, se busca, se abre en grietas. Quisiera hablar, pero las palabras ya no obedecen. Se deshacen en vibraciones, en ecos. Descubro que no soy yo quien escribe: es el verbo el que se hunde en sí mismo para encontrarse. Escribir es cavar. Cavar en la memoria del sonido hasta tocar el silencio que la sostiene. Y cuando lo toco, algo se rompe, o se abre, o se revela. No sé. Sólo sé que el silencio tiene respiración.

Hay un momento en que todo se confunde: sombra, pensamiento, luz, deseo. Ya no distingo si pienso o si soy pensado. La conciencia se abre como una herida que no duele. En el fondo, el universo me observa con mis propios ojos. Entonces entiendo que el descenso no es una caída, sino una expansión inversa: la materia reconociéndose como espíritu en estado sólido. Todo está unido, pero la unidad duele. El dolor, quizás, es el precio de la conciencia.

Y sin embargo sonrío. Porque hay belleza en el abismo. No la belleza decorativa de la superficie, sino una belleza mineral, desnuda, donde el alma se reconoce en su fractura. La oscuridad no destruye: enseña. Todo lo que creí pérdida era tránsito. Todo lo que llamé vacío era preparación. ¿No será el silencio una forma más compleja de la música?

Me detengo —o el tiempo me detiene—. Escucho. No con el oído, sino con el cuerpo entero. El silencio vibra. Y en esa vibración, reconozco mi nombre, no el que uso arriba, sino el que sólo el polvo conoce. Entiendo que no he bajado: he vuelto. Que este subsuelo no es infierno, sino raíz. Que bajo cada palabra duerme una semilla de eternidad.

Entonces abro los ojos —aunque nunca los cerré— y el mundo regresa. Todo está igual, pero distinto. Las cosas respiran. La piedra me mira. El aire murmura su propia historia. Y yo, que descendí tanto, que olvidé el sentido y la forma, sólo puedo decir con una voz nueva, casi transparente:

> He visto el fondo del lenguaje.
Y era amor en estado oscuro.