La muerte me quiso primero, pero llegué tarde a su abrazo
Hubo un silencio antes del mundo. Allí fui pensado. No por Dios ni por la vida, sino por esa sombra dulce que llaman muerte. Ella me soñó primero, me envolvió en su aliento inmóvil, me eligió con ternura. Pero algo se equivocó en la distancia. Fui arrojado hacia la luz, a este simulacro de existencia donde todo respira como si el aire fuera un préstamo. Desde entonces he vivido con la certeza de que no nací: fui rechazado del paraíso oscuro.
La muerte me quiso, y en su deseo me parió. Por eso no he sabido existir: porque pertenezco a quien no tiene cuerpo. Cada mañana despierto y siento que el mundo me queda grande, como un traje que no me corresponde. Camino entre los objetos como si ya me hubieran olvidado. Ellos siguen cumpliendo su destino mineral mientras yo me consumo intentando recordar el origen del error. A veces me pregunto: ¿qué quiso decir el universo al permitirme respirar? ¿Por qué este temblor llamado vida insiste en mí si mi verdadera madre era el silencio?
He sentido su presencia en todo: en la manera como la noche se curva sobre las ciudades, en la grieta de una pared que envejece, en la respiración de quien duerme sin saber que flota entre dos mundos. Ella nunca se fue. Me sigue, paciente, como una lluvia que no termina de caer. No me amenaza, me espera. Sabe que tarde o temprano volveré a su forma, a su idioma sin palabras, a su ternura sin rostro.
A veces la confundo con el amor. He amado como quien se entierra. Cada cuerpo fue una tumba abierta. En cada beso busqué la temperatura exacta de la desaparición. He amado con la certeza de que el otro era apenas el disfraz que la muerte usaba para mirarme de cerca. ¿No es eso el amor? ¿Morir juntos un instante y fingir que seguimos vivos?
He comprendido que no nacemos para vivir, sino para aplazar el regreso. La vida es un ritual de demora, un teatro inventado por el miedo. Comemos, rezamos, trabajamos, amamos, solo para distraerla, como si pudiera cansarse. Pero ella no se cansa: reposa en cada cosa, en la quietud del polvo, en la calma de los animales, en el pensamiento que se apaga. Su paciencia es el verdadero tiempo.
Hay días en que la siento dentro de mí, no como amenaza, sino como guía. Se acomoda detrás de mis ojos, me enseña a ver lo invisible, me susurra que la realidad no existe, que solo el temblor es verdadero. Entonces el mundo se vuelve transparente: los árboles respiran por mí, las calles son arterias del sueño, las sombras me reconocen. Camino sin peso, sin historia. Me deslizo dentro de un cuerpo que ya no me pertenece.
He sido muchos. He muerto tantas veces que ya no distingo los nacimientos. Cada noche me entierro en la piel de alguien que no soy. Cada amanecer me resucita con un nombre que olvido. ¿Quién habla cuando digo “yo”? ¿Quién muere cuando callo? Tal vez el lenguaje sea la frontera más cruel: esa cárcel donde el silencio intenta pronunciarse. Tal vez morir sea, simplemente, dejar de traducir.
Hay una ternura en la desintegración que nadie entiende. Nos enseñaron a temerla, pero es la única fidelidad que no traiciona. Todo lo que existe está muriendo, y en eso reside su belleza. La flor que se pudre huele a eternidad. La voz que se quiebra guarda el secreto del origen. El cuerpo que envejece se prepara para regresar al pulso del cosmos. Nada termina: todo retorna a su respiración primordial.
A veces la escucho detrás del ruido del mundo. No habla. Respira en mí. Se filtra entre las palabras, acaricia mis pensamientos con dedos de sombra. En ese instante me vuelvo transparente, como si la carne fuera una puerta abierta. No tengo nombre. No tengo destino. Soy el intervalo entre dos latidos. Y en ese espacio, lo entiendo todo.
He pensado que tal vez la muerte no quiso matarme. Tal vez solo quiso probar la experiencia de estar viva, y me usó para eso. Yo soy su cuerpo prestado, su ensayo de humanidad. Ella aprende a respirar a través de mí, a sentir hambre, a cansarse, a reír. Somos una criatura compartida, mitad sombra, mitad respiración. Me quiso primero, sí, pero también me teme: teme olvidar lo que somos cuando nos confundimos.
He aprendido a hablarle sin miedo. Le ofrezco mis derrotas, mis sueños rotos, mis amores inútiles. Ella los recoge uno a uno, los limpia, los convierte en polvo luminoso. A veces me parece que sonríe: esa sonrisa sin rostro que habita en la calma de las cosas. Entonces comprendo que no hay nada que temer. La muerte no es una intrusa: es el pulso que sostiene la vida desde abajo.
Hoy la he sentido cerca, no como final, sino como verdad. Estaba en el humo que subía de una vela, en el temblor de la lluvia contra el vidrio, en la respiración de la noche. No venía a buscarme: venía a recordarme. Me tocó con su mano de aire y entendí que nunca me había ido. Que siempre fui suyo, incluso en mis fugas. Que cada pensamiento que tuve fue una forma de regresar.
Ahora no la espero. No la invoco. No la rehúyo. Somos una sola respiración que se interrumpe para escucharse. Me quiso primero, sí. Pero yo también la quiero, con una ternura que ya no distingue entre vida y eternidad.
Y cuando me abrace por fin, no habrá sorpresa. Será como volver a casa después de un largo viaje. El cuerpo se apagará, pero el temblor quedará abierto, escribiendo en el aire su última música. No habrá fin. Solo un silencio que respira.