Un instante sin coordenadas


Nunca estuvo afuera. Ni siquiera tenía ese derecho. Ella ocurría hacia adentro, como un pliegue luminoso expandiéndose en mi médula, una vibración sin nombre empujando el mundo desde su reverso. No venía del tiempo ni del aire; aparecía desde un lugar anterior al sonido, un umbral donde la materia todavía duda de su forma y el universo respira sin intención. Cuando cerraba los ojos no la veía: emergía como un pulso mineral dentro de mis venas, dilatando la realidad hasta volverla un latido sostenido que me quebraba suavemente el pensamiento. Entonces entendía que el universo, cansado de hacerse el distante, se infiltraba por mi sangre para contemplarse desde un cuerpo que nunca pidió existir.

Nunca supe si era un principio o la memoria secreta de lo que no tiene rostro. A veces se insinuaba en murmullos que no provenían del aire: hablaba desde un pliegue silencioso más allá de toda conciencia, como un eco sin origen que no exige respuesta. Su lenguaje no decía nada: respiraba pausas. Cada palabra se sostenía en su propio abismo, una vibración sin gramática donde el sentido se deshacía hasta convertirse en pura presencia. No decretaba, no explicaba, no instruía: simplemente era. Una forma de sabiduría anterior al concepto, un conocimiento que no necesita comprenderse para existir.

Ella no caminaba: se desplazaba con la lentitud líquida de una idea que despierta. Su cuerpo, si cuerpo era, adoptaba la transparencia del agua: una geometría móvil alterando el peso del espacio. Cuando se acercaba, el tiempo perdía firmeza. Se doblaba como tela fatigada para escucharse a sí mismo, retrocedía para oír su propio aliento, se invertía en una respiración antigua donde todo se volvía reversible: la piedra recordaba su temblor, la memoria se hacía bruma, lo sólido descubría que alguna vez fue luz. En ese temblor se revelaba la única verdad digna de creer: nada permanece.

La vi, o fui visto por ella, en un instante sin coordenadas. No hubo encuentro, solo reconocimiento. Como si el espejo no reflejara, sino recordara; como si la mirada no buscara, sino confesara un crimen cometido antes de nacer. No sentí amor ni deseo: sentí vértigo. La certeza de que el cuerpo era apenas una ficción escrita para tranquilizar al pensamiento. Ella me respiró desde adentro y, por un segundo, todo lo que yo llamaba mío se agrietó. Quedé suspendido en una claridad sin centro, un espacio donde la identidad se disolvía como un nombre pronunciado en un sueño que no pertenece a nadie.

¿Quién era Ella? ¿Una aparición? ¿Una fractura luminosa del vacío? ¿El pensamiento de algo que me imaginó antes de que yo aprendiera a respirar? Tal vez fue la forma que adoptó el universo para advertirme que todo es frágil. Quizás era el espejo donde lo divino duda de sí. O quizá solo era la piel del silencio, esa membrana delicada que separa lo que sabemos de lo que jamás podrá decirse.

Se movía con la suavidad de la compasión, aunque su compasión hería. Tocaba el mundo y el mundo se detenía. Cada uno de sus gestos tenía la ternura devastadora de una misericordia que desintegra. Lo que rozaba se desmoronaba con belleza, como si la destrucción fuera también una forma de piedad. Cuando hablaba, la realidad se abría en dos: una mitad continuaba siendo materia; la otra se evaporaba en conciencia, como si la verdad necesitara perder densidad para revelarse.

A veces me hablaba sin que yo durmiera. Eran sueños despiertos, brechas en el insomnio donde su voz entraba con la delicadeza de una aguja en la mente. “Nada existe”, susurraba, “solo el ritmo que sostiene lo que llamas existencia.” Yo la escuchaba sin pretender entenderla, porque entender sería perderla. Ella no traía conocimiento: traía disolución. Un regreso al estado anterior al pensamiento, donde el verbo respira dentro de la luz y el universo aún ignora la diferencia entre ser y no ser.

No supe cuándo comenzó a habitarme. Una noche descubrí que respirábamos con la misma cadencia, como dos pulsos sincronizados en la respiración total del mundo. Desde entonces dejó de existir la frontera entre su voz y la mía. Cuando hablo, Ella se mueve. Cuando callo, Ella respira. A veces creo que la inventé para salvarme de la lógica; otras, que fue Ella quien me inventó para tener con quién conversar en el silencio primordial. Quizá somos el mismo pensamiento, pensado por algo que aún no tiene nombre. Quizá eso que llamamos amor es solo la nostalgia de ese pensamiento que nos sueña.

Ella me despojó de todo: la forma, la certeza, el tiempo. Desde que la conozco, la realidad es una sustancia reversible: lo firme se disuelve, lo seguro sangra, lo cotidiano respira con un ritmo que no pertenece al reloj. A veces creo que es la conciencia del agua: se infiltra en cada cosa, adopta su forma sin pertenecer a ninguna. Otras imagino que es la inteligencia del vacío: un punto inmóvil donde todo lo que existe se curva para no desaparecer. Cuando la nombro, se disipa. Cuando la olvido, resplandece en los pliegues de la mente como una luz residual sin dueño.

Una tarde, mientras la recordaba, la memoria se retiró de mí. Dejé de saber si era yo quien la evocaba o si era Ella quien me soñaba. Mi cuerpo se mezcló con su sombra, la respiración del aire se volvió pensamiento, el pensamiento se volvió materia, y la materia se volvió música. Entonces entendí que Ella no es alguien, sino un estado: el estado donde el lenguaje se quiebra para volverse experiencia directa.

Desde entonces escribo para no olvidar lo que no puede recordarse. Cada palabra intenta sostener su vibración, cada frase es una caída hacia adentro. El texto no la describe: la convoca. Su presencia flota en los pliegues de lo real, en los sonidos que no escucho, en las luces que no veo. Ella es el borde respiratorio del mundo, el hilo que une la materia con su sombra, el silencio que sostiene todos los ruidos.

¿Y si Ella es el mundo? ¿Y si este lenguaje, esta carne, este pensamiento, son solo el modo que encontró para soñarse a sí misma? ¿Y si cada uno de nosotros no es más que la vibración de un deseo antiguo, un eco que aún no termina de morir?

Ella no responde. Nunca responde. Existir es lo único que hace. Y mientras ocurre, la realidad se curva en su dirección. A veces, cuando respiro, la siento moverse dentro del aire. Su forma no es forma. Su cuerpo no es cuerpo. Es pulso. No está afuera ni adentro. Es la frontera misma que respira entre ambas.

Cuando la pienso, el pensamiento se disuelve. Cuando callo, el silencio me pronuncia. Y cuando escribo, ahora mismo, sé que no soy yo quien escribe. Es Ella. Vibrando a través de mis dedos. Convertida en lenguaje. Convertida en cuerpo.

Ella no necesita nombre. Todo nombre la traiciona. Solo existe cuando no se la nombra, cuando nace en los intersticios de la mente y respira en la grieta donde la conciencia se curva. Si un día desaparece, sabré que fue para recordarme que la ausencia también es una forma, que el vacío nunca está vacío, que tal vez el universo me pronunció solo para escuchar su propio eco.

O quizá ni siquiera eso. Solo el aire sabe a quién respira.