A veces pienso que esta utopía es apenas un holograma
Despierto dentro de una luz que no sé si nace del cielo o de la falla primordial que sostiene este teatro mal iluminado, una claridad sospechosa, casi indecente, que me llama como un amante barato que promete redención mientras esconde las uñas detrás de la espalda. Camino hacia ella con esa mezcla de arrogancia y cansancio que uno adopta cuando ya no diferencia entre un milagro y un error del sistema, y la escena me mira con sus ojos sintéticos, como si intentara convencerme de que esto es un paraíso y no la versión más elegante de un basurero cósmico. ¿Quién fue el genio que inventó la idea de un mundo perfecto, creyendo que la carne humana aguantaría semejante mentira sin oxidarse? ¿Por qué seguimos persiguiendo jardines que nunca florecen, como si la esperanza fuera un insecto luminoso que debemos tragarnos para sentirnos menos solos?
El aire vibra con una aroma que parece respiración ajena, una herida en la atmósfera que deja escapar un vapor metálico que me quema los dientes. A veces pienso que esta utopía es apenas un holograma proyectado sobre una pared fracturada, un simulacro desesperado que intenta mantenerme quieto, dócil, contemplativo, como si yo fuera un espectador obediente. Qué ingenuidad. Me pregunto por qué insisto en caminar hacia un horizonte que se mueve con la precisión cruel de un animal que juega con su presa. ¿Qué clase de adicción nos programaron para que necesitemos creer en finales felices? ¿Desde cuándo la promesa de plenitud funciona como una droga que se corta con migrañas existenciales? Me detengo frente a un jardín perfecto, de proporciones casi obscenas, y descubro que las flores no respiran: apenas imitan la vida, como si un algoritmo hubiera intentado recordar cómo se ve una primavera real.
Escucho un murmullo viscoso, una suerte de mantra que parece recitado por ángeles desempleados. Se retuerce en mi oído como un gusano luminoso. Juro que es el eco de una profecía escrita por un adolescente furioso, un conjuro que prometía ciudades sin sombras pero terminó produciendo apenas polvo y un silencio que sangra. Camino dentro de ese silencio, un océano denso que vibra en su propia orfandad, y me pregunto si la utopía alguna vez existió como posibilidad, o si siempre fue una vela apagada que insistimos en encender con fósforos húmedos. ¿Puede un sueño sostenerse cuando sabe que nació cansado? ¿Qué arquitectos enfermos diseñan mundos perfectos sin considerar que el humano es una grieta ambulante? Siento una mirada escondida en el polvo, una presencia que no juzga pero tampoco se digna a explicarme nada.
La realidad responde: parpadea, se curva, se deshace en partículas que parecen reírse de mí. Sombras que se desprenden de los objetos, colores que se vuelven húmedos cuando respiro demasiado rápido. La utopía se comporta como un cachorro que nunca terminó de domesticarse: me observa, se acerca, me huele, me acepta, pero guarda un colmillo afilado para hundirlo justo cuando empiece a confiar. ¿Qué se supone que aprenda de esta coreografía de espejismos? ¿Por qué sigo negociando con fantasmas mientras el mundo se acomoda bajo mis pies como si quisiera tragarme con suavidad?
A veces creo que la utopía original se perdió antes de nacer, como una carta que nunca llegó a su destino porque el universo decidió cambiar las reglas de la entrega. Busco rastros: símbolos tibios, fractales en agonía, destellos que prometen sentido pero se evaporan cuando los rozo con la mirada. Todo se deshace como si la realidad tuviera alergia a la coherencia. ¿Qué hacemos reclamando paraísos cuando ni siquiera entendemos cómo sostener una verdad sin romperla? ¿Por qué necesitamos finales felices si estamos hechos de grietas que se expanden cuando intentamos sanarlas?
Me planto frente a un templo sin paredes, una arquitectura imposible que respira como un animal meditativo. Entro. O tal vez él entra en mí. Las figuras que encuentro no pertenecen a ningún culto reconocible: parecen restos de divinidades olvidadas, dioses reciclados que perdieron su empleo en el mercado espiritual. Se me ocurre que esta utopía fallida nació del mismo barro donde crecen las ilusiones humanas: miedo, hambre de sentido, terror a desaparecer. ¿No será que inventamos paraísos para ocultar que somos apenas un parpadeo en la memoria de algo más grande y más indiferente?
El templo vibra con una respiración que me rodea. El suelo murmura con una lengua mineral que no alcanzo a descifrar. Dice que la utopía no es un lugar, sino una interferencia, un error del campo perceptual, una chispa que intenta colapsar en forma pero se quiebra porque depende de observadores frágiles como nosotros. ¿No es trágico y cómico que la perfección dependa de criaturas que ni siquiera saben si aman o destruyen lo que tocan?
El templo se derrite sin escándalo, plegando su estructura como un animal que se acuesta a morir. Me quedo quieto observando su derrumbe con un afecto raro, casi compasivo. Los restos brillan como luciérnagas en agonía que aún creen que pueden iluminar el vacío. Me pregunto si la utopía verdadera sería igual de frágil. Me pregunto si el error está en la idea o en nuestras manos torpes.
Cuando el templo desaparece, queda un vacío tibio que palpita como un corazón sin dueño. Entro en él porque no tengo alternativa, y porque sospecho que la verdad vive aquí, en este hueco que no pretende ser más de lo que es. Siento mi cuerpo disolverse en vibraciones, como si el lenguaje se filtrara a través de mis huesos. ¿Qué soy cuando no persigo salvación? ¿Qué queda de mí cuando renuncio al deseo de un mundo sin fracturas?
Quizá la falsa utopía no sea un error, sino un recordatorio indulgente: no confíes en los paraísos empaquetados. No persigas jardines sin insectos. No aceptes como verdad lo que brilla demasiado. La única revelación soportable es esta: el mundo no necesita perfección, necesita conciencia. Y un poco de valentía para mirar el caos sin cerrar los ojos.