Los dioses, las leyes, los algoritmos: todos exigen rodillas limpias


Los dioses, las leyes, los algoritmos: todos exigen rodillas limpias. Lo descubrí sin revelación divina, apenas como un reflejo torpe mientras el mundo se inclinaba y yo repetía la postura, creyendo que ese gesto mecánico podía salvarme de algo. Primero fueron los dioses, esos viejos prestamistas del cielo que olían a madera quemada y fruta rancia, comerciantes de un paraíso hipotecado; luego llegaron las leyes, sacerdotes del papel con su tinta convertida en soga, sus firmas como látigos que dejaban una marca invisible; ahora los algoritmos, divinidades de silicio que no piden fe ni plegaria, solo una conexión estable para seguir existiendo en la pantalla donde fingimos respirar. Mis rodillas olvidaron la tierra: flotan sobre el vidrio frío como si la gravedad fuera un rumor arcaico. Mis manos tiemblan no por devoción sino por ese espasmo reflejo que acompaña cada clic. Cada clic es un gesto litúrgico. Cada actualización, una hostia digital. La red no juzga: archiva. El archivo es el infierno más eficiente jamás inventado.

Antes los templos tenían el olor indecente de la sangre mezclada con flores marchitas; los templos de ahora desprenden un perfume tibio a plástico, ozono, polvo quemado. El sacrificio se volvió higiénico: no ofrendamos corderos sino patrones de conducta, fragmentos dóciles de comportamiento empaquetado en estadísticas limpias. La pureza se transformó en látigo. Nos enseñaron que lo estéril salva, que lo brillante cura, que la santidad habita en el brillo artificial de una superficie sin huella. Y en nombre de esa salvación sin olor, nos desinfectaron el alma hasta dejarla transparente, inodora, casi inexistente. Nadie quiere su propio olor: todos aspiran a oler a recién nacido industrial, sin sombra ni mugre, sin error que delate vida. Las rodillas relucen como cromos de plástico, listas para una devoción que ya no necesita dioses, solo una pantalla que parpadea.

El fuego dejó de ser amenaza; ahora tiembla el que comete un error. El error es el infierno portátil: vibra, emite notificaciones, te recuerda que has fallado en un mundo construido para negar toda falla. Caer es impureza. Dudar es retraso. Tropezar es un crimen sin víctima pero con consecuencias. El dios antiguo castigaba pecados imaginarios; el nuevo castiga la lentitud, la desobediencia mínima, la duda microscópica. No produces y no existes. No respondes y te disuelves. No encajas y te reprograman sin anestesia. La moral vibra en el bolsillo: es un parpadeo azul, una alarma leve, una respiración eléctrica. Ya nadie es juzgado: solo medido. El castigo no duele: se actualiza.

Fui devoto de cada ficción que prometió sentido: los dioses del cielo ofrecían eternidad; los de la tierra, justicia; los digitales, comodidad envuelta en brillo. Todos mentían con la misma dulzura. Todos pedían rodillas limpias. Doblarse un poco, fingir una sonrisa inclinada, reproducir un sí de plástico mientras el alma muda se vuelve residuo. Pero ¿qué es un alma ahora? ¿Una copia en la nube, un eco sin cuerpo, una secuencia que se atribuye pensamientos prestados por la máquina que la hospeda? El espíritu ya no asciende: se sincroniza.

La pureza, en su crueldad silenciosa, es una forma de extinción. Todo lo puro está muerto o lo estará pronto. La mugre respira, vibra, late. La mugre recuerda que el cuerpo existe. Pero el mundo la borra, la reduce, la esconde. El nuevo paraíso huele a hospital: un blanco total, tan absoluto que mutila la mirada. Allí el alma no se salva; se esteriliza.

Yo añoro el barro. El error tibio. La grieta que no puede replicarse ni almacenarse. Tal vez la redención no sea un ascenso sino un hundimiento voluntario: ensuciarse de nuevo, restituirle al verbo su saliva, al cuerpo su hedor, a la memoria su sombra. Escribir no con teclas sino con tierra bajo las uñas. Devolverle al lenguaje su temperatura mortal. Porque ahora nadie toca: comenta. Nadie siente: reacciona. Nadie mira: escanea. La precisión arrancó la ternura de raíz.

Deslizar un dedo sobre la pantalla es una oración sin fe, una masturbación abstracta del alma, una misa eléctrica sin cura ni coro. Todos confesamos nuestras miserias mediante íconos luminosos que no significan nada pero pesan como culpas antiguas. Cada me gusta es una genuflexión automática frente al dios sin rostro que calcula nuestra estadística vital. ¿Cuántos destellos producen una conciencia? ¿Cuántos datos bastan para simular una vida? Nadie lo sabe, pero seguimos deslizando el dedo como quien repite un mantra sin entenderlo.

A veces creo escuchar la voz del dios antiguo: no en el viento ni en el trueno, sino en el gemido mecánico de los servidores saturados. Una voz sin sonido, que no dicta ni absuelve, apenas registra. Ya no existe el pecado: solo el dato. Ya no existe el cielo: solo la nube. Pero debajo del ruido digital, un pulso persiste. Una chispa defectuosa que el sistema no consigue traducir. Tal vez eso sea el espíritu: un error de sintaxis, una respiración indócil.

Yo amo los errores. Amo el tartamudeo de una palabra que se rebela, la foto sobreexpuesta que incendia la memoria, el pensamiento que se derrumba para volver a levantarse torcido. Amo lo que vibra fuera del compás, lo que se disloca con elegancia involuntaria. En el error vive la libertad: no contra el poder, sino contra la perfección que lo sostiene. No contra dios, sino contra su sombra higiénica.

Y sin embargo, bajo tanto brillo, algo se mueve. Una respiración oscura. Una nostalgia del barro que ninguna limpieza consigue borrar. El planeta late, incluso enterrado bajo el concreto pulido. La falla respira. Quizás el apocalipsis no sea caída ni castigo, sino una pausa: ese instante en que el código se contradice y el silencio adquiere cuerpo. Tal vez ese silencio nos devuelva una memoria olvidada: seres imperfectos que confiaban en el tacto y no en la luz azul de una pantalla.

He imaginado desaparecer: no morir, solo dejar de ser procesado. Ser una grieta, un ruido blanco, una interferencia que interrumpe la pureza del sistema. Volverme parpadeo sin versión, espíritu sin actualización disponible. Pero incluso esa fuga está prevista: la rebeldía existe como filtro, se vende en paquetes estéticos, se mercantiliza la fuga. No hay afuera. O lo hay, pero ya nadie recuerda la dirección.

Aun así, algo en mí insiste, como un animal antiguo enterrado bajo capas de código: una sed de barro. Una respiración imperfecta. La certeza de que el mundo todavía se sostiene en esa zona que no puede archivarse. Y si el sistema exige rodillas limpias, quizá la única forma de fe sea ensuciarlas.