El amor se ha ido y me dejó ciego
El amor se ha ido y me dejó ciego, no como una metáfora amable para que el lenguaje se sienta útil, sino como una falla real, eléctrica, un cortocircuito interno que dejó el mundo funcionando pero sin profundidad, como una ciudad vista desde una pantalla mal calibrada. Camino con los ojos abiertos y todo insiste en existir, pero nada se ofrece. Las cosas están ahí, alineadas, obedientes, perfectamente visibles y, sin embargo, no aparecen. No hay distancia, no hay relieve, no hay misterio. Antes bastaba un gesto para que el mundo respirara. Ahora todo respira solo, sin mí.
No hubo despedida. El amor no tiene esa cortesía. Un día estaba y ordenaba el caos con una eficacia sospechosa, y al siguiente ya no sostenía nada. No cayó una bomba. No se rompió ningún vidrio. El desastre fue silencioso, administrativo, como una actualización del sistema que nadie pidió. Seguía hablando, trabajando, comiendo, riéndome cuando tocaba, mientras algo se retiraba del centro y dejaba un hueco que no dolía de inmediato. La anestesia llegó primero. El dolor vino después, cuando ya no había a quién reclamarle.
El amor era una forma de ver. No una emoción, no una historia, no un refugio. Era un lente. Gracias a él, una calle no era solo una calle, un cuerpo no era solo materia organizada, una voz no era solo aire vibrando. Todo tenía una vibración extra, una especie de coherencia secreta. Sin ese campo, las cosas siguen ahí pero no se comunican entre sí. Yo tampoco. Miro mis manos y cumplen su función, pero no recuerdan nada. Toco objetos y me devuelven información, no presencia. ¿En qué momento el mundo se volvió un inventario?
La ceguera no es oscuridad. Eso es una mentira romántica para gente que todavía cree en la pedagogía del sufrimiento. La ceguera es saturación. Demasiadas formas sin jerarquía. Demasiadas señales sin centro. Un exceso de claridad que no conduce a ninguna parte. Todo está iluminado y nada importa. La mente gira, busca profundidad, intenta agarrarse de algo, pero resbala. No hay abismo. Hay planicie infinita. Y la planicie cansa más que el vacío.
A veces pienso que el amor no se fue, que simplemente dejó de funcionar, como una droga que pierde efecto después de abusarla demasiado. Quizás nunca fue lo que creí. Quizás solo era una coreografía química, una ficción bien sincronizada para no enfrentar esta intemperie básica que ahora se impone sin anestesia. Pero si era solo un truco, ¿por qué al desaparecer deja este desorden perceptivo? ¿Por qué el cuerpo lo recuerda como si hubiera sido real? El cinismo no explica nada, solo protege.
Me hablaron de aceptación, de procesos, de soltar, de iluminación posterior a la pérdida. Escuché todo eso con educación, como quien escucha instrucciones para armar un mueble que ya sabe que no va a sostener peso. No hay revelación. No hay aprendizaje. Hay adaptación forzada. Hay una conciencia que aprende a moverse sin uno de sus sentidos principales. Eso no vuelve a nadie sabio. Vuelve funcional. Y lo funcional es una forma discreta de la derrota.
La ironía apareció como reflejo. No como risa, sino como defensa. Una carcajada interna, seca, sin sonido, dirigida contra mí mismo, contra la solemnidad de haber creído que esto tenía un sentido garantizado. Me río porque no hacerlo sería volver esto un ritual serio, y ya aprendí que el universo no respeta los rituales humanos. El humor negro no cura, pero desinfecta. Permite tocar la herida sin fingir que va a cerrar.
Escribo porque no veo. No para explicar, no para sanar, no para dejar constancia moral. Escribo como quien palpa una pared en una casa desconocida para no caer por las escaleras. El lenguaje no aclara. Raspa. Tropieza. Se equivoca. A veces roza algo y se quema. Otras veces no toca nada y sigue avanzando por pura inercia. Cada frase es un intento torpe de recuperar una vibración perdida, no la verdad. La verdad es un lujo de los que todavía creen.
El amor se ha ido y me dejó ciego, sí, pero también me dejó despierto de una forma incómoda, sin consuelo, sin relato, sin la música de fondo que hacía tolerable la escena. Camino entre los otros y nadie nota la catástrofe. Tal vez todos están ocupados sosteniendo la suya. Tal vez esto siempre fue así y el amor solo era una venda luminosa, una distorsión necesaria para no ver demasiado pronto.
Sigo avanzando. No por esperanza, no por fe, no por promesa. Avanzo porque detenerse sería aceptar que esta ceguera es definitiva, y todavía no estoy dispuesto a concederle ese triunfo. Escribo. Camino. Respiro. No para salvarme, no para encontrar sentido, sino para dejar ruido, fricción, un rastro incómodo en medio de esta claridad estéril. Aunque no vea, aunque no entienda, aunque el amor no vuelva, este movimiento basta para no desaparecer del todo.