De camino hacia ningún lugar


Camino sin mapa y sin disculpas, como quien abandona una fiesta antes de que comiencen los discursos, y el asfalto me recibe con su lengua caliente y su indiferencia perfecta, porque la ciudad no bendice ni condena, solo mastica cuerpos y escupe horarios, y yo decido no ser horario sino pulso, no ser meta sino fricción, y avanzo mientras los edificios se desperezan con sus ventanas enfermas y los buses escupen humo como bestias industriales recién paridas por un dios contable, y la gente corre con el alma grapada a una tarjeta magnética, con los ojos hundidos en pantallas que prometen sentido en cuotas mensuales, y yo, que no tengo destino ni plan de pensiones ni fe en la línea recta, me deslizo entre ellos con una sonrisa torcida, preguntándome quién fue el genio que convenció a la especie de que llegar es más digno que caminar, quién vendió la idea de que la vida es una autopista y no esta deriva magnífica y sucia donde cada paso resuena como tambor mínimo, jazz de suela contra pavimento, sincopa obstinada que desafía la tiranía del reloj.

El cuerpo protesta, claro que protesta, el frío entra por las uñas y el hambre afina la percepción como navaja recién pulida, pero esa incomodidad me vuelve real, me recuerda que no soy concepto sino carne, no teoría sino respiración con olor a café barato y nicotina, y cuando apoyo la palma en una pared descascarada no pienso en metáforas sino en textura, en polvo que se adhiere a la piel como un pacto silencioso con la materia, porque la realidad no necesita adornos, necesita atención, y yo la miro sin pedirle moraleja, la miro como se mira un animal salvaje que podría morder o simplemente ignorarte, y en ese gesto hay una libertad que ninguna oficina puede ofrecerme, ninguna luz blanca de cubículo que esteriliza la imaginación hasta convertirla en informe trimestral.

Entro a un bar antes de que el día termine de fingir entusiasmo y pido una cerveza como quien pide absolución sin sacerdote, la espuma se derrama con dignidad efímera y observo a los hombres con corbata floja y a las mujeres que sostienen la paciencia como si fuera un bolso caro, todos mirando sus teléfonos como si esperaran un mensaje que justifique su existencia, ¿qué esperan exactamente, un milagro con emoticones?, y me río sin crueldad pero sin indulgencia, porque también yo he esperado señales del cielo, también yo he querido que alguien me diga que este vagabundeo tiene propósito, pero el cielo guarda silencio profesional y la única respuesta es el sorbo amargo que baja por la garganta y me recuerda que estoy vivo sin garantía de nada, y esa ausencia de garantía es más honesta que cualquier promesa.

Salgo otra vez y la ciudad ya no es escenario sino organismo, respira por las alcantarillas, late en los cables eléctricos, suda anuncios luminosos que parpadean como párpados insomnes, y siento que camino dentro de una criatura gigantesca que no sabe que existo, o peor, que lo sabe y no le importa, y esa indiferencia me resulta extrañamente consoladora, porque si el universo no gira en torno a mí entonces puedo fracasar sin tragedia, puedo perder sin épica, puedo ser un punto microscópico en la expansión absurda de galaxias que giran con elegancia brutal, y sin embargo cada paso que doy altera algo invisible, una vibración mínima en la red secreta de lo real, como si el pensamiento fuera chispa que modifica la trama y el lenguaje una herramienta alquímica capaz de transformar el plomo del tedio en oro respirable.

La anarquía que practico no necesita pancartas, aunque a veces imagine incendios con una ternura peligrosa; es más simple y más feroz: no obedecer la narrativa obligatoria, no arrodillarme ante la meta, no aceptar que el rendimiento sea virtud suprema, caminar despacio en una ciudad que idolatra la velocidad, detenerme cuando todos corren, mirar cuando todos bajan la cabeza, ¿no es eso una forma de sabotaje?, ¿no es más subversivo desactivar el engranaje que romperlo a martillazos?, y mientras avanzo siento que el yo se afloja como tornillo oxidado, que mi nombre pierde peso, que la biografía se vuelve rumor distante, y quedo reducido a respiración, a pulso, a esta conciencia que se mezcla con el neón y el ruido y termina por no saber si piensa la ciudad o si la ciudad la piensa.

Hay momentos en que el cinismo intenta gobernarme, cuando veo la miseria repetirse como estribillo mal compuesto y la riqueza blindarse tras vidrios polarizados, cuando la desigualdad exhibe su obscenidad con naturalidad obscena, y quisiera escupir sobre todo, declararlo farsa definitiva, pero entonces una anciana arrastra bolsas con una paciencia que parece cósmica, un perro callejero me mira con ojos que no exigen nada, un adolescente besa a su novia como si el mundo fuera a extinguirse en cinco minutos, y algo en mí se ablanda sin sentimentalismo, una grieta mínima por donde entra una luz modesta, casi clandestina, y comprendo que la ternura no contradice la rabia, la afina.

La noche cae y el cielo se abre con cicatrices blancas que atraviesan la oscuridad, la Vía Láctea extendida como recordatorio de que somos polvo organizado por accidente magnífico, y me pregunto si algún sentido es necesario cuando el espectáculo es tan vasto, si la pregunta misma no es ya una forma de arrogancia, y sigo caminando mientras el saxofón imaginario en mi cabeza improvisa sobre la nada, notas largas, luego golpes secos, silencio abrupto, respiración, porque la vida no es sinfonía clásica sino jazz mal pagado en un sótano húmedo donde cada error se convierte en estilo si se sostiene con suficiente convicción.

El hambre vuelve, el frío muerde, el cansancio pesa en las rodillas, y sin embargo hay una claridad incómoda que me atraviesa: ningún lugar no es vacío sino apertura, no es fracaso sino territorio sin cercas, y en ese territorio puedo ser tránsito puro, sin héroe ni víctima, sin moraleja ni recompensa, solo movimiento que se sabe finito y por eso arde, y mientras la madrugada desinfecta las calles con su luz pálida me detengo un instante, no para concluir nada, no para reconciliarme con el cosmos ni declararme salvado por la intemperie, sino para escuchar el silencio que queda después del último paso, un silencio que no promete destino ni descanso, solo otra superficie por pisar, otro latido por gastar, y entonces avanzo de nuevo, no hacia algo, no desde algo, sino dentro de este incendio lento que llamamos mundo, con la sospecha deliciosa de que perderse es la única forma decente de estar vivo.