Días lejanos, días del olvido


Los días lejanos no están detrás de mí, están debajo sosteniendo el suelo por pura terquedad, y camino sobre ellos con una mezcla de reverencia y asco porque sé que si escarbo demasiado encontraré no una verdad luminosa sino restos mal enterrados, promesas rotas, frases heroicas que hoy me suenan a propaganda barata; me gusta pensar que fui valiente, que cada gesto tuvo sentido, pero la memoria es una editora borracha y yo le pagué para que mejorara el guion, así que ahora no sé si aquel día en que juré incendiar el mundo fue épico o simplemente ridículo, un muchacho flaco gritando contra edificios que ni siquiera sabían que existía, y sin embargo algo ardía, algo real, un pulso eléctrico que me decía que el orden era una broma pesada y que la obediencia era una enfermedad contagiosa, y yo, con mis botas gastadas y mi fe mal aprendida, quería contagiarme de otra cosa, de caos, de lucidez, de una libertad que no cupiera en formularios; ¿qué queda de ese fuego?, ¿ceniza o todavía brasa?, porque a veces siento que lo que llamo pasado no es más que un mito que fabrico para no aceptar que he envejecido un poco, que ahora pago cuentas, que ahora dudo antes de saltar, y esa duda me parece traición y también inteligencia, una mezcla incómoda que no sé cómo justificar sin mentirme.

Hubo noches concretas, demasiado concretas para ser metáfora, noches en que la ciudad olía a cerveza derramada y a gasolina, y yo hablaba de revolución mientras apenas podía mantenerme en pie, noches en que creí que besar a alguien era un acto político y que escribir una frase honesta equivalía a dinamitar un banco, y tal vez era ingenuo, tal vez era hermoso, tal vez ambas cosas, porque la ingenuidad tiene una pureza que la experiencia mutila con eficiencia; recuerdo un baño sucio, azulejos manchados, mi reflejo pálido mirándome como si ya supiera que el mundo no se rompe tan fácil, que el sistema no se derrumba porque un puñado de jóvenes decidan odiarlo con intensidad poética, y aun así volví a la calle, volví a gritar, volví a amar con una desesperación casi religiosa, porque si no creía en algo me deshacía, y prefería equivocarme que acertar con sumisión.

El problema es que los días lejanos no permanecen intactos, mutan cada vez que los recuerdo, cambian de color, de temperatura, de significado, y yo colaboro con esa mutación porque necesito que encajen en la versión actual de mí mismo; soy mi propio falsificador, el curador de un museo interior donde las piezas se restauran según el ánimo del día, y lo sé, lo admito, a veces exagero mi dolor para sentirme profundo, a veces exagero mi rebeldía para no aceptar que también he disfrutado la comodidad, que también he callado cuando hablar implicaba perder algo más que dignidad; esa es la parte que incomoda, la que rompe la pose y la deja en ropa interior frente al espejo: no siempre fui valiente, no siempre fui lúcido, a veces fui cobarde, a veces fui mediocre, y el olvido me ayuda a no repetir esa escena con demasiada nitidez.

Porque el olvido no es enemigo, es cómplice, un cirujano clandestino que extirpa lo que amenaza con pudrirse dentro de la conciencia, pero trabaja sin anestesia y sin ética, borra también lo que amabas, lo que te definía, lo que te hacía distinto, y despiertas una mañana sin recordar la risa exacta de alguien que juraste eterno, y sientes un hueco leve, soportable, casi práctico, y eso te aterra más que el dolor mismo, porque significa que nada es imprescindible, que incluso las pasiones más incendiarias pueden volverse nota al pie; me pregunto si olvidar es traicionar o si es simplemente adaptarse, si la mente actúa como un organismo que poda sus propias ramas para no colapsar bajo el peso de demasiados inviernos, y entonces mi drama pierde grandilocuencia y se vuelve biología pura, impulso eléctrico, química cerebral intentando sobrevivir al exceso de historia.

A veces me burlo de mí mismo, del tono solemne con el que analizo mis ruinas, porque hay algo cómico en este intento de convertir cada fracaso en símbolo, cada resaca en epifanía, como si la conciencia fuera un escenario y yo necesitara aplausos invisibles; la verdad es más cruda: hubo días lejanos en que simplemente fui un hombre perdido, sin metáfora, sin trascendencia, mirando el techo y preguntándome si todo este teatro valía el esfuerzo, y no había respuesta cósmica, no había iluminación súbita, solo el zumbido del refrigerador y el cansancio acumulado en los huesos; esa escena también es parte del archivo, aunque mi orgullo prefiera archivarla bajo “material descartado”.

Sin embargo, algo persiste, una corriente subterránea que no se deja domesticar, una sospecha de que la realidad es más porosa de lo que parece, que cada recuerdo altera no solo mi narrativa sino el tejido mismo de lo que soy, como si la conciencia fuera un campo vibratorio donde pasado y presente dialogan en secreto, y en ese diálogo descubro que no soy una línea recta sino un pliegue, una superposición de edades, un coro desafinado que insiste en cantar; el muchacho que quería incendiarlo todo sigue aquí, aunque ahora se ría de su propia épica, aunque haya aprendido que la anarquía más difícil no consiste en romper vitrinas sino en desmontar las cárceles internas, esas voces que repiten consignas heredadas y las confunden con identidad.

La ciudad, testigo indiferente, continúa su rutina mecánica, luces que se encienden, oficinas que absorben cuerpos, pantallas que dictan deseos, y yo camino entre esa coreografía con la sensación de que cada día podría ser intercambiable con el siguiente, producción, consumo, repetición, una cinta transportadora que promete sentido a cambio de obediencia; ahí el olvido se vuelve herramienta del sistema, saturación que impide profundidad, ruido que reemplaza experiencia, y me descubro luchando no solo contra mis propios fantasmas sino contra una maquinaria que prefiere ciudadanos amnésicos, sujetos ligeros, sin memoria crítica ni rabia sostenida, y entonces la vieja furia regresa, no tan ingenua pero todavía viva, recordándome que la resistencia empieza por negarse a olvidar lo esencial, aunque duela, aunque incomode.

Y aun así, incluso esa resistencia necesita descanso, necesita silencio, porque nadie soporta el peso total de todos sus días, nadie puede cargar cada error, cada amor, cada pérdida sin volverse estatua, y yo no quiero ser monumento de mi propia tragedia; prefiero ser proceso, movimiento, improvisación constante, un solo de saxofón que se equivoca y corrige en tiempo real, que desafina y encuentra otra tonalidad, que acepta que el final no será una conclusión gloriosa sino una disminución gradual del volumen, una retirada casi imperceptible hacia el margen.

Los días lejanos seguirán ahí, mutando bajo mis pasos, y los días del olvido harán su trabajo silencioso, arrancando etiquetas, desmantelando mitos, dejándome más ligero y también más incierto, y tal vez esa incertidumbre sea la única forma honesta de vivir, sin dogmas fijos, sin identidad blindada, con una sensación íntima que no necesita pancartas porque ocurre en la estructura misma de la percepción; si mañana olvido incluso estas palabras, incluso esta confesión incendiaria, no será derrota sino continuidad, otra vuelta del espiral, otro acorde en esta música desordenada que llamo vida, y mientras haya pulso, mientras haya conciencia dispuesta a mirarse sin demasiada piedad, el olvido no será tumba sino transformación, y el pasado, lejos de ser cárcel, será materia en combustión lenta, lista para arder otra vez cuando el aire lo permita.