La urgencia o la soledad
Salgo a la calle con el estómago vacío y un café que sabe a ceniza dulce, el aire tiene olor a gasolina y pan recién horneado, una mezcla indecente que resume la civilización, y camino rápido, demasiado rápido, como si alguien me persiguiera, aunque no hay nadie, solo pantallas reflejadas en los rostros, gente que avanza mirando hacia abajo, iluminados por su propio pequeño oráculo portátil, todos conectados, todos aislados, todos urgidos, y me dan ganas de gritarles que se detengan, que miren el cielo gris que no promete nada y sin embargo existe, pero no digo nada porque yo también miro mi pantalla, yo también actualizo, respondo, publico, me indigno con disciplina, optimizo mi rabia, administro mi tristeza como si fuera una empresa personal, soy mi propio jefe explotador, me exijo producir sentido, producir presencia, producir deseo, y mientras tanto algo dentro de mí bosteza, un animal antiguo que no entiende de notificaciones y solo quiere silencio, pero el silencio asusta, el silencio no da likes, el silencio no paga el alquiler.
He probado la otra estrategia, he llenado la agenda hasta que no cabe un hueco donde quepa una pregunta, he aceptado invitaciones que no me interesaban, he hablado de revolución entre cervezas tibias y humo denso, he prometido incendiar el sistema desde una mesa pegajosa, he besado bocas que sabían a madrugada y desesperación, he reído fuerte para que nadie sospeche que por dentro algo cruje, y durante unas horas la urgencia se disfraza de vida intensa, de movimiento, de pertenencia, pero cuando regreso a mi habitación, cuando la puerta se cierra y el ruido queda del otro lado, la soledad se sienta frente a mí sin maquillaje, sin filtros, y me mira con una calma insoportable, no me acusa, no me consuela, simplemente está, como un perro callejero que me siguió hasta casa y ahora espera que decida si lo dejo entrar o lo espanto con una patada.
La primera vez que me quedé a solas sin música, sin pantalla, sin distracciones, sentí que el techo descendía lentamente, que las paredes respiraban demasiado cerca, que mi propia mente era una fábrica descontrolada de pensamientos repetidos, frases ajenas, consignas heredadas, opiniones que nunca examiné, y quise huir, quise encender algo, cualquier cosa, para no escuchar esa maquinaria interna, pero resistí, me quedé sentado en el suelo frío, con la espalda contra la pared descascarada, y observé cómo la urgencia se agitaba como un insecto atrapado bajo un vaso, pedía movimiento, pedía acción, pedía ruido, y yo no hice nada, absolutamente nada, y en esa inacción mínima, casi ridícula, comenzó a abrirse un espacio extraño, un claro en medio del bosque mental, una zona donde la respiración tenía peso propio y el tiempo se estiraba como chicle viejo, y entonces entendí que la soledad no era ausencia sino exceso, exceso de conciencia, exceso de presencia, una expansión que asusta porque no hay dónde esconderse.
No me conviertas en santo de barrio, no soy un iluminado con botas rotas, soy contradictorio hasta el cansancio, quiero desaparecer del espectáculo y al mismo tiempo quiero que alguien note mi ausencia, quiero dinamitar las vitrinas del consumo y también quiero que mi libro se venda, quiero apagar el celular y sueño con que alguien insista en llamarme, ¿qué clase de rebelde necesita testigos?, me río de mí mismo, me sirvo otro café, enciendo un cigarro que prometí dejar, la ceniza cae sobre el suelo como nieve sucia, y pienso que tal vez la anarquía no consiste en quemar edificios sino en desobedecer esa voz interna que repite produce, responde, compite, tal vez la verdadera insurrección sea no participar en la carrera, no opinar sobre todo, no convertir cada emoción en mercancía, tal vez la revolución más radical sea quedarse quieto cuando el mundo exige movimiento.
Camino otra vez por la ciudad y la veo distinta, no más lenta, pero sí más desnuda, los anuncios brillan como evangelios luminosos, las pantallas gigantes prometen felicidad instantánea, cuerpos perfectos, viajes perfectos, vidas perfectamente urgentes, y debajo de esa coreografía de neón, veo a la gente sosteniendo bolsas, sosteniendo hijos, sosteniendo cansancio, todos tratando de escapar de algo que no tiene forma, ¿escapamos de la soledad o escapamos de encontrarnos en ella?, un mendigo duerme junto a un banco y su quietud tiene más dignidad que todas nuestras carreras, un perro callejero cruza la avenida sin mirar el semáforo y por un segundo envidio su indiferencia hacia nuestras reglas invisibles, su manera simple de existir sin justificarse.
A veces imagino que un día se corta la electricidad y la ciudad queda en penumbra, sin pantallas, sin altavoces, sin notificaciones, solo el sonido real de la respiración colectiva, un murmullo profundo, casi oceánico, y en esa oscuridad forzada la urgencia pierde su escenario, ya no puede exhibirse, ya no puede disfrazarse de necesidad histórica, y entonces la soledad se vuelve común, compartida, una plaza silenciosa donde cada uno escucha por primera vez su propio latido sin interferencias, y quizá descubramos que no estamos tan separados como creíamos, que la distancia era ruido, que el aislamiento era coreografía aprendida.
No idealizo nada, la soledad también corta, también hiere, también revela zonas que preferiría no mirar, muestra mi mezquindad, mi deseo de aprobación, mi miedo a ser irrelevante en un universo que no pide mi opinión para girar, y esa revelación no es dulce, es áspera, tiene sabor a hierro, pero al menos es mía, no fue patrocinada por nadie, no viene con publicidad integrada, es una verdad pequeña y feroz que se sostiene sola, sin aplausos.
Vivo entonces en esa tensión, entre la urgencia que me empuja como un gerente invisible y la soledad que me llama como un cuarto sin muebles, entre el deseo de incendiarlo todo y la intuición de que el incendio más efectivo ocurre en silencio, cuando uno se niega a obedecer la prisa, cuando uno respira lento en medio del tráfico y decide no correr, no competir, no justificar cada segundo, y quizá no haya elección definitiva, quizá la urgencia y la soledad sean dos caras del mismo animal, quizá necesite del ruido para apreciar el silencio y del silencio para no enloquecer con el ruido, camino con esa sospecha pegada al pecho, como una bomba que no explota ni se desactiva, una bomba suave que late, y mientras la ciudad acelera y el neón parpadea y el perro callejero vuelve a cruzar la calle sin pedir permiso, yo sigo andando, sin saber si estoy escapando o regresando, si estoy perdiéndome o por fin empezando a estar.