Perdido
Camino sin mapa porque el mapa es una forma de obediencia y hoy no tengo vocación de empleado del destino, camino con los cordones medio sueltos y el estómago negociando con el café, la ciudad se levanta frente a mí como una fábrica de certezas prefabricadas y yo avanzo con la sospecha de que cada paso es una pequeña traición al orden que me diseñaron en la escuela cuando me enseñaron a colorear dentro de líneas invisibles, y mientras cruzo la avenida siento el ruido pegado a los tímpanos como si alguien estuviera lijando el aire, motores, pantallas, anuncios que prometen una felicidad en cuotas, y pienso que tal vez perderse no sea extraviarse sino desertar del trazado oficial, pero apenas formulo esa idea me río de mí mismo porque suena demasiado brillante, demasiado limpia, y yo no estoy limpio, tengo sudor en la espalda y una resaca leve que me recuerda que anoche también intenté entender el universo desde una mesa pegajosa.
La ciudad no es metáfora, es concreto húmedo bajo la suela, es un perro husmeando en bolsas negras, es un hombre que grita ofertas con voz rota mientras la multitud lo atraviesa como si fuera un error tipográfico, y yo camino entre ellos sin saber si soy distinto o solo otro espécimen con delirios de excepción, porque decir que estoy perdido puede ser otra forma de sentirme especial en medio del rebaño, y esa posibilidad me incomoda más que el tráfico, ¿y si mi anarquía es apenas una pose con chaqueta de cuero invisible?, ¿y si mi rechazo al sistema cabe perfectamente dentro del sistema como una versión alternativa de consumo?, la ciudad parece escuchar mis dudas y me lanza un cartel luminoso en la cara, sonríe con dientes de neón, me ofrece identidad en promoción, rebeldía empaquetada, camisetas con frases incendiarias fabricadas en serie, y siento ganas de aplaudir la ironía porque el monstruo es eficiente, absorbe hasta la rabia y la convierte en mercancía.
Doblo por una calle más estrecha donde las paredes sudan grafitis que nadie terminó de borrar, consignas medio muertas, nombres tachados, fechas que ya no importan, y paso la mano por el muro como si tocara una cicatriz colectiva, la pintura descascarada se me queda en los dedos y por un instante el cuerpo entiende lo que la cabeza complica: aquí hubo alguien que gritó sin micrófono, alguien que escribió contra la noche sin esperar respuesta, y esa huella mínima me conmueve más que cualquier tratado sobre libertad, porque no explica nada, solo insiste, y yo sigo avanzando con esa palabra sin dueño vibrando en la palma, libertad, libertad, pero no como concepto sino como raspadura, como herida pequeña que no cierra del todo.
Entro en un bar donde la luz es amarilla y cansada, me siento frente a una mesa que podría contar historias si no estuviera cubierta de vasos mal lavados, pido algo fuerte no para olvidar sino para sentir el golpe claro en la garganta, y observo a los otros que beben en silencio, trabajadores que mañana ficharán su presencia en edificios donde el tiempo se vende por horas, estudiantes que sueñan con escapar y terminarán administrando su propia jaula con decoración minimalista, parejas que discuten con ternura burocrática, y me pregunto quién está más perdido, si ellos que saben a qué hora deben despertar o yo que no tengo despertador ideológico pero tampoco plan, y la pregunta me atraviesa como un acorde mal afinado, porque tal vez el extravío no sea valentía sino incapacidad de adaptarse, tal vez no soy rebelde sino torpe, y esa sospecha me resulta extrañamente liberadora.
Salgo otra vez a la noche y la ciudad respira sobre mi nuca como una amante tóxica que no termina de abandonarme, me susurra atajos, me ofrece taxis, me promete pertenencia si acepto sus reglas mínimas, y por un momento siento la tentación de rendirme, de alquilar una identidad estable, de convertirme en pieza funcional del engranaje que tanto critico, sería más fácil, menos incómodo, menos incierto, pero algo en el pecho se niega, no con épica sino con terquedad animal, y sigo caminando sin dirección clara, cruzo cuando el semáforo aún está en rojo solo para comprobar que puedo, me detengo en medio de la acera cuando todos avanzan, observo el cielo que apenas asoma entre cables y antenas como una herida oscura en la arquitectura, y me pregunto si no será que la ciudad existe porque la miramos, si no será que este laberinto se alimenta de nuestra atención disciplinada.
A veces me hablo en segunda persona para no disolverme del todo: caminas, te dices, caminas porque quedarte quieto sería aceptar que te clasificaron, que te asignaron coordenadas, caminas porque cada esquina es una posibilidad que nadie programó, aunque luego recuerdas que casi todo está programado, incluso tus desvíos, incluso esta fantasía de ruptura, y te dan ganas de escupir al suelo no por desprecio sino por honestidad, porque el cuerpo también necesita votar en contra, y mientras avanzas sientes que el yo se vuelve poroso, que ya no eres individuo sólido sino flujo mezclado con ruido de motores, con conversaciones ajenas, con la vibración eléctrica de postes y cables, y hay un instante en que no sabes si estás pensando la ciudad o la ciudad te está pensando a ti, si tu conciencia es un cuarto alquilado dentro de su cráneo de concreto.
La noche avanza y las luces se encienden como constelaciones domesticadas, autos que pasan como estrellas cansadas repitiendo órbitas previsibles, y algo dentro de mí se aquieta no porque haya encontrado sentido sino porque acepto la falta de ella como quien acepta el clima, sin dramatismo, sin redención, simplemente está, este caos organizado, esta coreografía absurda donde todos fingimos saber hacia dónde vamos mientras el universo gira sin consultarnos, y me detengo en una esquina cualquiera, miro mis manos y entiendo que estar perdido no es una categoría moral ni un destino romántico, es un estado de fricción permanente con el guion que otros escribieron, una forma de anarquía mínima que no necesita pancartas porque ocurre en la elección microscópica de no encajar del todo.
La ciudad sigue ahí, inmensa, indiferente, ofreciéndome trabajo, amor, distracción, sentido empaquetado, y yo sigo aquí, caminando con esta mezcla de lucidez y duda, de mística callejera y sarcasmo, sin mapa y sin garantía, sabiendo que tal vez mañana acepte alguna de sus ofertas y me vuelva más dócil de lo que ahora imagino, pero esta noche no, esta noche me permito el lujo precario de no pertenecer del todo, de existir en la grieta, en la interrupción, en ese espacio incómodo donde la identidad no termina de cerrarse, y mientras el semáforo cambia de color sin preguntarme nada doy un paso más, no hacia un destino, sino hacia la intemperie.