Madre
Madre no es una palabra: es una fisura que aprendí a pronunciar sin hacer ruido, como quien esconde un crimen en la lengua. La digo y algo se inclina dentro de mí, un eje secreto que se desajusta apenas, como si el mundo recordara una versión anterior de sí mismo donde yo todavía no era yo sino una extensión tibia, una hipótesis respirando en su sombra. ¿Qué nombro cuando digo Madre, una mujer o una ley de gravedad afectiva que me sigue doblando incluso cuando huyo? Recuerdo sus manos no por su forma sino por su efecto: hacían del caos una superficie habitable, como si el desastre fuera una mesa bien puesta. Pero en ese gesto había una precisión peligrosa, una manera de ordenar lo informe que también me delimitaba, como si cada caricia fuera un mapa y yo apenas el territorio que debía obedecerlo.
El amor materno no es esa miel que venden en los discursos, es más bien un mecanismo complejo, casi quirúrgico, que protege mientras talla, que abriga mientras corrige. Me cuidaba, sí, pero también me editaba, como si yo fuera un borrador demasiado salvaje para el mundo. ¿Te das cuenta de que la ternura también domestica, que el abrazo puede ser una forma de contención? Nadie sospecha del calor, nadie desconfía de la voz que dice “todo está bien” mientras reorganiza silenciosamente tu manera de existir. Yo crecí dentro de esa pedagogía sin teoría, donde cada gesto tenía consecuencias invisibles, donde aprender a ser era aprender a caber.
Luego la grieta, ese momento en que la madre deja de ser infinita y no por eso deja de ser necesaria. La descubro dudando, cansada, improvisando respuestas con una fe que ya no le pertenece del todo. El primer dios que conocí no muere, se humaniza, que es peor: sigue ahí, pero ahora sangra. ¿Qué haces con un origen que se equivoca? ¿Lo reduces, lo perdonas, lo conviertes en otra cosa? Yo la miré demasiado tiempo, como quien espera que una estatua vuelva a piedra después de haberla visto moverse. Y no volvió. Se quedó en ese estado incómodo: suficientemente real para doler, demasiado cercana para olvidar.
Intenté pensarla como principio, como una estructura mayor que atraviesa cuerpos y biografías, algo así como una matriz que se repite con distintas máscaras. La madre como energía, como función, como ese impulso absurdo de sostener lo que inevitablemente va a caerse. Pero esa idea se rompe cuando aparece el detalle: su voz cortando el aire de la cocina, el ruido de un plato mal puesto, el silencio espeso que se instalaba cuando algo no tenía nombre. Ahí no hay teoría que aguante. Ahí el amor se vuelve material, casi sucio, lleno de pequeñas imperfecciones que lo hacen insoportablemente verdadero.
Me separo, hago lo que todos hacen: invento distancia, construyo un yo con pretensiones de independencia, como si la identidad fuera una casa que se levanta lejos del incendio. Pero siempre queda humo. Algo se filtra, una repetición mínima en los gestos, una forma de mirar, de sostener, de callar. ¿Es eso herencia o contagio? ¿Es amor o una técnica aprendida sin consentimiento? A veces sospecho que nunca salí de ahí, que todo esto es una variación sofisticada del mismo vínculo, una fuga que se escribe en círculo.
En medio de ese bucle, aparece una especie de lucidez incómoda: la madre no termina en ella, se desplaza, se infiltra, se replica. Está en la manera en que intento cuidar a otros, en ese impulso ridículo de querer salvar lo que claramente no tiene salvación. Como si hubiera heredado no su historia, sino su mecanismo interno, su manera de insistir incluso cuando todo indica que no vale la pena. ¿Te das cuenta? No era un origen, era un dispositivo.
Madre ya no es un punto de partida, es una vibración persistente, un eco que no repite sino que transforma. La llevo como se lleva una cicatriz que no duele pero tampoco desaparece, una marca que no pide explicación porque funciona sola. Y lo más extraño, lo más incómodo, es esto: incluso ahora, incluso entendiendo su trampa y su belleza, sigo pronunciando esa palabra con una especie de fe residual, como si dentro quedara algo intacto, algo que no se deja analizar ni destruir.
Algo que insiste.
Algo que, contra toda lógica, todavía sostiene el mundo mientras yo finjo que camino solo.