Quema mi nombre


El fuego me atraviesa y me desea. Me mastica y me escupe. Cada letra que digo sangra antes de tocar la boca. Tal vez alguna vez fui mío, pero ya no. Me llamo y me niego al mismo tiempo. La lengua se desgarra. Cada sílaba es un mordisco que no puedo tragar. Tal vez alguien más pronuncie mi nombre y yo desaparezca, y aun así lo escucho crecer dentro de mí. No quiero escucharlo. Pero se adhiere. Se pega a los dedos, se esconde en la nuca, me sigue.

Polvo. Gasolina. Gente que bosteza fuego. Cada paso rompe el cemento y hace vibrar los vidrios. Mi sombra se arrastra, se quiebra, se multiplica. Alguien pronuncia un nombre que no es el mío y tiemblo. Quiero ignorarlo, quiero desaparecer, quiero abrazarlo. Un perro ladra demasiado cerca. Sus dientes se clavan en el aire. Todo lo que veo huele a incendio. Todo me quema.

No hay rescate. Todo lo que llamamos verdad es un delirio. Pienso en ti, en otros, en mí, y cada pensamiento es una grieta en el cráneo. Nombrar es traición. Pronunciar es una herida que sangra en la lengua. Me pregunto si alguna vez mi nombre fue mío o solo un fantasma que aprendió a seguirme. Me duele respirar y pensar al mismo tiempo. El mundo tiembla, yo tiemblo, y aún así intento sostener un nombre que no me sostiene.

Quiero arrojarlo al fuego. Beberlo. Vomitarlo. Hacer que no quede nada. Lo escribo, lo digo, y aparece en los espejos, en los edificios, en las grietas de la palabra ajena. Se convierte en un fantasma que no puedo expulsar. Cada sílaba sangra, cada letra arde. Quiero destruirlo y al mismo tiempo quiero abrazarlo. Lo odio y lo deseo, y me odio por sentir ambas cosas.

Me arrastro por la ciudad y cada nombre que escucho es un cuchillo invertido. La gente cree que sus palabras no duelen. Yo sé que duelen. Se clavan en hombros, en espalda, en uñas. Mi nombre es un incendio que no puedo apagar. Lo intento, lo niego, lo maldigo. Pero late. Me quema la nuca, la lengua, los dedos. Todo arde y todo me atraviesa.

Tal vez quemar mi nombre sea un acto de amor. Tal vez el fuego no borre, tal vez revele. Quema mi nombre y verás lo que queda: carne que respira, carne que insiste, carne convertida en llama. O tal vez no quede nada, y eso también sea hermoso, porque la belleza nunca estuvo en el nombre sino en la imposibilidad de poseerlo.

Sigo caminando. Mi nombre arde. No sé si me libero o desaparezco. Todo es real y falso al mismo tiempo. El fuego se cuela por los ojos y los labios. Sonrío aunque no quiero. En la sonrisa hay un secreto que no se pronuncia. Quema mi nombre. Observa cómo el aire se quiebra, cómo el mundo tiembla, cómo yo me deshago y me rehago en cada centella.

Mi nombre: ceniza. Dolor. Incendio que no deja nada. Que deja demasiado.