El cigarrillo es el único terapeuta que no te interrumpe
Quizá por eso fumar se parece tanto a conversar con un dios que hubiera perdido la fe en sus criaturas. Uno enciende y el humo comienza a construir una arquitectura provisional alrededor del rostro; por unos segundos el cuarto parece tener paredes, el silencio adquiere muebles, la soledad deja de ser una abstracción y se vuelve materia respirable. Qué extraña máquina somos: necesitamos destruir algo para sentir que estamos acompañados. El fuego cabe entre dos dedos y, sin embargo, contiene una liturgia entera. Aspirar. Retener. Soltar. Repetir. El cuerpo como templo mecánico, el pulmón como sacerdote fatigado, la ansiedad oficiando misa con fósforos.
El terapeuta cobra. Todo terapeuta cobra, incluso éste que no tiene títulos, ni diván, ni conciencia, y que trabaja envuelto en una cajetilla con advertencias que parecen pequeñas lápidas tipográficas. Cobra en garganta, en aliento, en tiempo. Cobra lentamente, que es la forma más sutil de la violencia. Y aun así volvemos. Porque hay dolores que prefieren una factura aplazada antes que una respuesta inmediata. El cigarrillo no resuelve nada, pero domestica durante cinco minutos la ferocidad del problema, y cinco minutos pueden parecer una civilización cuando la cabeza se ha convertido en una ciudad sitiada.
Aparece la sospecha: quizá no fumamos para calmarnos, sino para fabricar un instante en el que podamos soportarnos. El cigarrillo no cura la angustia; le da una forma. La hace visible, la convierte en humo, la obliga a salir del cuerpo aunque vuelva después por otra puerta. Somos demasiado hábiles para inventar cadenas y luego llamarlas rituales. El hábito se pone una máscara sagrada, se sienta a nuestro lado y escucha. Después desaparece. Después vuelve. Siempre vuelve.
Al final queda el cenicero, ese pequeño archivo circular donde los minutos muertos se acumulan como fósiles. Allí descansan las conversaciones que nunca tuvimos, las decisiones aplazadas, las versiones de nosotros mismos que ardieron sin llegar a convertirse en otra cosa. Uno mira la ceniza y comprende que incluso el consuelo tiene cadáveres. Entonces enciende otro, no porque crea en la salvación, sino porque durante un instante la brasa parece una diminuta puerta abierta en la pared de la noche, y nadie, ni siquiera uno mismo, sabe qué habitación hay detrás.