Las utopías se fuman en cigarrillos baratos
Había una época en que creíamos que bastaba con imaginar una ciudad distinta para que la ciudad se avergonzara de sí misma, una época idiota y magnífica en la que hablábamos de justicia. Después llegaron los administradores del sueño, los contadores de la esperanza, los técnicos del entusiasmo, y nos explicaron que una utopía necesita presupuesto, indicadores, oficinas, permisos, comités, sellos, una estructura suficientemente burocrática para asesinarla con paciencia. Entonces aprendimos que también las revoluciones pueden tener horario de oficina y que la derrota, cuando se profesionaliza, cobra salario fijo.
Yo seguí fumando. No por estilo, no por tragedia, ni siquiera por costumbre. Fumaba para ver cómo desaparecía algo entre mis dedos sin necesidad de una explicación. Encendía el cigarrillo y durante unos minutos el mundo tenía una lógica sencilla: fuego, humo, ceniza. Qué alivio. Una filosofía portátil. Mientras afuera las personas discutían sobre sistemas económicos, identidades, fronteras, dioses, mercados y otras maneras de ponerle uniforme al miedo, yo miraba la brasa avanzar lentamente, devorando su propia existencia con una disciplina que ningún partido, ninguna iglesia, ninguna empresa había conseguido alcanzar.
En el bar había siempre alguien dispuesto a salvar al mundo después del tercer trago. Un poeta desempleado. Una mujer que había abandonado dos universidades y tres amantes. Un viejo que juraba haber conocido tiempos peores, lo cual parecía decirlo todo. Nos sentábamos alrededor de una mesa coja y construíamos futuros con servilletas manchadas de cerveza. En nuestras utopías nadie tenía hambre, nadie debía pedir permiso para ser quien era, los niños no aprendían a odiar antes de aprender a leer y el dinero volvía a ser una herramienta en vez de una religión con cajeros automáticos. Luego alguien encendía otro cigarrillo y la visión empezaba a arder por el borde.
Tal vez ese era el problema: queríamos que la utopía permaneciera intacta, como una estatua, y toda estatua termina convirtiéndose en monumento, y todo monumento termina lleno de palomas. La utopía, en cambio, necesita movimiento, contradicción, fracaso, suciedad, cuerpos que la traicionen y vuelvan a inventarla. Debe poder romperse sin desaparecer. Debe caber en un bolsillo roto. Debe sobrevivir al ridículo, a la policía, al mercado, a nuestros propios cansancios. Porque quizá una sociedad nueva no comienza cuando todos creen en ella, sino cuando unos pocos, completamente derrotados, siguen comportándose como si mereciera existir.
A las cuatro de la mañana salimos a la calle. Llovía. El último cigarrillo pasó de una mano a otra como una moneda sin valor, una pequeña brasa democrática. Nadie dijo que habíamos cambiado el mundo. Nadie fue tan estúpido. Solo caminamos bajo la lluvia con ese humo miserable entrando y saliendo de los pulmones, como si todavía quedara dentro del pecho una habitación que el fracaso no hubiera logrado ocupar. Tiré la colilla al suelo. La ceniza se deshizo en un charco y, durante un segundo, pareció una ciudad vista desde arriba. Luego llegó la luz de una ventana. No era el futuro. Era apenas la mañana, que es algo mucho más extraño.