Amor subversivo
No queríamos salvarnos. La salvación es una industria, otra franquicia del miedo, un cielo administrado por empleados con corbata. Queríamos algo más peligroso: desobedecer juntos sin convertir la desobediencia en una nueva religión. Pero incluso desnudos llevábamos encima los uniformes invisibles de la infancia, las facturas de la ternura, el viejo contrato según el cual amar significa vigilar la temperatura del otro, contar sus silencios, revisar la dirección de sus huidas. Te pregunté dónde habías estado y mi boca dejó escapar al policía que yo juraba haber asesinado. Tú te reíste. La risa abrió una grieta en el techo. Por ella cayó una lluvia negra, una lluvia de relojes derretidos, de fotografías familiares, de pequeños dioses con los ojos cosidos. Comprendí que también podía encerrarte con un beso, que la caricia se vuelve esposas cuando exige pruebas de fidelidad a la piel.
Salimos a la calle a desobedecer el idioma. Llamamos patria al hueco entre tus clavículas, revolución al temblor de una rodilla, clandestinidad a esa manera de mirarnos cuando el mundo nos ofrecía vitrinas, etiquetas, instrucciones de uso. En los semáforos rojos inventamos países sin aduanas, en los ascensores, repúblicas de treinta segundos, en los baños de los bares, un parlamento donde nuestros cuerpos discutían a gritos la constitución del deseo. La ciudad, esa máquina de convertirlo todo en mercancía, pretendió vendernos una versión mejorada de nuestra rebeldía: viajes, alianzas, fotografías frente al mar, una eternidad con descuento por temporada. Nos reímos, pero guardé una foto tuya en el bolsillo. El capitalismo no necesitaba derrotarnos, bastaba con enseñarnos a coleccionar las pruebas de que alguna vez fuimos libres.
A medianoche me entregaste la llave. No era una despedida, dijiste, aunque las despedidas suelen hablar con esa delicadeza de cuchillo envuelto en terciopelo. La sostuve entre los dedos y sentí su frío subir por el brazo, llegar al pecho, instalarse detrás del esternón como un animal que hubiera confundido la casa con una trampa. Quise preguntarte si volverías, pero la pregunta ya tenía barrotes. Quise prometerte que jamás te retendría, pero toda promesa proyecta una sombra donde empieza a crecer su contrario. Me acerqué a ti, retrocediste apenas. Ese milímetro de distancia contenía una geografía entera, un océano sin mapas, una frontera cuyo guardia era mi miedo disfrazado de ternura. Y por primera vez no crucé.
Al amanecer, la lluvia había borrado los grafitis y la ciudad volvía a vender obediencia al por mayor. Seguías allí, frente a mí, o quizá era tu ausencia la que había aprendido a ocupar el espacio con una precisión insoportable. Dejé la llave sobre el pavimento. Un autobús pasó por encima y el metal produjo un pequeño acorde, casi alegre, una nota azul que desapareció entre los motores. No abrimos ninguna puerta. Tampoco volvimos a cerrarla. En algún lugar, detrás de los edificios, un reloj continuó dando una hora que nadie había pedido, y mis manos, libres por fin de aquel objeto, permanecieron abiertas, incapaces de distinguir si esperaban una caricia o estaban aprendiendo, demasiado tarde, la forma exacta de no poseer.