Camino bajo esta masturbación de neón con los ojos abiertos
La ciudad ha cometido un crimen contra la noche y ahora pretende iluminar sus huellas. Hay demasiada luz en las avenidas, demasiada electricidad en los ojos de las personas, demasiados edificios encendidos como ataúdes verticales donde los vivos representan la farsa de estar vivos. Los anuncios comerciales parpadean con la histeria de los profetas electrónicos, prometen felicidad en cuotas, orgasmos de consumo, eternidades con descuento. Una mujer cruza la avenida con un cadáver de cansancio en los hombros y la pantalla de un banco le sonríe: SU DINERO ESTÁ SEGURO. Nada está seguro, pienso, ni siquiera la oscuridad, esa vieja conspiradora que los poderosos persiguen con reflectores porque sospechan que Dios, si todavía existe, trabaja de noche y no declara impuestos. Sobre nuestras cabezas, un millón de bombillas asesinan las estrellas y nadie presenta una denuncia. Hemos convertido el cielo en una propiedad horizontal.
Camino bajo esta masturbación de neón con los ojos abiertos y la conciencia clausurada, atravesando vitrinas donde los maniquíes exhiben la anatomía impecable de quienes jamás han tenido hambre. Cada escaparate es un espejo que me devuelve a alguien más vendible, más joven, más obediente, alguien sin las grietas por donde se le escapa el alma, si es que todavía podemos usar esa palabra sin que aparezca un vendedor a ofrecernos su versión prémium. La luz no revela: interroga. Se introduce por las pupilas, escarba los pensamientos, pone a secar nuestros secretos en las fachadas y nos obliga a confundir visibilidad con existencia. Nunca habíamos estado tan expuestos, nunca habíamos tenido tantos dispositivos para contemplarnos y tan poca intimidad para soportar lo que vemos. El rostro humano, repetido hasta el infinito en pantallas diminutas, se ha convertido en la fotografía de un desaparecido. A veces quisiera arrancarme los ojos, no para dejar de ver, sino para recuperar el derecho a imaginar aquello que la realidad exhibe con obscenidad administrativa.
En la esquina, un mendigo duerme debajo de un cajero automático y la luz azul le cae sobre la frente como una bendición averiada. Tiene la boca entreabierta, una mano cerrada sobre nada, el cuerpo hundido en ese territorio sin coordenadas donde la ciudad deposita lo que no puede convertir en mercancía. Lo observo y siento vergüenza, pero mi vergüenza también consume electricidad: dura unos segundos, produce una pequeña descarga moral y después se apaga mientras sigo caminando hacia un restaurante donde sirven agua mineral en botellas que parecen diseñadas para contener las lágrimas de los ricos. ¿Quién ilumina a quién? ¿La ciudad a sus habitantes o los habitantes a la ciudad, alimentando con sus insomnios esa maquinaria que necesita millones de ventanas encendidas para simular que alguien permanece despierto? Detrás de cada ventana hay una soledad trabajando horas extras. Alguien revisa mensajes que no desea recibir, alguien calcula deudas, alguien acaricia a una persona que ya no ama, alguien se inclina sobre la cama de un padre enfermo y descubre que ninguna lámpara tiene el voltaje necesario para aplazar la muerte. La noche sucede detrás del vidrio, pero el vidrio no la deja entrar.
Recuerdo entonces una oscuridad anterior a todas las palabras, aunque no sé si la recuerdo o si la invento para sobrevivir a este resplandor que me descompone. Quizá nacimos dentro de una caverna y después construimos ciudades para escapar de ella. Quizá la caverna era precisamente esta ciudad, con sus túneles, sus oficinas subterráneas, sus sótanos donde los deseos desaparecen sin dejar huellas, y la luz, lejos de liberarnos, terminó por perfeccionar el encierro. Hay una geometría secreta en la iluminación urbana: cuanto más alumbra una calle, más lejos parece quedar su salida; cuanto más visible se vuelve el mundo, más inaccesible resulta lo real. Las avenidas se prolongan hasta encontrarse con sus propias fotografías, los semáforos administran el movimiento de una multitud que no sabe adónde va, y cada edificio reproduce en sus cristales el edificio de enfrente, hasta que la ciudad entera se convierte en un laberinto que ha perdido incluso al arquitecto. Tal vez el arquitecto soy yo. Tal vez alguien dibujó esta prisión con la mano que utilizo para escribir.
Amanece y el cielo, un animal exhausto, intenta abrirse paso entre las fachadas. Pero la ciudad ya ha encendido sus carteles, sus oficinas, sus pantallas, sus pequeñas promesas de orden, y el día debe competir con una noche que nunca terminó. Un autobús pasa dejando en el aire un olor a diésel y fruta podrida, una sirena atraviesa la avenida como una nota azul que nadie se atreve a resolver. Me detengo frente a una farmacia abierta las veinticuatro horas. Dentro, bajo una claridad quirúrgica, un hombre compra pastillas para dormir. Lo miro contar las monedas, una por una, con la gravedad de quien paga por el privilegio de desaparecer durante seis horas. Quisiera decirle que afuera sobra luz, que las estrellas siguen allí aunque nadie pueda verlas, que hay cosas cuya desaparición comienza cuando las iluminamos demasiado. Pero no digo nada. La puerta automática se abre, me recibe un golpe blanco, y por un instante mi sombra desaparece del suelo. Permanezco inmóvil, esperando que regrese. La ciudad continúa encendida. En alguna parte, detrás de todos esos focos, algo parpadea una vez y se apaga. No sé si era una estrella o mi último ojo.