El capitalismo como religión


Dios ha muerto, pero dejó instalada una terminal de pago en el lugar donde antes latía el misterio. Ahora el cielo tiene aire acondicionado, cámaras de seguridad y una música instrumental que convierte la desesperación en experiencia de compra. Nadie reza, todos consultan el saldo. Nadie cree, todos cotizan. El milagro consiste en llegar vivo al viernes y llamar libertad a la posibilidad de endeudarse hasta la muerte. En las vitrinas resplandece la nueva encarnación de lo sagrado: un objeto que no necesitamos, fabricado por desconocidos en una ciudad que jamás veremos, adquirido con dinero que todavía no ganamos. Lo abrazamos como si contuviera nuestra alma, ignorando que también viene con una cuota de intereses, una garantía limitada y la obligación secreta de parecernos a alguien. La mercancía no habla, pero nos conoce. Sabe dónde nos duele, qué rostro odiamos en el espejo, qué infancia estamos intentando comprar de nuevo. Y nosotros, animales ceremoniales, inclinamos la cabeza ante su superficie iluminada.

El templo abre a las nueve, aunque la misa empieza mucho antes, cuando alguien despierta sobresaltado porque soñó que no podía pagar. Se ducha con agua tibia, se rasura la culpa, se pone una camisa limpia y sale a vender ocho horas de su vida por una cifra que desaparece en alquileres, alimentos, transporte, medicamentos, pequeñas anestesias. Su cuerpo es una sucursal del cansancio, sus manos, dos herramientas hipotecadas, su espalda, el altar donde el futuro sacrifica el presente. Sin embargo, sonríe en la fotografía corporativa. Cree en la meritocracia con la fe desesperada de quien necesita encontrar una explicación para su hambre. Si fracasa, se acusa. Si triunfa, se acredita el milagro. Jamás sospecha que el confesionario tiene forma de oficina y que, detrás del vidrio, alguien convierte su agotamiento en rentabilidad. La culpa es el producto más barato del sistema: no requiere materia prima, se reproduce sola y mantiene a millones arrodillados sin necesidad de cadenas visibles.

En la bolsa de valores los números padecen una epilepsia luminosa. Suben, caen, se devoran, resucitan, mientras en alguna periferia una madre divide un huevo entre tres platos y calcula con una precisión astronómica cuántos días faltan para cobrar. Dos universos comparten el mismo planeta sin tocarse: arriba, el capital especula con el porvenir como un jugador que ha comprado la mesa. Abajo, la carne especula con la cena. A esto lo llaman economía, palabra de apariencia neutral bajo la cual circulan antiguos sacrificios con corbata nueva. El dinero ha conseguido una proeza metafísica: ser una ficción capaz de decidir quién come, quién espera, quién merece techo y quién debe aprender a dormir bajo la lluvia. No tiene cuerpo, pero produce heridas. No tiene lengua, pero dicta sentencias. No tiene conciencia, pero organiza la conciencia de los vivos. Es el espectro perfecto: solo existe porque todos actúan como si existiera, y precisamente por eso puede desalojarte de tu casa.

Hay domingos en que las iglesias comerciales se llenan de fieles que caminan entre perfumes, pantallas y montañas de mercancías como quien atraviesa una catedral de vitrales obscenos. Cada escaparate promete una resurrección distinta: un rostro sin arrugas, un automóvil que certifique la superioridad del propietario, una máquina capaz de ahorrar tiempo para que el comprador pueda emplear ese tiempo en producir más dinero. La felicidad aparece etiquetada, pero nunca disponible del todo. Siempre falta una versión superior, una actualización, una nueva manera de ser insuficiente. El deseo es la hostia que se renueva antes de llegar a la boca. Muerdes, pagas, olvidas, vuelves a desear. Y cuando la noche cae sobre las avenidas, miles de ventanas permanecen encendidas, cada una con su pequeño feligrés desplazando el pulgar por un altar de cristal, buscando una señal de que existe, de que importa, de que alguien lo mira sin convertirlo inmediatamente en dato, público objetivo o fuerza de trabajo. La pantalla devuelve su rostro multiplicado, pero ninguna de esas copias tiene pulso.

Quizá el verdadero escándalo no sea que hayamos convertido el dinero en Dios, sino que hayamos aprendido a reconocernos como sus criaturas defectuosas. Incluso la rebelión viene con precio, patrocinador y estrategia de posicionamiento. Hasta el grito puede imprimirse en una camiseta fabricada por las manos invisibles que pretendía denunciar. El sistema vende la crítica de sí mismo, le asigna un código de barras y después duerme tranquilo sobre la paradoja. No existe afuera que pueda señalarse con un dedo completamente limpio. Afuera también hay hambre, deseo, vanidad, miedo. Adentro, una grieta que no termina de cerrar. A medianoche, mientras la ciudad reproduce su salmo de motores y notificaciones, alguien introduce la tarjeta en el cajero y espera. La máquina zumba, piensa alguien, aunque solo sean circuitos ejecutando una orden. Durante tres segundos la pantalla permanece negra. En ese rectángulo sin imagen cabe un silencio sin dueño. Después aparece la cifra. Alguien la lee como se lee un veredicto y se marcha sin saber si acaba de consultar su fortuna o su precio.