Velocidad de vértigo


La velocidad es el nuevo opio de los desesperados, la cocaína metafísica de una civilización que le tiene pánico a quedarse sola cinco minutos consigo misma. Aceleren que ahí viene el vacío con sus zapatos de funcionario, su corbata de gusano, su expediente de muertos vivientes. Aceleren hasta que la sangre se convierta en una autopista, hasta que Dios saque la cabeza por el parabrisas y vomite sobre los radares, hasta que el último carro atraviese la frontera del sentido y descubra, del otro lado, que la eternidad no era más que un embotellamiento sin salida. Hemos confundido el movimiento con la vida, la prisa con el destino, la vibración de las máquinas con el latido de una existencia que ya no sabe pronunciar su propio nombre. Corremos porque detenerse sería escuchar. Y escuchar sería descubrir que, debajo del ruido, algo lleva décadas muriéndose sin hacer escándalo.

La ciudad no duerme: parpadea. Millones de ventanas abiertas como heridas electrónicas, pupilas azules devorando rostros, rostros devorando noticias, noticias devorando catástrofes, catástrofes convertidas en entretenimiento para que el horror no interrumpa la digestión. Un semáforo cambia de color y una multitud obedece al pequeño dios luminoso. Verdes las venas, rojas las córneas, amarilla la bilis de una especie que ha externalizado su voluntad en dispositivos capaces de recordar cumpleaños y olvidar cadáveres. El tiempo ya no pasa: factura. Cada minuto improductivo comparece ante un tribunal invisible, cada silencio parece una quiebra, cada contemplación recibe la acusación de desperdicio. Nos explotan y llamamos autonomía a la posibilidad de explotarnos más deprisa. Nos exprimimos con entusiasmo empresarial, nos administramos como pequeñas sucursales del infierno, nos levantamos antes de que amanezca para llegar puntualmente al lugar donde dejamos de existir. Y cuando el cansancio nos dobla la espalda, compramos una aplicación para optimizar el descanso. La esclavitud aprendió a hablar en primera persona, cobra por suscripción y tiene una interfaz impecable.

Pero hay un instante, un milímetro de fisura en el mecanismo, donde la velocidad se desnuda y muestra su rostro de anciana aterrorizada. Ocurre en el ascensor detenido entre dos pisos, en la motocicleta que derrapa sobre la lluvia, en el túnel donde la luz desaparece y el motor parece respirar con pulmones ajenos. Entonces el cuerpo recuerda lo que la ideología había prohibido: que somos materia vulnerable, animales de equilibrio precario, carne suspendida sobre una oscuridad que no necesita perseguirnos porque nos espera. El oído interno pierde su brújula, el corazón golpea las costillas como un preso que ha comprendido la arquitectura de su celda, y la conciencia, esa gerente histérica de los acontecimientos, abandona por un segundo su puesto de vigilancia. Ya no hay antes ni después, solamente un presente ensanchado hasta el pánico. ¿Quién cae cuando cae el yo? ¿Qué permanece cuando la identidad deja de ser una historia coherente y se convierte en un enjambre de impulsos, recuerdos falsos y deseos prestados? Tal vez la libertad no consista en llegar primero, sino en experimentar, sin anestesia, el terror de no saber hacia dónde se cae. Pero también esa sospecha puede venderse, empacarse, exhibirse como una mercancía espiritual para ejecutivos exhaustos.

Por eso la velocidad tiene algo de religión y algo de suicidio colectivo: promete la trascendencia a cambio de la presencia, ofrece infinitos caminos mientras destruye la facultad de habitarlos. Cada horizonte retrocede, cada meta engendra otra meta, cada victoria llega con el sabor metálico de una derrota aplazada. La espiral gira, el motor tose, el planeta continúa desplazándose por una geometría que no ha solicitado nuestra opinión. Alguien apaga una pantalla y escucha, por primera vez en meses, el zumbido de la nevera, el agua dentro de las tuberías, su respiración animal, ese jazz miserable y sublime de los órganos que todavía trabajan sin métricas ni aplausos. Afuera, la maquinaria sigue rugiendo. No se detiene el tráfico, no se suspende el mercado, no desciende ningún ángel a cancelar la jornada. Algo, sin embargo, ha perdido su centro. Quizá el mundo no esté acelerándose: quizá nosotros seamos el agujero alrededor del cual gira, desesperadamente, toda esta velocidad.