Lanzados al abismo


No hubo advertencia. Ninguna alarma, ningún estruendo que nos permitiera reconocer el comienzo de la catástrofe. Una mañana, sencillamente, el suelo dejó de estar donde lo habíamos conocido. La taza resbaló de la mesa, las fotografías se inclinaron dentro de sus marcos, los perros comenzaron a ladrar hacia una dirección que no aparecía en los mapas. Después vino el vértigo. No un vértigo individual, de esos que se resuelven cerrando los ojos o buscando una pared, sino uno colectivo, inmenso, como si alguien hubiera retirado de golpe la estructura invisible que sostenía nuestras pequeñas certezas.

Nos habían lanzado. No sabíamos quién. Tampoco desde dónde. Durante mucho tiempo habíamos confundido la altura con el progreso, la velocidad con el destino, la obediencia con la seguridad. Habíamos construido habitaciones, ciudades, fronteras, instituciones, pequeñas fortalezas de papel para protegernos de aquello que no podíamos controlar. Nos enseñaron a mirar hacia arriba, a celebrar las cimas, a despreciar los tropiezos. Nadie nos explicó qué hacer cuando la montaña desapareciera bajo nuestros pies.

Y desapareció. En la caída descubrimos que no todos descendíamos de la misma manera. Algunos llevaban paracaídas heredados, manuales de instrucciones escritos en lenguas que no conocían. Había quienes podían permitirse cerrar los ojos, quienes conservaban provisiones para el trayecto y quienes habían comenzado a caer mucho antes de que los demás advirtiéramos el movimiento. Algunos llamaban a eso mala suerte. Otros, destino. Los más disciplinados insistían en que cada cual era responsable de su propia caída, como si el abismo hubiera distribuido sus profundidades mediante un concurso de méritos.

Desde arriba, nuestros cuerpos debían parecer pequeños puntos extraviados. Quizá alguien observaba el espectáculo desde una ventana, protegido por el vidrio, preguntándose por qué no habíamos aprendido a volar. Quizá alguien había diseñado la caída, calculado sus velocidades, vendido seguros contra el impacto y obtenido beneficios de nuestra desesperación. Pero el vacío no ofrecía explicaciones. Solo esa corriente brutal que nos arrancaba las palabras de la boca y convertía cada respiración en una tarea.

Al principio intentamos salvar nuestras pertenencias. Sujetamos documentos, fotografías, títulos, relojes, nombres. Nos aferramos a las versiones de nosotros mismos que habíamos construido para soportar la mirada ajena. Era absurdo: llevábamos una vida entera acumulando objetos para demostrar que estábamos a salvo y, ahora, en mitad del descenso, esas pruebas se desprendían de nuestros dedos como hojas secas. El abismo no reconocía propiedades. No aceptaba credenciales. No preguntaba quién había sido importante.

Entonces ocurrió algo insignificante. Una mano buscó otra. No fue un gesto heroico. No hubo música ni iluminación sobrenatural. Una mujer extendió el brazo hacia un desconocido que giraba a pocos metros de ella. Él alcanzó apenas sus dedos. Durante un segundo, dos cuerpos dejaron de ser dos cuerpos aislados. Después apareció otra mano, y otra, no para formar una cadena capaz de detener el mundo, sino para impedir que la caída nos convirtiera definitivamente en extraños.

Comprendimos que la solidaridad no era una promesa de salvación. Nadie podía garantizar que llegaríamos vivos al fondo. Tampoco que encontraríamos tierra, refugio o una explicación. Pero había una diferencia entre caer solos y reconocer, en medio de la turbulencia, la respiración de alguien más. Una diferencia pequeña para las leyes de la gravedad, inmensa para quienes todavía intentábamos llamarnos humanos.

Quizá la verdadera tragedia no consiste en caer. Caer pertenece a nuestra condición: nacemos sin haberlo pedido, entramos en una historia comenzada antes de nosotros, heredamos ruinas, deseos, deudas y heridas que no firmamos. La tragedia comienza cuando nos convencen de que el abismo es natural, de que nadie lo ha excavado, de que no hay responsables, de que nuestra única obligación consiste en aprender a caer.

Pero nosotros ya habíamos visto las grietas en sus paredes. Habíamos escuchado las voces detrás de las puertas cerradas. Habíamos descubierto que algunos construían precipicios mientras otros eran obligados a saltar.

Seguimos cayendo. No hay una revelación que suspenda la gravedad ni una palabra capaz de devolvernos el suelo. Sin embargo, algo ha cambiado: ahora distinguimos las manos que empujan de las que intentan sostenernos. Ya no llamamos destino a cualquier mecanismo de violencia ni libertad a la posibilidad de escoger el modo de nuestra derrota.

El abismo continúa debajo. Y nosotros, todavía en el aire, comenzamos a preguntarnos quién lo construyó, quién obtiene provecho de su profundidad y por qué tendría que ser nuestro el silencio después del impacto. La caída no ha terminado. Pero tampoco ha terminado nuestra capacidad de mirar hacia los lados.