Círculo eléctrico


El primer recuerdo no es la sangre ni el llanto, es un golpe de luz en la médula, un incendio eléctrico atravesando el cráneo como si los huesos fueran cables tensados en la penumbra. Desde entonces no he dejado de escuchar el zumbido, como un animal invisible que se arrastra por la espina dorsal, buscando salida en la lengua, en los ojos, en los dedos crispados que tiemblan de exceso. Hay un círculo que me rodea, aunque nadie pueda verlo, aunque la geometría mienta, aunque las palabras nunca lo contengan: un círculo eléctrico, un anillo de fuego líquido que me arrebata, que me disuelve en la corriente. Nada lo detiene. Nada lo apaga. Nada.

El círculo no se dibuja en la arena ni en las paredes: se abre en la carne. Soy yo cuando la piel se raja y suelta chispas, cuando los huesos crujen como fusibles rotos, cuando la lengua escupe descargas y el corazón late con el ruido de un tambor metálico golpeando contra los muros del pecho. No pienso, no imagino, no recuerdo: vibro, convulsiono, respiro como un cable caliente ardiendo en la tormenta. El círculo eléctrico me traga y me vomita, me quiebra y me reconstruye, me reduce a insecto chamuscado en la bombilla de Dios, me multiplica en mil destellos, cada uno incendiado, cada uno quemándose hasta el silencio.

Lo sé: no soy yo quien habla. Es la chispa. Soy antena, médium, aparato roto que recibe señales de otro lado. Cada palabra que pronuncio me atraviesa como un rayo, me tuerce, me desfigura. El aire está cargado. Los objetos se inflaman en su propia sombra. La silla respira. El espejo se dilata y me devuelve un rostro desconocido, roto en oleadas. Las paredes crujen con un rumor subterráneo como si algo reptara bajo ellas. El círculo eléctrico ha invadido la habitación: todo se enciende, todo es filamento, todo vibra.

El tiempo ha dejado de correr. El reloj ya no marca horas sino relámpagos. El círculo gira y lo arrastra todo hacia el centro, como un disco girando en espiral, como un vinilo negro en el que la aguja se ha vuelto tormenta. El universo entero improvisa un jazz imposible: percusión de truenos contra el cráneo, trompeta de luces reventando la noche, bajo de silencios pesados que me aplastan el pecho, saxofón de astros rotando en síncopas invisibles. Y yo en medio, respirando en el compás de una música que no se detiene.

Cuerpo: eso es lo que duele, lo que se incendia, lo que me mantiene en la hoguera. Las rodillas arden, la espalda se arquea, los músculos se contraen como cables en cortocircuito. El estómago se sacude, la garganta cruje como vidrio quebrado, la lengua es chispa, chispa, chispa. Todo mi ser es corriente desatada, vibración que no sabe de límites. El sexo arde como una lámpara roja, mi respiración jadea en el borde del éxtasis y el vacío. Estoy poseído, pero no por un dios ni por un demonio, sino por la electricidad misma que se arrastra como serpiente incandescente dentro de mí.

Hay momentos en que el círculo parece un rito antiguo, como si la chispa que me consume fuese el eco de un fuego arcaico que alguna vez fundó los templos y partió las montañas. Siento que esta descarga es la misma que encendió la primera piedra, el mismo relámpago que escribió los mitos, el mismo trueno que ordenó el caos en la cueva donde comenzó la conciencia. Pero también es herida: una boca abierta de sombra en el centro del pecho, una grieta de luz que no cicatriza, un vacío ardiente que me roe por dentro como si hubiera nacido sólo para arder y volverme ceniza.

Y sin embargo, cuando el círculo alcanza su perfecto giro, cuando la corriente me arrastra hacia el centro sin resistencia, lo intuyo: no hay adentro ni afuera, no hay yo ni otro, no hay principio ni fin. Todo vibra en el mismo pulso, todo se enciende en la misma chispa. No es sentido lo que hallo, es música: un mantra roto, un canto de chispas que me arranca del cuerpo y me arroja al ojo del círculo. Ahí ya no queda carne ni palabra: sólo corriente, puro flujo, una vibración interminable que atraviesa lo sagrado y lo profano con la misma brutalidad, como un trueno cayendo sobre un altar y sobre un basural al mismo tiempo.

Y yo, con los labios partidos, con la respiración suspendida, con los ojos abiertos hacia la oscuridad, sé que todo lo que existe —pensamientos, cuerpos, deseos, recuerdos— son apenas descargas fugaces, relámpagos que se apagan antes de comprender su propia luz. Que la chispa es lo único eterno, y que el círculo eléctrico no se interrumpe nunca: sigue girando, sigue ardiendo, sigue respirando en lo que calla y en lo que vive, en lo que muere y en lo que regresa.

Silencio.

La chispa.

El círculo sigue.