En el centro


En el centro no hay paz: solo una herida que respira. No es un círculo sagrado ni un refugio de equilibrio: es un agujero que palpita, un relámpago que abre la carne del tiempo y deja la herida expuesta. El centro no se encuentra: te arrastra. Te toma del cuello y te obliga a mirar de frente la grieta que te habita. No es refugio ni altar: es una hoguera en medio del desierto, un llamado que no cesa, un grito que atraviesa el silencio como cuchillo en la madrugada. Aquí no hay consuelo, solo la respiración ardiente de lo que insiste. Aquí, resistir no es resistir contra algo: es resistir desde lo que eres, contra la tentación de disolverse en la obediencia, contra el narcótico del conformismo que adormece el pulso.

Resistir en el centro es no ser estatua ni cadáver embalsamado para los vitrales de la historia. Es vivir en presente absoluto, como un puñetazo de sangre contra los muros de la costumbre. El tiempo en el centro no avanza: se curva, se desdobla, se detiene en espirales donde cada instante contiene todos los instantes, donde cada paso se convierte en eco y cada eco en infinito. No es un territorio con mapas ni con nombres: es un campo de ruinas donde florecen los huesos, un mercado vacío donde aún resuenan las voces que no aceptaron ser mercancía. Resistir es caminar desnudo entre esas ruinas, sabiendo que los escombros son más honestos que los templos intactos. Resistir es bailar sobre vidrios, sentir el filo abrir la piel y continuar, porque la danza vale más que la herida.

El lenguaje, esa cárcel luminosa, es también un campo de batalla. En el centro no sirve la palabra domesticada que se entrega dócil a los contables del poder. Aquí, la palabra debe arder. Debe romperse, fracturarse, multiplicarse hasta perder su forma. No decir, sino incendiar. No nombrar, sino convocar. Escribir como quien corta la piel del aire con un cuchillo, dejar que la página se convierta en un muro lleno de grafitis invisibles, un palimpsesto que murmura desde la sangre. Resistir en el centro es arruinar la gramática, desarmar la sintaxis, escupir letras como semillas que germinan en la grieta. Aquí el lenguaje no obedece: delira, convulsiona, improvisa su sonido secreto.

Y entonces la visión. El centro no se piensa: se ve. Se filma como un sueño que nunca termina. Una mujer cruza una calle bajo la lluvia, la cámara la sigue, la gota que cae sobre su mejilla se convierte en universo entero, su pestaña brilla como galaxia en formación. Todo se detiene allí, en el parpadeo, en la gota suspendida antes de caer. La música irrumpe: un saxofón ruge como tormenta, un piano se derrama en cascadas, una batería golpea como un corazón desquiciado. El centro es ese sonido que atraviesa el cuerpo hasta romperlo, que convierte al oyente en instrumento y lo obliga a sangrar melodías. Resistir aquí es dejarse atravesar, es aceptar que la música te destruya y reconstruya en la misma nota. El ojo ve, el oído escucha, pero no reflejan lo real: lo real se vuelve alucinación. El centro es un cine que devora al espectador, una secuencia interminable donde la pantalla arde y la sala se convierte en templo.

Hay una resistencia más profunda que cualquier grito: el silencio. El silencio que no es vacío, sino plenitud oculta. Callar es sostener el misterio intacto. Callar es resistir a la tentación de explicarlo todo. Aquí, en esta zona, el silencio no es ausencia de sonido: es el rugido secreto de lo innombrable, la plegaria que no necesita dios, el resplandor oscuro que ilumina sin luz. Resistir en el centro es aprender a callar con la fuerza de un relámpago.

Pero el centro no pertenece solo al ser humano. En lo profundo del bosque late un corazón que ningún acero puede apagar. En la piel de la montaña respira la paciencia de los siglos. En el ojo del animal que huye del cazador hay un secreto que ningún discurso humano puede traducir. El centro vibra en lo no humano: en la raíz que perfora la piedra, en el río que canta bajo la ciudad, en el viento que desbarata el silencio de los desiertos. Resistir es recordar que no somos dueños, sino huéspedes precarios en un planeta que sueña con nosotros como parte de su fiebre. Resistir es escuchar la respiración de lo invisible, del musgo, de la semilla, de la larva, del relámpago.

Todo centro se interrumpe. Ningún fuego arde sin cenizas, ningún grito sobrevive al eco. Resistir es aceptar la interrupción como destino, habitar la inacabada sin exigir clausura, entregarse a lo inconcluso como único acto verdadero.

En el centro no se triunfa. En el centro se insiste. Como una respiración que nunca cesa, como una música que nunca calla, como un fuego que se consume y se reinventa en la misma chispa. Resistir en el centro es aceptar el vértigo, es habitar la grieta, es cruzar sin esperar llegar al otro lado. Y quien alguna vez se atreve a quedarse aquí sabe que el centro no se posee, no se define, no se captura: solo se atraviesa… y después, como todo lo vivo, se disuelve…