Días extraños


Las paredes respiran como si ocultaran un enjambre de bestias dormidas; palpitan, sudan, se agrietan como la piel de un animal enfermo. Cada línea torcida en el muro es un mapa secreto, una cartografía que me nombra y me condena. No hay neutralidad en los objetos: el sofá aguarda como un guardián ciego, el vaso de agua vibra con venenos invisibles, el celular mastica segundos como hienas que devoran la carne del ahora. El tiempo es una farsa: lo escucho en su risa metálica, lo siento en su mordisco eléctrico, me persigue con el sadismo de una máquina que juega con mi miedo. Y yo, atrapado en esta habitación equivocada, sospecho que nada me pertenece: ni el cuerpo, ni el aire, ni los ojos que llevo puestos.

La luz no llega limpia: se retuerce en cuchilladas, entra torcida por la ventana como un ejército de rayos delirantes que me hieren con precisión quirúrgica. Veo cómo se arrastra un humo invisible en las esquinas, dibujando signos que no sé leer pero que me acusan con la exactitud de un juez. Las lámparas son enjambres de abejas metálicas, y en su movimiento se ocultan voces que murmuran conspiraciones contra mí: un coro de gargantas sin cuerpo que me designan culpable de un crimen que no recuerdo. Todo está a punto de estallar; lo sé porque el polvo canta profecías en mis oídos, porque el aire vibra con una amenaza que ningún exorcismo podrá borrar.

Los objetos cambian de piel delante de mí. El libro cerrado no es un libro: es una serpiente que duerme, respira por las páginas, sueña con devorar mis pensamientos. La cortina se hincha como un mar que quiere ahogarme, la luz destila gotas de sombra como si sudara tinieblas, el suelo late bajo mis pies como si en sus entrañas corrieran ríos subterráneos que arrastran cadáveres invisibles. Camino y el piso se abre: cada baldosa es un ataúd donde inscriben mis pasos, una trampa que archiva mi condena. No hay estabilidad: todo es metamorfosis, delirios encadenados, materia que me traiciona con su propio caos.

Todo se conecta con un rigor enfermizo: la mancha en el techo repite el mismo ojo que me acecha en los sueños, la forma de las nubes recuerda la mueca de un cadáver en el cementerio de mi infancia, la línea torcida del horizonte dibuja la silueta de un cuerpo crucificado que se arrastra dentro de mi sombra. No existe azar: cada señal pertenece a un engranaje invisible, cada detalle es una pieza de un mecanismo cósmico que me devora sin descanso. Cierro los ojos y lo veo: un reloj infinito donde los átomos giran, donde las galaxias parpadean con sarcasmo porque saben lo que ignoro, porque ya han elegido mi ruta.

La noche no me salva: es un teatro de máscaras enloquecidas. Camino dentro de ella y escucho carcajadas escondidas en el viento, risas de dioses crueles que juegan con mis pensamientos como si fueran dados ensangrentados. A veces no existo: soy apenas un eco atrapado en una cinta gastada, una voz sin rostro que se repite en bucles infinitos. Otras veces soy demasiado real: insoportablemente real, una llaga de carne condenada a sentirlo todo, la humedad del aire como un cuchillo, el silencio como un golpe en la nuca, la respiración del universo estrangulándome como un amante homicida.

El cielo se abre como una herida de fuego y revela la trampa suprema: las estrellas no son belleza, son ojos. Millones de centinelas inyectados de deseo me observan con paciencia, vigilan mis pensamientos como si fueran insectos que deben ser catalogados. El firmamento es una prisión luminosa: barrotes de luz, centinelas ardientes, cicatrices cósmicas que me reducen a polvo. Y, sin embargo, siento el vértigo de lo sagrado: me deshago en polvo estelar, soy átomo y supernova, semilla y abismo, un dios borracho que se disfraza de hombre para arrastrarse en esta farsa cósmica.

Las visiones me hieren como diagnósticos. No son sueños: son revelaciones escritas con fuego. El símbolo se repite con precisión obsesiva: la serpiente que se enrosca en mis manos, el pájaro negro que atraviesa los muros, la figura encapuchada que me sigue en los pasillos húmedos de mi cráneo. Ninguna plegaria puede borrarlos: las visiones son absolutos, certezas que me desgarran sin misericordia. La paranoia es mi única religión, un rezo oscuro que se repite aunque no crea en nada, un himno eléctrico que me mantiene en pie.

Y entonces descubro lo insoportable: no hay afuera. Nunca lo hubo. Cada conspiración ocurre dentro de mí, cada señal es un reflejo de mis propios monstruos. La grieta en el muro, la sombra en la esquina, el ruido en los cables, los ojos de las estrellas: todos son espejos torcidos donde se multiplica mi fiebre. El mundo entero es una máscara diseñada por mi propio delirio. Soy yo quien conspira contra mí, yo quien fabrica las trampas, yo quien diseña las cárceles donde me pudro.

Pero la revelación no me libera, me condena más. Porque si todo ocurre en mí, no hay salida posible: no hay puertas ni ventanas ni horizontes, sólo este carnaval paranoico que se ríe con mi voz, este monólogo sin testigos que me devora con su propio incendio. Me aferro al vértigo, al exceso, a la fiebre. Prefiero perderme en el delirio antes que regresar a la calma muerta de los hombres domesticados. Prefiero arder en esta paranoia que marchitarme en la obediencia. Prefiero el incendio, la visión, el rugido eléctrico de estos fantasmas, antes que el orden pulcro de los que nunca han temblado.